jueves, 12 de mayo de 2011

Ijabaren.

A quien pueda leer esto, mi nombre, mi verdadero nombre, es Ijjabaren, aunque muchos quieran llamarme Mathew Wilkinson Waltermountain, hijo de la familia de Waltermountain de Gales, emparentada con la mismísima Reina de Inglaterra. Tuareg. Antes de leer estas líneas has de saber, seas quien seas, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y en esta la hora de mi muerte ni me achico ni me oculto. He encontrado mi camino, pocas personas pueden decir eso con pleno convencimiento, y si ahora he de morir, no puedo más que aceptarlo.
A quien pueda leer esto, mi nombre, mi verdadero nombre, es Ijjabaren, aunque muchos quieran llamarme Mathew Wilkinson Waltermountain, hijo de la familia de Waltermountain de Gales, emparentada con la mismísima Reina de Inglaterra. Tuareg. Antes de leer estas líneas has de saber, seas quien seas, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y en esta la hora de mi muerte ni me achico ni me oculto. He encontrado mi camino, pocas personas pueden decir eso con pleno convencimiento, y si ahora he de morir, no puedo más que aceptarlo.
No creo que nos demos cuenta del camino que transitamos hasta que ya tenemos andado un trecho demasiado largo para volvernos atrás. Recuerdo el comienzo de este camino. Mi nacimiento en una de las más importantes familias nobiliarias de Gran Bretaña. Pero a pesar de mis esfuerzos nunca habría podido llegar a encajar en una sociedad tan plagada de depredadores como la alta sociedad de la Inglaterra victoriana. Para nadie era secreto (aunque mi madre lo intentase) que mi padre había empleado la fortuna heredada en satisfacer sus vicios y apetitos y había hecho malos negocios cambiando las riquezas por deudas. Dudo que mi padre fuese un mal hombre, o que no amase a su familia, sino que simplemente era demasiado voluble como para enfrentarse a los únicos sabores que podía extraer de su triste existencia. Pero no son los apellidos selectos ni los títulos los que ponen comida sobre la mesa cada día, y esa lección sólo pareció comprenderla mi hermano, que con su duro trabajo y sus inteligentes negocios pudo mantener nuestra casa a flote tratando de sostener los pesados lastres que eran los lustres que habíamos de ostentar y que no engañaban a nadie. Recuerdo aquella vez que un embajador vino a nuestra casa y tuvimos que sacrificar nuestra comida de una semana para poder ofrecerle al señor y su séquito digno banquete. Pero cuando el destino parece haber conchabado los males es imposible nadar contra las olas. No había pasado ni un año desde que mi querido hermano se hizo con las cuentas de la casa cuando, en una travesía por mar, cayó enfermo y pronto murió. Gracias a Dios su gran inteligencia pareció haber planificado este problema y antes de partir en el barco de la “Royal Navy” dejó firmado mi acuerdo prematrimonial con la señorita Laura Mosse, hija de un rico pero plebeyo comerciante. Con dinero o sin dinero, seguíamos teniendo un gran apellido, y mientras la hipocresía de la época entendiese esto como un gran patrimonio estábamos salvados. Pero en un mundo plagado de leones no es fácil ser presa. Yo nunca había encajado en aquella artificiosa y barroca sociedad. Nunca me habría acostumbrado a perder, no, ocultar, mi naturaleza. Nunca había comprendido (ni por tanto, descollado) el estilo de vida que parecía premiar y adular la mentira y el profundo descontento. En el fondo, mi madre jamás (o eso creí pensar) me perdonó que yo no jugase en ese juego. Ni ella ni nadie. Por eso nunca había sido bien aceptado en salones, clubes de sociedad, etc. Y este mundo no perdona a quien trata de luchar contra la corriente. Es necesario decir que la casa de Northshire era nuestra más férrea enemiga. Desde antaño nuestros nombres habían rivalizado en honores y privilegios. Y ahora que mi familia estaba hundida no se resistirían a, entre sonrisas y manos estrechadas, asestarnos la puñalada definitiva. Los escasos negocios, la mayoría hipotecados, que todavía conservaba mi pobre y viuda madre, encepados por el descrédito de nuestro nombre, apenas podían mantener a flote unos artificios que ya no engañaban a nadie y una vida totalmente ficticia. No la culpo. Era para lo único para lo que la habían educado, para lo que educaban a todas las mujeres, para hacer destacar el lustre de su familia. Pero semejante lección la sabía también la señorita Mosse, mi prometida, que, ante las perspectivas actuales, había maquinado la forma de sacar el máximo provecho de la situación. 
Para el joven Paul Northshire no suponía casi molestia pagar la cantidad estipulada para la ruptura del contrato prematrimonial y casarse con la señorita Mosse. (Es curioso, creo que en ninguna de las pocas ocasiones en las que mantuvimos conversaciones nos llamamos por nuestros nombres de pila). La verdad es que esto no me supuso trauma alguno (la verdad, incluso puede que cierto alivio). Pero el dinero se agotaba. Nuestro apellido apenas conservaba ya rentas que nos pudiesen sustentar. Mi pobre madre no soportaba que continuamente la señalasen con el dedo. Se encerró a vivir su vejez en la oscuridad de su cuarto. Y las cuentas seguían sin cuadrar. Por ello tomé una decisión que con justicia algunos tildarán de cobarde, aunque hubiese sido valiente en otras circunstancias. Apuntarme en el ejército de su majestad la Reina Victoria y huir a la guerra en África. Poco después me enteré que mi querida madre había estado llorando amargamente durante días enteros tras mi partida. No soportaba perder a su único hijo. Lo único que le quedaba en este mundo, por eso decidió irse también…


Hacía escasos días que había concluido (a nuestro favor) el incidente de Fashoda y ahora estábamos obligados a avanzar hacia el Sur a marchas forzadas. Expediciones alemanas se habían aportado en las costas Sur orientales del continente y avanzaban al interior, mientras que los portugueses y holandeses se hacían fuertes a nuestro alrededor. Por eso no se podía perder un instante. Caminamos bajo un sol abrasador durante días enteros. Gracias a las pocas influencias que me quedaban pude disfrutar de una posición relativamente confortable dentro de mi regimiento, pero aun a pesar de esto, me estremecía al ver como los soldados que iban con nosotros, ya fuesen compatriotas o indígenas, se desplomaban ante las extremadamente duras condiciones de aquel camino hacia el infierno. Por el día el abrasador fuego del sol extendía su manto sobre los caminantes, y por la noche, los contrastes de temperaturas para los que los europeos no estábamos acostumbrados hacían estragos entre los desgraciados soldados. Los imprudentes que dormían al raso y con la cara vuelta a la luna sucumbían a las fiebres. Varias veces llamé la anteción sobre estas circunstancias a nuestros superiores, pero lo más que escuché fueron expresiones despectivas ante mi estulta compasión. Quien cayese en aquel lugar era demasiado débil como para luchar por su país. Recuerdo la primera batalla que presencié desde mi llegada a El Cairo.

Hacía una semana que habíamos partido y nos encontramos sin agua ni comida (a excepción de los oficiales) bajo aquel implacable sol que parecía obra del mismísimo Lucifer. De repente nos encontramos con un pequeño poblado. La empalizada era totalmente de madera y en su interior apenas había unas pocas cabañas de decadente aspecto. El único vestigio de vida eran unas pequeñas columnas de fuego que salían de entre las chozas. Uno de nuestros traductores se acercó a la puerta principal y pidió en su idioma que nos cediesen algo de comida y agua. Por contestación tuvimos, simplemente, una flecha que disparada desde algún punto indeciso fue a atravesar la garganta del pobre desdichado. Sin esperar orden alguna, los soldados calaron bayonetas y se colocaron rápidamente en formación. 
Pero antes de que siquiera nuestra tropa pudiese reaccionar una ola de flechas negras como la noche oscurecieron el cielo y se desplomaron sobre nosotros. La mortífera lluvia acabó con la vida de seis de los nuestros, e hirió a otros veinte. Pero nuestra sorpresa fue colmada con el estruendo que sobrevino tras las flechas. Una serie de disparos de fusil cayeron sobre nosotros. Aunque pueda parecer imposible, estos disparos apenas causaron más que un leve sobresalto en nuestras filas, ya que aquellos indígenas demostraron tener una pésima puntería y nula práctica en el manejo de armas de fuego. Pero la respuesta no se hizo esperar. Una implacable descarga de nuestros fusiles fue suficiente como para limpiar de tiradores la parte superior de la empalizada. Acto seguido, avanzamos hacia las puertas lo más rápido posible, con la esperanza de que pudiésemos entrar en el campamento enemigo antes de que se sobrepusieran de ese último golpe. No podría explicar el motivo por el que hice lo que hice, ni por qué volvería a hacerlo. Ese combate era lo suficientemente poco importante como para que mi modesta graduación de oficial me obligase a entrar en él. Pero la perspectiva de ver a mis amigos, mis compañeros, arriesgando su vida ante mi impávida posición me horrorizó. Fue una acción instintiva, inexplicable e ilógica. Sable en mano salté y corrí hacia aquellos valientes que daban sus vidas por unos hombres demasiado importantes como para morir por ellos. Ya caían nuevas flechas cuando la puerta cedió y logramos entrar. El rugido de los disparos fue ensordecedor. Los fogonazos que escupían los cañones iluminaban la dantesca escena. Entre la nube de pólvora que se había formado las bayonetas y los sables competían con las rudimentarias hojas de los indígenas para ver cuales eran más mortíferas. En mitad del estruendo de aquel combate apenas podía discernir entre amigo (si había alguno) y rival. Solamente recuerdo unos ojos. Una mirada. Esa mirada que me persigue desde mis pesadillas. Un hombre tendido en el suelo, sangrando por la cabeza (no sé si por un ataque mío o de alguno de mis soldados) observándome. La última mirada de un hombre. Es algo terrible. No me extraña que los cobardes disparen por la espalda, esos ojos, desquiciados, que sabían tan bien como yo cómo acabaría aquel lance. Aquellos ojos que miraban a la muerte cara a cara, ambos sabíamos cómo había de terminar y solamente retrasábamos lo inevitable. Pero hubo algo que me desconcertó y que sólo ahora comprendo. Tenía mirada triste, pero aceptaba su muerte como un hecho inevitable. Ahora entiendo que esa es la actitud que siente un hombre ante el fin de una vida cuando no hay nada de lo que lamentarse. Esa sensación es la que siento ahora.
La batalla terminó en menos de una hora. No hubo gran resistencia. Tras quemar el poblado y capturar a todos los supervivientes como prisioneros, nuestro capitán cogió uno de los fusiles con los que ellos nos habían atacado. Era de incuestionable factura francesa. :-Esos cabrones estaban con los franceses, nos habrían matado para cederles la tierra:- Aquel razonamiento parecía incuestionable. De todas maneras, creo que los franceses simplemente le habían amenazado de muerte para que luchasen contra nosotros. Lo sé porque nosotros hacíamos exactamente lo mismo.
Así se ganan las guerras.

Pero la marcha había de proseguir. Sin pena ni gloria, caminamos hacia el sur, compitiendo contra nuestros enemigos y luchando contra los límites de nuestras propias fuerzas. Habitualmente se dice que en condiciones extremas afloran los máximos sentimientos de las personas. Es algo totalmente cierto. Recuerdo a un joven, Jack, que estaba allí para evadirse de la prisión por estafa y robo. Lo cierto es que gozaba de un carácter tan amigable y cordial (aun a pesar de las circunstancias) que el único (e imperdonable) delito que podía achacársele era el de ser un pobre hombre. Contrastaba magistralmente con los respetables oficiales de las más altas alcurnias que nos dirigían, personajes amoldados por la perfección de la sociedad en la que se habían criado y que ocultaban su cobardía tras los vasos de Whisky y la estúpida altanería. Durante el penoso trayecto, sólo hice buenas migas con el mencionado carterista y con Nigala (o algo así), nuestro traductor. Al parecer los oficiales no gustaban de hablar con alguien que se mezclase con los soldados rasos y estos recelaban de mí, entendiendo que me dirigía a ellos solamente con intención de humillarles. Es curioso ver como muchas veces las fronteras de nuestras “castas” están igual de cerradas por ambos lados. Solíamos pasar las noches y las horas de descanso burlándonos de nuestras desgracias y tristezas, demostrando el poder igualatorio de los infortunios y del común destino sobre personas en apariencia tan diferentes. Jack nunca había llegado a conocer a su padre, pues murió en la mar antes de que él naciera. Su madre le había abandonado a las puertas de una iglesia a los pocos meses de edad y desde entonces había tenido que sacrificar su niñez aprendiendo a sobrevivir por sí mismo. Cuanto llegó a la edad adulta se vio obligado a deambular de un lugar para otro hasta acabar en mitad de ninguna parte. Por el otro lado, Nigala había sido vendido de niño como esclavo y se había criado en América hasta que viajó con una rica familia a Gran Bretaña para servir como criado. Pero sus amplias dotes lingüísticas (aun a pesar de no haber pisado nunca escuela alguna) le habían ganado un lugar en aquella expedición. Ante estos dos ejemplos de absoluta desgracia, yo me sentía fuera de lugar con mis quejas, pero noté como Jack y Nigala hacían gala de su gran amistad tratando de comprenderme. Aquellas noches compartidas con mis queridos amigos a la luz de una hoguera eran mis únicos remansos de paz.

La historia parece tener un extraño sentido de la ironía. Así, un hombre que en el pasado corrió una aventura colonizadora semejante a la nuestra, aun separado de nosotros por una distancia de siglos y kilómetros compartió nuestra suerte. Nuestra propia noche triste tuvo lugar tras un día especialmente fatigoso. Sabíamos que algunas tribus llevaban varios días acechándonos. Habían intentado algún pequeño ataque que pudimos repeler sin especial dificultad. Pero una noche, bajo la lívida sombra de la luna, mientras dormíamos despreciando la inmensidad del desierto, un grupo de indígenas, de una tribu no conocida hasta la fecha, nos atacaron. Con sigilo primero cortaron las gargantas de muchos de los que dormían hasta que nuestro número y el suyo estuvo igualado, con gran estruendo después comenzaron el ataque. En ese momento descubrimos que todos nuestros avances, nuestros fusiles y nuestra tecnología no podía superar a siglos de convivencia con el desierto. Mis dos amigos y yo luchamos en aquella batalla sabientes de que no podíamos vencer. Resignado, furioso, esperaba caer frente a un enemigo superior. Pero entonces vi un motivo por el que vivir. Aquel hombre. Aquel maldito hombre. Un individuo de casi dos metros de alto. Coleta de pelo trenzado. Nariz aplastada contra el rostro. Ojos negros como el carbón. Degollando con su cuchillo a Jack. Sabía que moriría de todas las maneras, ¿Por qué no morir vengando a un amigo? Pero por fortuna no fue posible. Un golpe en la cabeza me arrojó a la oscuridad.
No podría aunque quisiese recordar lo que sentí mientras soñaba, lo que vi, lo que viví. Cuando desperté sólo encontré una isla en mitad de la arena. Una isla hecha con los putrefactos cadáveres de quienes habían sido mis compañeros. No pude encontrar a Jack. No quise hacerlo. No tuve valor.
El golpe que había recibido en la cabeza había sido obra de mi querido Nigala. Aquel golpe me había salvado la vida al hacerme pasar por un muerto. Cuando le pregunté por aquellos que nos habían atacado no supo o no quiso darme una respuesta. Por días enteros, hasta que perdí la cuenta del tiempo que pasaba, deambulamos a través de la ardua arena. La implacable arena que se colaba por entre los dobleces de la ropa hiriendo constantemente mi piel. Las traicioneras dunas hacían imposible, al moverse constantemente sobre la arena, cualquier intento de orientación y los rayos del sol quemaban cualquier vestigio de carne que quedase al descubierto. Cada paso que daba me acercaba a una muerte casi segura. El desierto, siempre sediento de vidas, no parecía dispuesto a perdonarnos. Nigala trataba de luchar por la vida de los dos. Pero en uno de esos días, ya en los confines de mis fuerzas, pude ver cómo un grupo de hombres se nos acercaban. No habría podido discernir entre una alucinación o una visión real, dejaba la difícil tarea de luchar contra las trampas y los ardides del desierto a Nigala, quien me pareció ver detenerse ante aquellos viajeros. Lo siguiente que recuerdo son simplemente luces, sonidos. Sensaciones inconexas entre sí.
Me desperté una noche de luna llena. Antes de abrir los ojos pude distinguir por el olfato que no estaba al raso. Las grietas de mis manos palpaban ahora un tejido similar al de las vestimentas de los nómadas, pero más grueso. Apenas percibía el olor a mierda tan propio de las expediciones, causado por las continuas muertes de hombres y animales y los alimentos podridos. Estuviese donde estuviese, habían aquellos hombres aprendido a ganarle la partida al desierto. Traté de escuchar algo concreto, pero sólo podía sentir un zumbido informe que se extendía en el vacío. Contar las veces que se puso el sol mientras yo permanecía tendido en aquel oscuro lecho me habría resultado imposible. Un día, o una noche, las brumas parecieron disiparse. Con pasos trémulos traté de irme de aquella cueva hecha con telas de vivos y extraños colores que repetían hasta el infinito los mismos motivos. Al otro lado de la oscuridad los rayos del sol se filtraban iluminando una alfombra en la que, entre las ilógicas figuras geométricas me pareció diferenciar un extraño jinete herido. Pero antes de que pudiera llegar al otro lado. La tela se abrió. De la lengua de luz salió, casi flotando, mi querido Nigala. Junto a él no me podía pasar nada malo.

Habían pasado unos días desde mi regreso al mundo de los vivos cuando recibí una inesperada visita. Las sombrías siluetas que se movían al otro lado de las telas me permitieron adivinar que alguien venía. Entre el contorno de varios hombres pude diferenciar a Nigala, con sus piernas largas y arqueadas y su enmarañada melena. Pero en aquella ocasión él sólo era un acompañante. Tras sus pasos se encontraba un hombre de aspecto peculiar. Los años habían marcado a conciencia su piel. Sobre un endeble y frágil cuerpo se desplomaban vestiduras que parecían serpientes de vivísimos colores apretando su piel. Junto a él tres hombres similares a tres estatuas de bronce, a tres mercenarios surgidos de las historias babilonias o persas, con tres espadas afiladas hasta la locura.
Las palabras empezaron a manar de sus labios. Nigala susurraba aquello que debía entender. Sus frases se entremezclaron con mis propios pensamientos. No sabía si soñaba o vivía.

-Los hombres que os atacaron son una horda de monstruos que deambulan por entre las arenas. Tribus guerreras sin piedad ni compasión. Auténticos demonios. También los míos han sufrido las consecuencias de sus ataques. También he visto a mis amigos morir bajo esos mismos cuchillos. A mis hermanos esclavizados. La desgracia, amigo, nos ha hecho hermanos. Estás a una vida de viaje de tu hogar. Conozco tu historia. En tu casa solamente tratabas de huir, viniste aquí huyendo. Quizá ahora también quieras volver a huir. Las fuerzas que rigen este mundo no nos son visibles, pero conocemos demasiado bien su voluntad. Para entender la naturaleza de nuestros destinos solamente hay que aprender una cosa de este mundo. No importa lo lejos que escapes, no importa lo bien que te ocultes o lo rápido que corras, porque al final tus demonios terminan alcanzándote. Y lo que ha de decidir tu vida, lo que ha de decirte quien eres, lo que ha de sellar para siempre, te guste o no, tu destino, es el resultado de esa lucha-

Caminábamos pisando con toda la planta del pie, tal y como Nigala me había enseñado. Así nuestro ruido era imperceptible. El peso de cien pasos no se podía diferenciar del susurro de la arena corriendo por las dunas, del silbido del viento. El más profundo de los silencios puede resultar estruendoso. Podía percibir todo lo que me rodeaba. Había aprendido a olerlo, a verlo, a oírlo. Justo ante mi, el zumbido de una mosca. Había carne cerca. Animales muertos. Olor a mierda. Pero también a sudor, a leña, a fuego. El clamor de las brasas mal apagadas era inequívoco. Corta el aire un silbido más agudo de lo normal. Una flecha envenenada se clava en el pecho de un centinela. Su mole se derrumba sobre la arena. El desierto no oculta secretos si se le sabe escuchar. La pequeña lluvia de granos de arena cesa. Mi hoja se desliza sobre la garganta de uno de mis enemigos. Sujeto su boca para que no grite. La roja lluvia resbala en la carne y cae al suelo, gota sobre gota. Tan precisa como un reloj. Dejo caer el cadáver. Todos los demás se preparan. Llega la hora… Gritamos… Desenvainamos… Cortamos… Apuñalamos… Estrangulamos… Golpeamos… Cercenamos… Matamos… Quemamos… Le veo… El hombre de la nariz aplastada… Voy a él… Recuerdo lo que me dijo Nigala… “El camino de la venganza sólo da a la tumba”… Me reconoce… Las tornas han cambiado… No actúo por venganza… No actúo por venganza… Sólo cumplo mi deber… Como si fuese uno más… Hundo mi cuchillo en su garganta… Trata de gritar… Le tapo la boca… No le concederé ese último placer… Le vuelvo a apuñalar… Le vuelvo a apuñalar… Le vuelvo a apuñalar… Y sí, lo hago por venganza.


El sol de la mañana iluminó nuestra carnicería. El desierto está vivo, y siempre sediento de sangre. Sus implacables peones, ejércitos de animales carroñeros e insectos daban cuenta de los vestigios de la batalla. Uno a uno, aquellos nómadas rescataban a todos los de su tribu que habían sido capturados por esos hombres del infierno.
Los días pasaban. Con la valiosísima ayuda de Nigala aprendí a comunicarme con aquellos hijos del desierto. Junto a sus mágicos fuegos escuchaba cada noche aquellas historias, siempre iguales y siempre diferentes. Las lenguas de las hogueras parecían cobrar vida cuando se les susurraban aquellas palabras. Aprendí de aquellos nómadas todos los secretos que encerraban las dunas. Las raíces que portaban veneno y las que eran cura de males, la ropa adecuada para resistir las tormentas de arena, la forma de orientarse en aquel siniestro mar cambiante, las formas de lograr alimento. No había que tratar al desierto como lo hacíamos nosotros, como un psicópata, sino como un animal noble y respetable. Caminábamos siempre hacia la tierra por donde se ocultaba el sol, a la región propia de aquella tribu. Nos adentrábamos en terreno francés, pero no me importaba, no me parecía que aquella tierra fuere de nadie. Incluso pude gozar de un nuevo bautismo. Me nombraron Ijjabaren, algo similar a “Hombre antiguo”. Nuestros pies caminaban. Mis ojos veían una sociedad, una familia que distaba de ser ideal. Abundaban los enfrentamientos y las disputas, y el dolor era un constante vecino, pero aquellos hombres, aquellas mujeres, aquellos niños, no habían sido infieles a sí mismos, conservaban su naturaleza, dura pero franca. No sabría explicar el motivo, pero con cada luna un pedacito de Mathew moría para dar vida a una parte de Ijjabaren. Al final, dejé de sentirme como uno de ellos para empezar a ser uno de ellos. El día que pasé de ser un extranjero a ser un Tuareg no supuso un cambio más antinatural que el del día y la noche. Había comido con ellos, matado con ellos, viajado con ellos. Por primera vez me sentía rodeado de personas y hallaba total armonía. Incluso mi pensamiento cambió. Abandoné el filtro de la razón. Descubrí la naturaleza de aquello ajeno a la realidad, el reflejo de las oscuras profundidades del alma en los abismos del mundo, casi metafísico, el valor de las leyendas. Una historia puede ser real aunque nunca haya sucedido.

Pasaron muchos días. Estaciones enteras vinieron y se fueron. Disfruté de años de amistad con Nigala hasta que la muerte se lo llevó. Aprendí a cultivar y a cazar, me casé con una hermosa joven que me regaló muchos años de felicidad y fundé mi propia familia. El día de mi boda fue uno de los más felices que recuerdo. Nos conocimos en una de aquellas misteriosas noches que nos reuníamos en grupo ante la hoguera. Ella contemplaba las misteriosas danzas del fuego, y yo su reflejo en aquellos eternos ojos. El fuego nos había unido, y ya nunca volveríamos a separarnos. Poco después de casarnos nació nuestro primer hijo. Recibió mi mismo nombre, y al poco tiempo me regaló Dios una preciosa hija, a la que llamamos como su madre. Durante ese tiempo pude ver lo que jamás ojo humano pudo haber imaginado. Montañas que, en mitad del desierto, se erguían orgullosas, Telecteva o el Valle de la Muerte, desolado lugar sobre el que había tenido lugar tiempo atrás la madre de todas las batallas, o el árbol del Teneré, que sobrevivía a través del tiempo en mitad del árido desierto.

Pero una noche de luna llena mis propios espectros vinieron a por mí. De la profunda negrura de la noche apareció una pequeña caravana. La gran cantidad de polvo que tenían hombres y animales sobre la piel demostraba que llevaban tiempo deambulando por el desierto. De los labios de piedra de uno de ellos brotó mi antiguo nombre. Si alguien ha tenido alguna vez duda alguna sobre el carácter irónico del destino habría enterrado para siempre su escepticismo al ver descender del transporte al mismísimo Lord Paul Northshire. En ese momento pude comprobar lo que ya sospechaba, que mi vida pasada se había quedado demasiado lejos, enterrada en el olvido. :-Maldición, Waltermountain, que coño te ha hecho esta gente, pareces un animal:- Su franqueza no fue menos precisa que un espejo. Mi piel, bronceada hasta el exceso por el sol, mi pelo, enmarañado por culpa de la arena, y mi vestimenta ofrecían un aspecto muy poco civilizado para alguien como él. Pero lo más curioso es que no sentí hacia él odio. Era cierto que había arruinado a mi familia, arrebatado a mi prometida, pero en ese lugar, en esa hora, yo había vencido. El pobre Paul no era más que un títere en un juego que le gustaba tan poco como a mí. Toda una vida dedicada a hacer algo que no comprendía, y aunque sólo fuese por un segundo, por una fracción de momento, pude ver cómo sus ojos me decían, suplicantes que aquel juego había podido con él. Aun ganando había perdido todo lo que en verdad era importante. Pude notar cómo se sentía humillado, pueril, vencido. Cómo descubría que todo por lo que había luchado no valía nada, que todo el mundo que había construido se derrumbaba sobre él. Había ganado la partida a costa de perderlo todo en el mundo real. Lo sentí por él. Miré en interior del transporte. Encontré a la señora Miss Northshire. Tenía ojos tristes. Preferí no saludarla. La comprendía. Tenía todo lo que le habían dicho que hacía falta para ser feliz, pero no lo era. No quise herirla más. Paul sólo tuvo fuerzas para decirme entre frases sin sentido que si quería, él se encargaría de hacerme volver a Inglaterra. Cuando le pregunté el motivo de tal oferta, me informó de que los franceses iban a realizar un ataque a gran escala sobre todas las tribus como la mía esa misma semana, pero si quería, yo, como ciudadano inglés, podía volver a mi hogar. No. Aquel era mi hogar. Con aquella frase se marchó para no volver. Fue la primera vez en muchísimo tiempo y la última en el resto de mi vida que utilicé en inglés.


Los franceses tienen fusiles diez veces más precisos de lo que jamás osé imaginar. Cañones de una potencia nunca antes concebida y un ejército de un tamaño descomunal. La muerte es segura. Pero no trataré de evitarla. No hay por qué temer a la muerte cuando la vida ha sido plena y feliz. Tarde o temprano todos hemos de caer, no tiene sentido guardar temor por algo tan absolutamente ineludible. Pero en este momento descubro el verdadero valor de la muerte. Tiene una función vital para la vida, la función de permitirnos, obligarnos, a repasar y ajustar cuentas. En mi caso estoy satisfecho, orgulloso de cuanto he logrado. He tenido que morir y renacer (sí, porque en cierta medida volví a nacer el día que desperté en aquel misterioso lecho tras la batalla) para descubrir que lo que verdaderamente importa en este mundo no es lo que llegues a ser, sino lo que puedas llegar a sentir. No sé si después vamos a algún sitio, pero sí sé que me iré de aquí orgulloso del camino que he recorrido y en armonía conmigo mismo. Y si algo de mí ha de sobrevivirme, deseo que sea mi historia, y que ella ayude a aquellos hombres que se encuentren perdidos entre las tinieblas a luchar por sí mismos.   



viernes, 29 de abril de 2011

Alma partida.

Tal vez un suspiro, un lamento ya en herrumbre viva.
que escapa, que corre en noche plena.
Puede que un beso quemado, jamás regalado
Quizá se sigan en plena noche. Huyan juntos.
Dejen atrás la piel. Dejen al hombre.
Al dolor que es hombre. Al hombre que es abismo.
Sufriendo penitencia en cada segundo de recuerdo.
Obligado a recordar cada segundo de vida.
Y corran, Y escapen. Escapen a una caja
En lo más hondo de un lago, en mitad del desierto.
La caja que guarda las decisiones que no tomamos.
Cada camino que no elegimos. Todos los destinos que ya no viviremos.
Donde habitan las palabras que no dijimos.
Y quemando desde dentro enseñan,
enseñan a no olvidar el alma partida,
herida, condenada y perdida. Atormentada
por tantos recuerdos que nunca fueron.

lunes, 18 de abril de 2011

Ayer

La mano de Eduardo paseó entre sus canas llegando apenas a rozarlas. El calor de aquel sevillano
sol de Julio apenas dejaba respirar. Rebuscó entre sus harapos un mechero con el que prender el
cigarro. No encontró nada. Entonces la vio. Lucía, allí estaba. En aquel parque, junto a la fuente,
como cada día. Hoy era el día. Ya habían pasado doce años. Era toda una mujer. Se acercó. Allí
estaba, con su ropa, limpia y nueva, y, por azares del destino, recordó aquel día. Aquel día, cuando
todavía era una niña que apenas hablaba. Cuando aquella sensación le atenazó, le hirió, y la dejo
horas en casa, sola, mientras visitaba a su camello. No supo por qué, al verla fue eso lo primero que
recordó. Sus pasos le acercaban a la joven a la que no había visto crecer. Justo tras salir había
hablado con la madre. La llamó varias veces. Un día le contestó. -¿Qué es lo que quieres, aparecer
en su vida como si nada, para jodérsela como cuando niña? ¿Harás eso?- Eduardo se acercaba cada
vez más a la pequeña a la que aquella odiosa persona que había sido años atrás más de una vez había dado un manotazo, a laque un buen día había dejado sola, cuando todo se terminó de torcer. La niña que le había visto gritarle a su madre, liarse porros, robar en las tiendas… Y sin embargo seguía siendo una auténtica princesa, siempre lo había sido. Era lo que nunca se perdonaría, no ver aquello tan perfecto que tenía delante. Ya estaba junto a ella ¿Qué diría? –“Hija, siempre te quise, perdóname”- ¿Simplemente eso, pedir perdón, perdón por arruinarle la vida, por hacerle llorar, y ya está? Sus pasos titubeaban. Apenas podía respirar. Lucía ya no le reconocería. Y sí, y si ella tenía razón. Entrar ahora, de repente en la vida de una chica tan feliz. Con su mano le dio un toque en la espalda. No. La quería demasiado para hacerle eso. Ella se volvió, le miró. Y el le habló por última vez en su vida:-Disculpe señorita… ¿Tiene fuego?.

jueves, 17 de marzo de 2011

Un día en la ciudad.

Un reloj que da las 4:17 p.m.
gente que camina e ignora
un mundo, un mundo tras cada ventana y puerta.
Y hay días que no llueve, hay días que si 
cuando las sombras deambulan, escapan fatuas
oscuras y grises, del frío y del agua.
La mole afilada, de infinito devorar
rasga el cielo. Y sangra. 
Y sombras, grises, viejas, sin caras
desaparecen en las fauces.
Feroces soportales, uno tras otro, tras otro, tras otro
Quien fue, quien es, quien será
Solo el olvido lo sabe.
A quién odió, a quién amó. 
La lluvia se lo lleva. 
Calor que cae en la cera
se desliza y se va,
Y desaparece. Para siempre. Sin más.
Nuevos de aquellos. Grises, miles, sin rostro
vuelven a deambular. Y la ciudad vuelve a olvidar.

domingo, 13 de marzo de 2011

Tres días de amor (Tercera parte)

Si las balas de los alemanes no terminaban por matar a todos los rusos,‭ ‬lo haría la condenada falta de alimentos.‭ ‬Pocos años se recordaban tan sangrientos como aquel‭ ‬1942‭ ‬que estaba a punto de concluir.‭ ‬Pero era el precio que las tropas,‭ ‬siempre necesitadas de reclutas,‭ ‬tenían que‭  ‬pagar por recuperar la tierra de Rusia de las garras de aquel traidor de Hitler.‭ ‬y se estaba logrando.‭ ‬Los ejércitos soviéticos,‭ ‬metro a metro,‭ ‬avanzaban a través de la nieve sobre las filas alemanas.‭ ‬La contraofensiva de Stalin era vital para el futuro de la URSS y de toda Europa.‭ ‬Por fortuna,‭ ‬al pequeño pueblo de Ufa apenas habían llegado los enfrentamientos ni las grandes levas.‭ ‬El estar en una zona ciertamente remota hacía que enviar oficiales hasta el lugar para efectuar el reclutamiento fuera más costoso que los resultados del mismo.‭ ‬Pero esta relativa seguridad traía aparejada la ausencia casi total de alimentos durante el invierno,‭ ‬en especial durante la gran guerra.‭ ‬La mayoría de los koljost de la zona producían alimentos que de inmediato iban a alimentar a las tropas en el frente.‭ ‬Todo lo que en la tierra de aquel lugar germinaba,‭ ‬sin embargo,‭ ‬pasaba por las manos de los Ivanof.
‭ ‬La familia,‭ ‬de antigua ascendencia Boyarda apropiadamente ocultada desde la caída del Zarismo,‭ ‬se había ganado la simpatía del Partido,‭ ‬mérito que se traducía en la suculenta responsabilidad que sobre sus hombros descansaba,‭ ‬la de administrar la producción colectiva de la zona.‭ ‬Poco había cambiado desde‭ ‬1917.‭ ‬En mitad de una de las infernales noches de invierno con las que Rusia hostiga a sus compatriotas,‭ ‬mientras el gélido viento golpeaba las paredes de las casas y la nieve se amontonaba del otro lado de muros,‭ ‬ventanas y puertas,‭ ‬Dimitri deambulaba nervioso entre las ciegas sombras nocturnas.‭ ‬En su mano tenía una gargantilla de oro‭ (‬o lo que los mercaderes le decían que era oro‭)‬,‭ ‬que le había costado cerca de un año de su jornal.‭ ‬No había sido difícil conseguirla,‭ ‬siempre había alguien que tenía un amigo,‭ ‬un familiar o un conocido con mercancía de contrabando dispuesto a regatear.‭ ‬Pero ahora que ya la tenía en sus manos,‭ ‬Dimitri se preguntaba que hacer con ella.‭ ‬Hasta que la había conseguido no dudaba sobre lo que debía hacer con ella.‭ ‬Ahora surgían los titubeos.‭ ‬Las dudas.‭ ¿‬Sería acaso‭  ‬demasiado‭? ‬Katerina era de una familia de gran alcurnia,‭ ‬incluso tras la caída de los linajes,‭ ‬su familia era el espejo al que todo joven amante del Partido tenía que mirarse.‭ ‬El,‭ ‬un simple trabajador del campo.‭ ‬Hacía justo dos años que se habían besado por primera vez.‭ ‬Fue en una fiesta.‭ ‬La familia de Katerina ocasionalmente se dejaba ver junto a los trabajadores,‭ ‬en especial cuando llegaba algún enviado desde Moscú.‭ ‬Aquel día algo cambió dentro del corazón de Dimitri.‭ ‬El joven,‭ ‬nacido fruto de la necesidad de una mujer que era secreto a voces que se vendía entre los campesinos de todo Ufa,‭ ‬estigmatizado desde ates de venir al mundo,‭ ‬siempre se había caracterizado por ser amante de la soledad,‭ ‬por tener una mirada sombría incluso cuando estaba alegre.‭  ‬Por no creerse merecedor de alguien como Katerina.
 ‬Aquel beso forjó otro Dimitri.‭ ‬Uno que comenzó a creer que quizá el destino,‭ ‬al final,‭ ‬tuviera algo reservado para el.‭ ‬Que se sentía diferente,‭ ‬especial.‭ ‬Que se sentía feliz.‭ ‬Su madre,‭ ‬que por aquel entonces se había casado con un anciano viudo más en condición de criada que de esposa,‭ ‬no tardó en descubrir lo que su hijo en vano‭ (‬y con cierta torpeza‭) ‬trataba de ocultarle.‭ ‬Nunca le reprochó su arrojo,‭ ‬si bien tampoco dejó de ver lo que su hijo hacía con la joven Katerina como un mero interés.‭ ‬Desde entonces,‭ ‬se servían de cada recoveco,‭ ‬de cada instante de tiempo,‭ ‬de cada fiesta en la que el resto del pueblo estaba distraído,‭ ‬para encontrarse.‭ ‬Con cada retraso del otro sufrían mil muertes,‭ ‬con cada día en que no se veían apretaban de impaciencia dientes y uñas,‭ ‬con cada vez que a alguno le era imposible acudir a la cita padecían esos dolores que solo los corazones‭  ‬jóvenes son capaces de soportar y disfrutar.‭
Unos días antes,‭ ‬y mientras trabajaba en una parcela,‭ ‬Dimitri escucho como un compañero de trabajo le decía a sus espaldas:

-Dimitri,‭ ‬jamás había imaginado que fueras un gran jinete.‭ ‬Dime‭ ¿‬Como es montar a una yegua de primera clase‭? ¿‬Hay que domarla igual que a las demás‭?

El joven,‭ ‬enfurecido,‭ ‬se volvió contra su compañero para ver como un grupo se reía de la frase que acababa de escuchar.‭ ‬Sin pensarlo dos veces,‭ ‬le golpeó en plena cara iniciando una trifulca que solo cesaría con la mediación de sus superiores.‭ ‬Hacía días que los rumores se habían extendido como la pólvora.‭ ‬Burlas e insultos llovían sobre Dimitri de quienes creía sus amigos‭ «‬De tal palo tal astilla‭»‬,‭ «‬Cuantos como Dimitri tienen una fortuna entre las piernas‭» ‬y un sin fin más.‭ ‬Pero la mayor parte de las habladurías recaían sobre su madre,‭ ‬usando este episodio como pretexto para atacar a aquella sucia mujer.‭ ‬Muchos eran los que veían en la acción de Dimitri no solo una sucia artimaña,‭ ‬sino una vil traición a su clase,‭ ‬a sus raíces sociales,‭ ‬por acercarse a esa mujer pudiendo haber elegido a cualquier otra que fuera verdaderamente trabajadora.‭

Al día siguiente,‭ ‬ambos se vieron en una laguna oculta entre los arboles.‭ ‬El corazón de Dimitri palpitaba de manera incontenible en su pecho.‭ ‬Tras esperar tanto como le fue posible,‭ ‬le pregunto aquello que durante días le había estado rondando por la mente.‭ ‬Desde hacía semanas se rumoreaba que un importante miembro del Partido,‭ ‬el Comisario Camarada Belovzorov,‭ ‬se dirigiría al Ufa para tomar a Katerina como su esposa.‭ ‬Ella no supo engañarle.‭  ‬Un puesto en el‭ «‬Politburo‭» ‬de Moscú,‭ ‬aquella era una ocasión que su familia jamás podría dejar pasar.‭ ‬Ese día,‭ ‬Dimitri no le dió a Katerina la gargantilla.‭ ‬No se sintió capaz.‭

Uno tras otro,‭ ‬Sol tras Luna,‭ ‬pasaron los días.‭ ‬Una tarde de Jueves,‭ ‬mientras,‭ ‬Dimitri trabajaba,‭ ‬su superior le informó de que el Camarada Popov,‭ ‬director de aquel complejo,‭ ‬quería verle.‭ ‬Al entrar en la sala de reuniones del edificio principal,‭ ‬sin embargo,‭ ‬Dimitri solo se encontró una silueta menuda recortada sobre una gran ventana.‭ ‬A Katerina no le había sido difícil hacer que el encargado de la explotación actuase tal y como ella le ordenara,‭ ‬habida cuenta de su inminente apellido.‭ ‬Cuando reconoció su cara,‭ ‬Dimitrí se abalanzó sobre ella y ambos se besaron como si los dos corazones llevaran años sin verse.‭ ‬Unos instantes después,‭ ‬Katerina sacaba de entre los pliegues de su ropa un montón de papeles.‭ ‬Entre ellos se distinguían folios con algo escrito,‭ ‬un poco de dinero,‭ ‬un par de mapas y dos billetes de tren.‭

-He conseguido estos dos billetes.‭ ‬Podemos irnos de aquí mañana mismo.‭ ‬Sin que nadie lo sepa.‭ ‬Sin que nadie nos detenga.‭ ‬Nosotros dos,‭ ‬juntos.-‭

-Katerina,‭ ¿‬pero que...‭?‬-

-Escucha.‭ ‬Ese hombre,‭ ‬ese Belovzorov,‭ ‬no quiero casarme con él.‭ ‬Yo,‭ ‬quiero vivir contigo.‭ ‬Esta es nuestra oportunidad.‭ ‬Nuestra oportunidad para amarnos asta la muerte.-

Dimitri la miró desconcertado.‭ ‬Los ojos,‭ ‬grandes y vivos,‭ ‬de Katerina,‭ ‬se clavaban sobre su mirada interrogándole,‭ ‬tratando de ver en sus adentros y rogándole que la salvara de su destino.‭ ‬La mano de Dimitri se paseó por los dorados cabellos de la joven.‭ ‬Sus dedos acariciaron el lóbulo de su oreja,‭ ‬su babilla y sus pálidos y ligeramente sonrosados carrillos.‭ ‬Sabía que aquello le encantaba.‭ ‬Sentía como apretaba su cara contra la palma de su mano mientras cerraba los ojos.‭ ‬Como le devolvía la caricia con sus dedos,‭ ‬finos y con uñas cuidadas,‭ ‬en su mentón,‭ ‬su barba y su cuello.‭ ‬Ambos se conocían demasiado bien.‭ ‬Sabían exactamente lo que el otro sentía.‭
Dimitri se imaginó,‭ ‬por un instante,‭ ‬solo un instante,‭ ‬a si mismo como el marido de esa mujer.‭ ‬Veía a los dos viviendo en una casa,‭ ‬paseando de la mano,‭ ‬criando a sus hijos,‭ ‬envejeciendo juntos.‭ ‬Disfrutó aquel sueño.‭ ‬Y luego se repitió a así mismo que aquello era todo lo cerca que nunca estaría de vivir aquella vida.‭

-Katerina. Esto ha llegado demasiado lejos. Ese tren, esa fuga. ¿Hablas en serio? Si quisiera vivir como un pobre vagabundo, me quedaría aqui. Almenos estaría a salvo de la ley. Escuchame, será mejor que te diviertas con tu marido cuando venga y te olvides de mi.-‭

Dimitri veía todas sus esperanzas esfumarse,‭ ‬sentía como la vida se le iba como la arena se va entre los dedos de una mano que se cierra.‭ ‬Pero huir de esa manera,‭ ‬obligando a Katerina a vivir una vida de miseria,‭ ‬escapando de la ley,‭ ‬hasta que todo terminara con una detención.‭ ‬No,‭ ‬jamás se perdonaría algo así.‭ ‬Katerina no merecía esa vida.‭

-No,‭ ‬por favor.‭ ‬No me abandones.‭ ‬No me dejes.‭ No puedes. ‬Quiero ser feliz,‭ ‬feliz contigo.-

-Escucha. Y escuchame bien porque solo lo repetiré una vez. Sin tu apellido, sin estas tierras que tienes, no me vales de nada-

Katerina rompió a llorar.‭ ‬Empujó a Dimitrí con violencia y avanzó hacia la puerta.‭ ‬En ese momento,‭ ‬Dimitri pudo haber dicho una infinidad de cosas.‭ ‬Podría haberle dicho que la amaba más que nada en el mundo,‭ ‬que no soportaría verla marchar,‭ ‬o que prefería morir a dejar de amarla,‭ ‬pero no dijo nada.‭ ‬Quería a Katerina más que a si mismo,‭ ‬Adoraba a aquella mujer que ahora le odiaba,‭ ‬que lloraba por su culpa.‭ ‬Y precisamente por eso,‭ ‬porque la amaba demasiado,‭ ‬tenía que herirla,‭ ‬tenía que hacerla sufrir.‭ ‬Tenía que dejar que se fuera.‭ ‬Antes de abandonar la habitación,‭ ‬Katerina se volvió.‭ ‬Le miró durante unos instantes.‭ ‬En total silencio.‭ ‬Y se fue.‭
Aquella noche,‭ ‬Dimitri pensó en Katerina.‭ ‬Pensó en aquel hombre,‭ ‬aquel Belovzoroz besando sus labios,‭ ‬apretando con sus manos el delicado cuerpo de la joven,‭ ‬jadeando como un perro sobre ella,‭ ‬manchando con su sudor la piel que él había acariciado y besado mil veces,‭ ‬y que otras mil lo haría si pudiera.‭ ‬Se imaginó a los recién casados paseando entre la gente,‭ ‬celebrando una fiesta por su matrimonio.‭ ‬A katerina buscándole con una mirada oscura y vacía.‭ ‬No pudo contener su furia.‭ ‬Golpeó con todas sus fuerzas una pared.‭ ‬Una vez.‭ ‬Otra.‭ ‬Otra.‭ ‬Otra.‭ ‬Otra.‭ ‬Hasta que la rompió.‭ ‬Y callo de rodillas,‭ ‬con sus nudillos ensangrentados.‭ ‬Y por primera vez desde hacía mucho tiempo,‭ ‬rompió a llorar.‭

El ajetreo de los preparativos para la boda era incesante.‭ ‬Katerina apenas pudo encontrar un rato para escapar del bullicio para encaminarse hacia la aldea.‭ ‬Deambuló entre las modestas cabañas y casas desvencijadas hasta llegar a la de Dimitri.‭ ‬Sentía un nudo en el estomago.‭ ‬Quería hablar con él. Con el hombre que la había traicionado.‭ ‬Solo una vez más.‭ ‬Solo quería despedirse de él.‭ ‬Solo verle por última vez.‭ ‬Solo poder conservar un último recuerdo feliz de su amor.‭ ‬Llamó a la puerta.‭ ‬Nadie abrió.‭ ‬Solo tras insistir apareció la madre de Dimitri del otro lado de la hoja.‭ ‬Tenía la cara ajada y distante,‭ ‬con los ojos enrojecidos por el llanto.‭ ‬Katerina le preguntó por Dimitri.‭ ‬la mujer contestó que no sabía nada de él desde que se había ido.‭ ‬Un día,‭ ‬al volver de trabajar,‭ ‬golpeó hasta romper una pared‭  ‬de madera en plena noche.‭ ‬Después,‭ ‬sin apenas despedirse,‭ ‬se subió a uno de los trenes que recogía reclutas para la guerra contra los Nazis.‭ ‬Katerina se quedó sin palabras para contestar.‭ ‬Sentía como sus piernas le fallaban.‭ ‬Se apoyó contra un muro de la casa para no caer en la espesa nieve.‭ ‬Justo cuando se disponía a irse,‭ ‬la anciana le dio una gargantilla dorada.‭ ‬Dijo que era de su hijo.‭ ‬Que pensaba dársela a alguien especial.

lunes, 7 de marzo de 2011

Tres días de amor (Segunda parte)


El pequeño hotel estaba abarrotado por una infinidad de ruidos.‭ ‬No era de extrañar,‭ ‬siendo,‭ ‬como era,‭ ‬pleno Verano,‭ ‬o lo que sea que se pudiera llamar Verano,‭ ‬en Leningrado.‭ ‬Durante aquel Agosto de‭ ‬1960‭ ‬estudiantes de todo el Báltico habían sido enviados a la gran urbe soviética con la intención de agudizar sus conocimientos.‭ ‬Pero pocos eran los conocimientos que estos parecían haber adquirido,‭ ‬salvo aprender a disfrutar del mejor Vodka del lugar.‭ ‬Los cánticos,‭ ‬los ruidos,‭ ‬las conversaciones a gritos,‭ ‬e infinidad de otras cosas que allí se producían apenas podían ocultarse tras las roídas puertas de madera y los cristales recubiertos por cicatrices,‭ ‬saliendo desbocados hacia la modesta calle que cruzaba ante las puertas del hotel.‭ ‬Entre las desiertas calles,‭ ‬que aun con un rumor de voces en la lejanía no perdían su silencio nocturno,‭ ‬Katerina avanzaba taconeando sobre el pavimento con unos magníficos zapatos italianos que los contactos de su marido habían traído desde el otro lado de la frontera.‭ ‬Precisamente era a él a quien aguardaba.‭ ‬Ser la esposa del comisario de relaciones comerciales del C.O.M.E.C.O.M.‭ ‬suponía,‭ ‬además de una larga lista de secretos privilegios,‭ ‬alguna incomodidad,‭ ‬como eran,‭ ‬por ejemplo,‭ ‬los incómodos viajes que resultaban inherentes a tal cargo.‭ ‬Más de una vez había imaginado con cierta envidia el disfrutar de otra clase de vida,‭ ‬de ser la esposa de un hombre corriente.‭ ‬Las yemas de sus dedos acariciaron la gargantilla que se abrazaba a su cuello.‭ ‬Sus ojos miraron al vacío.

Aquel era el hotel donde Katerina tenía que esperar a su marido.‭ ‬Belovzorov llegaría al día siguiente y juntos volverían a Moscú.‭ ‬Apenas hacía un año que ostentaba el recién creado cargo,‭ ‬más aquellos apresurados y largos viajes ya eran costumbre.‭ ‬A Katerina le hubiera gustado conocer las actividades,‭ ‬las reuniones de Belovzorov.‭ ‬Siempre se mostraba interesada en esos asuntos y siempre obtenía igual respuesta,‭ ‬ver como Belovzorov,‭ ‬de manera más o menos delicada,‭ ‬la apartaba de ellos.‭ ‬Algunas veces,‭ ‬tras los viajes más largos,‭ ‬notaba en la chaqueta de su marido un perfume desconocido,‭ ‬un olor diferente.‭ ‬Nunca le preguntaba por ello.‭ ‬Era algo que quería no saber.‭ ‬Siempre que volvía la trataba como a su esposa.‭ ‬Como un hombre ha de tratar a su mujer.‭ ‬Para ella,‭ ‬era suficiente.‭ ‬No le importaba lo demás.‭ ‬Además,‭ ‬ya había cumplido los cuarenta,‭ ‬demasiada edad.‭ ‬Siempre pensaba lo mismo cuando se cruzaba con alguna mujer más joven.‭ ‬Más hermosa.‭ ‬Quizá ella fuera joven alguna vez.‭ ‬Años atrás.‭ ‬Quizá amara,‭ ‬de verdad.‭ ‬Y fuera amada.‭ ‬Alguna vez.‭ ‬Años atrás.‭
Sus manos corrieron las endebles hojas de las puertas del hotel mientras los más zánganos de los jóvenes permanecían todavía en el gran salón del hotel,‭ ‬apurando los culos de las botellas mientras sus enrrogecidas caras se quedaban dormidas sobre los butacones.‭ ‬El salón principal no era de proporciones modestas,‭ ‬si bien solo en algunos tramos conservaban las paredes un papel decorativo del que hacía ya años que se habían ido los colores y dibujos.‭ ‬El resto de las paredes de la estancia no estaban,‭ ‬ni con mucho desnudas,‭ ‬sino recubiertas por cada rincón de grasa de las cocinas y gruesos trazos de pintura que no hacían sino evidenciar los desconchados que pretendían ocultar.‭  ‬La visión de aquel lugar asqueó a Katerina.‭ ‬Pero aquello era lo único que se podía encontrar.‭ ‬Pensó que,‭ ‬por lo menos,‭ ‬dispondrían de habitaciones.‭ ‬Si no,‭ ‬al fin y al cabo,‭ ‬siempre se podría echar a un par de aquellos mocosos y ruidosos jovenzuelos,‭ ‬máxime para saciar las necesidades de la esposa de un hombre como Belovzorov.‭ ‬Al otro lado del salón,‭ ‬un hombre de semejante edad,‭ ‬con un porte encorvado y sombrío,‭ ‬apuraba su vaso de Vodka.‭ ‬Dimitri dejaba caer por sus labios y su garganta el áspero líquido mientras contemplaba la pared,‭ ‬la mesa,‭ ‬las sillas,‭ ‬las lámparas,‭ ‬la cara de Kjrusev estampada en el retrato,‭ ‬el rostro apático del camarero,‭ ‬la ventana medio rota por la que se colaba el viento de fuera y los ladridos de un perro callejero.‭ ‬Dejaba correr las horas de un día,‭ ‬de una vida que parecía que no se terminaba nunca.‭ ‬De repente,‭ ‬sus ojos tropezaron con la mirada de Katerina.‭ ‬Solo un instante,‭ ‬un segundo.‭ ‬Aquel rostro de mujer,‭ ‬que había dejado de ser joven pero no de ser bello,‭ ‬se paralizó al reconocerle.‭ ‬Si.‭ ‬Era ella.‭ ‬Dimitri se sobresaltó,‭ ‬dejando caer al suelo su vaso de Vodka que se deshizo en mil pedazos inundando con su contenido todo el suelo del salón.‭ ‬No había duda.‭ ‬Uno de los encargados la llevó escaleras arriba.‭ ‬Y desapareció tras una puerta.‭ ‬Las manos de Dimitri sudaban.‭ ‬Era ella,‭ ‬si.‭ ‬Y le había reconocido.‭ ‬Sin duda.‭ ¿‬Y ahora que‭? ‬A sus espaldas,‭ ‬un ruido se alzó.‭ ‬El estrépito del vaso rompiéndose había despertado a uno de los ebrios estudiantes.‭

Katerina daba vueltas en su habitación.‭ ‬Sus frenéticos pensamientos solo eran interrumpidos por el chirriar de las tarimas a sus pies.‭ ‬Jamás había imaginado volver a ver aquella cara.‭ ‬Ya la había olvidado.‭ ‬Después de años,‭ ‬había podido dejarla atrás.‭ ‬Sus manos temblaban.‭ ¿‬Tenía que permanecer allí‭? ¿‬Tenía que buscarle‭? ‬Por primera vez en muchos años no dudaba entre hacer lo correcto,‭ ‬lo legal,‭ ‬o lo que prohibían las leyes.‭ ‬Eso no le importaba.‭ ‬Dudaba por no saber lo que realmente deseaba.‭ ‬Una vez,‭ ‬en su juventud,‭ ‬había deseado sobre todas las cosas estar junto a Dimitrí.‭ ‬Pero aquello había sido en su juventud.‭ ‬Ahora era otra mujer,‭ ‬otra Katerina.‭ ‬Y lo era por culpa de aquel maldito Dimitri.‭ ‬Ojala no le quisiera,‭ ‬deseaba no sentir nada por el como nunca antes había deseado otra cosa.‭ ‬Deseaba no amar a alguien que la había hecho llorar.‭
Mientras todas estas tribulaciones rondaban por su cabeza,‭ ‬escucho como tres golpes,‭ ‬firmes y secos,‭ ‬retumbaban al otro lado de la puerta.‭ ‬Permaneció en silencio unos segundos.‭ ‬Puede que solo fuera un trabajador del Hotel,‭ ‬o alguno de aquellos jóvenes borrachos.‭ ‬Pero,‭ ‬nuevamente,‭ ‬aquellos nudillos se estamparon contra la madera de la puerta.‭ ‬Katerina se acercó.‭ ‬Trató de escuchar su voz desde el otro lado de la puerta.‭ ‬Era él.

-Katerina.‭ ‬Hola.‭ ‬Me pareciste tu cuando te vi abajo.‭ ‬Creí que ya nunca volvería a verte.‭ ‬Si quieres,‭ ‬puedo invitarte a tomar un Vodka.‭ ‬Deberíamos hablar.-

La mujer no contestó.‭ ‬Trataba de mantener el silencio.‭ ‬Su respiración temblaba y su corazón se agitaba.‭

-Se que estás enfadada.‭ ‬Lamento haberte decepcionado.‭ ‬De veras,‭ ‬ojalá lo hubiera hecho.‭ ‬No pasa un día sin que me arrepienta de no haberlo hecho.‭ ‬Pero...-

Las palabras que sonaban desde el otro lado de la puerta parecieron titubear.‭ ‬Luego se transformaron en unos pasos que se fueron por el estrecho pasillo.‭ ‬Luego silencio.‭ ‬Katerina sentía como una lágrima recorría su mejilla.‭ ‬Acercó su oído a la puerta.‭ ‬Nada sonaba al otro lado.‭ ‬Vacilando,‭ ‬dio unos pasos hacia la cama.‭ ‬Pensó que lo mejor sería tratar de dormir.‭ ‬y,‭ ‬en efecto,‭ ‬habría sido lo mejor.‭ ‬Tan rápido como sus piernas pudieron,‭ ‬cruzó su habitación y salió al pasillo,‭ ‬totalmente vacío.‭ ‬Corrió escaleras abajo,‭ ‬al piso inferior.‭ ‬Unos ruidos de una cerradura que se resistía a dejarse abrir la guiaron.‭ ‬Vió a Dimitri.‭ ‬Corrió hacia él.‭ ‬Se fundieron en un abrazo.‭

La habitación de Dimitri era pequeña,‭ ‬fría y ruidosa.‭ ‬Las cocinas estaban justo debajo y el bullicio era incesante.‭ ‬La ventana,‭ ‬roída por las termitas,‭ ‬no impedía al viento colarse dentro de la estancia,‭ ‬la luz iba y venía constantemente,‭ ‬las sabanas estaban raídas y el colchón era incómodo.‭ ‬Pero nada de esto le importaba a Katerina.‭ ‬Sentía como los labios de Dimitri recorrían cada centímetro de su piel,‭ ‬como volvía a sentir las mismas cosquillas.‭ ‬Pasaron las horas mientras se buscaban entre las sabanas,‭ ‬mientras compartían el mismo calor.‭ ‬Mientras se besaban,‭ ‬mientras se miraban,‭ ‬cara a cara,‭ ‬en silencio.‭ ‬Solo mirándose,‭ ‬a los ojos,‭ ‬como si ya no quisieran volver a ver otra cosa en el resto de sus vidas.‭ ‬Las horas pasaban.‭ ‬Mientras la Luna les contemplaba,‭ ‬la mano de Dimitri acarició el cuello de katerina hasta tropezar con la gargantilla de oro.‭

-Me suena de algo-‭ ‬Dijo entre susurro.

Katerina se sonrió.‭ ‬De dijo que al final llegó a sus manos.‭ ‬Que su madre se lo había dado cuando él ya se había ido.‭

-‭¿‬Y que se supone que hace alguien como tu en este hotel,‭ ‬turismo‭?

-Más o menos.‭ ‬La redacción del Praztda me ha citado aquí para mañana.‭ ‬Quieren entrevistarme.‭ ‬Al parecer soy un héroe de la guerra.‭ ‬Han tardado dieciséis años en darse cuenta pero al menos me lo agradecen-‭ ‬Dijo con cierto tono de sorna.‭ ‬-No se si será por lo que dicen que está pasando en Berlín,‭ ‬pero últimamente están saliendo héroes hasta de debajo de las piedras-‭    

Las dos voces hicieron una silencio que Dimitrí rompió unos instantes después.

-Me alegra que lo conserves-

-Por que no lo haría.‭ ‬Es mío,‭ ‬al fin y al cabo.-

-Creo que estaba equivocado.‭ ‬Ya sabes.‭ ‬Aquella vez,‭ ‬cuando teníamos veinte años.‭ ‬Debería haberlo hecho.‭ ‬Deberíamos haber subido a ese tren.‭ ‬Fui un idiota.-

katerina volvió su mirada hacia el infinito.

-Sabes una cosa.‭ ‬Cuando estaba en la guerra,‭ ‬me acordaba de ti todos los días.‭ ‬Cuando estaba en el frente y me disparaban,‭ ‬cuando estaba en la enfermería,‭ ‬entre la vida y la muerte,‭ ‬cuando en pleno invierno se me congelaban las manos o teníamos que avanzar entre la nieve.‭ ‬Nunca dejaba de pensar en ti.‭ ‬Pensaba que,‭ ‬no sé,‭ ‬puede que en cuanto volviera a casa te encontrara.‭ ‬Fui a buscarte,‭ ‬pero me dijeron que ahora vivías en Moscú.‭ ‬Me mudé allí.‭ ‬Constantemente tenía la esperanza de encontrarte en cada esquina,‭ ‬en cada calle que cruzaba.‭ ‬Algunas veces me pasaba al día recorriendo las calles,‭ ‬pasando por las plazas más concurridas.‭ ‬Buscándote.‭ ‬Cada vez que salía de casa tenía la esperanza de que nos cruzásemos por casualidad.‭ ‬Pero un día dejé de hacerlo.‭ ‬Simplemente.‭ ‬Me desperté y todas las esperanzas de encontrarte solo...‭ ‬se habían ido.‭

Katerina se incorporó.‭ ‬Le miró a los ojos.‭ ‬Notaba como,‭ ‬con las últimas palabras,‭ ‬la voz de Dimitri había titubeado.‭



-‭¿‬Ya está‭? ¿‬Eso es lo que tienes que decirme‭? ‬Todos estos años.‭ ‬Cada uno de los días que han pasado desde que nos vimos por última vez he querido preguntarte lo mismo.‭ ¿‬Por que me dijiste que no‭? ¿‬Por que no viniste con migo‭? ¿‬Por que me dejaste sola‭? ‬Te quería,‭ ‬y te quiero.-

-Tenía miedo.‭ ‬No sabía que hacer.‭ ‬Me equivoqué-

-Te equivocaste.-‭ ‬Katerina no pudo contener las lágrimas.-‭ ‬Te estuve esperando.‭ ‬Sabía que estabas lejos,‭ ‬pero te esperé como una idiota hasta la mañana del día de la boda.‭ ‬Me he pasado toda la vida pensando en ti.‭ ‬No sabía si estabas vivo,‭ ‬muerto,‭ ‬si vivías en Moscú o con tus padres...-

-‭¡‬Pues vallamonos‭! ‬Ahora.‭ ‬Tengo algo de dinero.‭ ‬Vallamos a Berlín.‭ ‬Puede que incluso podamos sobornar a algún guarda para que nos deje pasar a Occidente.‭ ‬Viviremos una nueva vida.‭ ‬La que debíamos haber vivido hace años.‭ ‬Ahora no tengo miedo.‭ ‬Hagamoslo.-

Katerina,‭ ‬sin responder,‭ ‬se levanto de la cama y corrió hasta la puerta mientras sus manos aprehendían,‭ ‬salvajes la ropa que se esparcía por la habitación.‭ ‬Dimitrí trató de seguirla.‭ ‬La sujetó en el momento propicio para impedir que saliera corriendo desnuda por el pasillo del hotel.‭ ‬En su mirada se mezclaban dolor,‭ ‬ira y llanto.‭ ‬Ella trataba de no mirarle.‭ ‬caminó con lentitud y se vistió en silencio.

-Debería irme ya a mi habitación.‭ ‬Estar en una habitación con un hombre que no es mi marido esta prohibido,‭ ‬máxime siendo la esposa del Camarada Belovzorov,‭ ‬te traería problemas si no ne marcho ya.-

Dimitri la miraba en silencio.‭ ‬Apenas podía contemplar como se vestía,‭ ‬como se preparaba para desaparecer otra vez de su vida.‭ ‬Ella se quitó de su cuello la gargantilla dorada por primera vez desde hacía más de quince años.‭ ‬La puso sobre la mesa.‭

-Puedes quedártela.‭ ‬Ahora te pertenece-

-Katerina,‭ ¿‬Que significa esto‭?‬-‭ ‬Dijo Dimitri acercándose.‭ ‬-‭ ‬Por que no la quieres.‭

-La he conservado.‭ ‬La he estado mirando durante años.‭ ‬Nos he imaginado,‭ ‬juntos.‭ ‬Amándonos.‭ ‬Siendo felices.‭ ‬Era feliz cuando la contemplaba.‭ ‬Quería,‭ ‬quiero ser feliz contigo.‭ ‬Si ahora nos vamos,‭ ‬si escapamos,‭ ‬ocultándonos de todos hasta que nos encuentren y nos separen.‭ ‬Si emperezamos a vernos en secreto,‭ ‬esperando el día en que alguien nos descubra y seas ejecutado por mi culpa.‭ ‬No quiero vivir esa vida.‭ ‬Pudimos ser felices,‭ ‬pero lo dejaste pasar.‭ ‬No quiero recordarte más,‭ ‬no quiero sufrir más por ti.‭ ‬Porque si lo sigo haciendo,‭ ‬si continuo mirando esta gargantilla cada noche,‭ ‬terminaré volviéndome loca o llevándote ante un pelotón de fusilamiento.‭ ‬Y si no puedo tener una vida contigo,‭ ‬una vida feliz,‭ ‬almenos quiero poder conservar un buen recuerdo.-

Las lágrimas corrían por la cara de Katerina.‭ ‬Su garganta apenas dejaba pasar el aire.‭ ‬Mientras se dirigía a la puerta,‭ ‬mientras dejaba aquella habitación atrás,‭ ‬Dimitrí le habló por última vez en su vida.

-Sabes esos hombres que se levantan por la mañana y piensan en esa mujer que dejaron escapar.‭ ‬En las vidas que pudieron vivir.‭ ‬Que lloran cuando nadie les ve,‭ ‬que cuando caminan no salen a donde ir y que tratan de escapar de sus recuerdos bebiendo.‭ ‬Yo soy uno e esos hombres.-

Cuando hubo terminado,‭ ‬la puerta se cerró bruscamente.



A la mañana siguiente,‭ ‬el Camarada Belovzorov llegó al hotel rodeado por una corte de unos diez secretarios,‭ ‬asesores,‭ ‬ayudantes,‭ ‬etc.,‭ ‬que se mezclaron con el grupo de estudiantes que trataba en vano de escapar de la vil y dolorosa luz diurna.‭ ‬Katerina no tardó en aparecer en el salón para acompañar a su marido.‭ ‬Cuando la pareja abandonaba el salón del hotel,‭ ‬Belovzorov reparó en un individuo que se hallaba sentado en un apartado butacón.‭ ‬Se encaminó hacia él mientras pedía a su esposa que le acompañara.‭ ‬Al llegar al lugar,‭ ‬se encontró nada menos que con Dimitri Petrov,‭ ‬el importante héroe de guerra.‭ ‬Belovzorov de estrechó la mano y de modo afable de informó de que últimamente se hablaba de él bastante en Moscú,‭ ‬así como de tantos otros héroes de la guerra contra la Alemania de Hitler.‭ ‬Dimitri no dudó en corresponder a los cumplidos de tan estimable camarada.‭ ‬Tras esto,‭ ‬Belovzorov le presentó a su esposa,‭ ‬Katerina.‭ ‬Dimitri dio a la mano que aquella mujer un frió beso que apenas rozó su piel.‭ ‬Se miraron a los ojos unos instantes.‭ ‬Luego,‭ ‬Belovzorov y su esposa se fueron del hotel.‭ ‬El comenzó a contarle lo sucedido en el viaje mientras ella,‭ ‬sin escuchar,‭ ‬miraba hacia el infinito.‭ ‬Dimitrí siguió con la mirada a la pareja hasta mucho después de que el coche oficial en el que se habían ido hubiera desaparecido aplastado por el horizonte.‭

lunes, 28 de febrero de 2011

Tres días de amor (Primera parte)

Esta no es la historia de un hombre. Ni tampoco la de una mujer. No es la historia de Dimitri, ni de Katerina, no es su historia. Esta es la historia de tres días, de tres momentos perdidos en el tiempo que decidieron tenerlos a ellos dos como protagonistas. Quizá tras leer estas lineas pueda ser comprensible como una vida entera se puede condensar en tres amaneceres y otras tantas lunas llenas, puede que tras comprender la historia de estos tres días podamos alcanzar a descubrir como un hombre y una mujer nacieron, crecieron y murieron en 72 horas.



El primero (o el último) de estos días fue el 21 de Noviembre de 1993. Una de las más imponentes iglesias del centro de Moscú celebraba un vistoso funeral. Ante las puertas, el apiñado grupo de portadores de relucientes trajes y vestidos insinuaba la alcurnia de la fallecida. Entre los socorridos soportales del grisáceo edificio, abarrotados por abrigos, pantalones, chaquetas, jerséis, camisas y bufandas que trataban de protegerse de la lluvia, se abría paso como podía un joven de mirada caída, tez clara coronada por muy poco pelo y esa expresión de indescriptible fugacidad que caracteriza a todos los rusos. Tras hacer chirriar los goznes de las plomizas puertas, estas se abrieron para dejar salir de su oscuro interior un intenso aroma de incienso y madera que rápidamente se vio acompañado por la entrada del húmedo gentío. Una hora después, el sacerdote ya finalizaba su labor, dejando a los allí presentes a solas con el dolor de la pérdida. Así, mientras en la sala anexa era expuesto el cadáver de la fenecida, los asistentes abarrotaban el lugar conformando impermeables corrillos en los que animosamente se despachaban temas diversos. En ocasiones alguno de los asistentes acudía al velorio con la intención de dar su más sentido pésame al viudo, o a los hijos, o a quien quisiera Dios que hubiera dejado aquella mujer, lamentando el tener por ello que haber pospuesto una charla tan interesante. Coronando el grupo se encontraba Belovzorov, el hombre que hacía unos días había dejado de ser para siempre el marido de la anciana fallecida. Se reconocía en el rojo de sus ojos la presencia de lágrimas traicioneras y saladas. El pobre anciano permanecía apartado, rodeado por la soledad del dolor mientras un mar de voces se desataba a sus espaldas. Es así que necesitó un tiempo para reparar en la presencia de un hombre a su lado. De edad similar a la suya, mostraba un aspecto corrido por los años, poblado por infinitos surcos y canas. Los ojos, pequeños y casi horadados en la propia cara, estaban clavados en el ataúd. Los dos hombres, apartados del resto del mundo, no cruzaron palabra. Belovzorov le recordaba como se recuerda un rostro visto en un sueño, como si lo hubiera visto tras la niebla de los años. Como si hubieran compartido un pequeño instante de sus vidas tiempo atrás. Pero le fue imposible reconocerle. Se olvidaría por siempre de él cuando saliera del templo.


Mientras serpientes humanas atravesaban las puertas de la iglesia, el anciano que nadie parecía conocer permanecía allí, sentado ante el ataúd, en mitad de la oscuridad de la inminente noche. Un ejercito de ecos se arremolinaba a su alrededor, de sonidos descifrables que no parecían perturbarle en absoluto. El olor de humedad e incienso que impregnaba el aire ya casi se había desvanecido. Tan rápido como su vetusto cuerpo le permitía, Dimitri se incorporó para cercarse al cuerpo. Mientras sus manos temblaban, dejó caer sobre la mujer una pequeña gargantilla dorada que rápidamente se deslizó por entre los pliegues del vestido. Dimitri se dio la vuelta. Quería irse. Pero no podía, no se atrevía. No podía hacer simplemente eso. Dejarla atrás. Otra vez. Katerina.
Se volvió, se dejó caer sobre el ataúd. Estaba agotado, quería poder hablar con ella, una vez más, solo un día más. Quería besarla otra vez, como aquella vez, perdida años atrás. Quería llorar. Pero no sabía. El aire le quemaba las entrañas desde dentro.

-Lo siento. Perdoname.-

Trató de decir algo más, pero no pudo. Se ahogaba mientras hablaba. Las palabras, los recuerdos, el dolor, todo se agolpaba ahora en su boca, a punto de explotar. Trató de incorporarse. Apenas pudo. Se dio la vuelta. Con minúsculos pasos trataba de dirigirse hacia la puerta. Se sentía caer. Ya ante el vacío de la puerta volvió su mirada para pronunciar algo.


-Ojalá me hubiera atrevido. Ojalá hubiéramos ido. Juntos. Te quiero.-

Solo dijo eso. Y desapareció devorado por la oscuridad de un interminable pasillo solitario. La figura de Dimitrí, en plena calle, en mitad de la lluvia, perdida, deambulando sin rumbo, sola. Veía, en la lejanía, las luces de la ciudad. Imaginó otras luces, otra ciudad. Perdida en el pasado. Jamás aprendería a olvidar. No podría. Se preguntó si en el lecho de muerte, mientras su cuerpo espiraba, Katerina habría pensado en él, si habría recordado aquellos días que solo fueron suyos. Si, mientras su vida desaparecía, habría tratado de ver su cara, sus ojos. Y Dimitri, bajo la lluvia, solo supo llorar.

miércoles, 16 de febrero de 2011

martes, 15 de febrero de 2011

Avioncitos.




Exposiciones como esta no se ven todos los días. Así que agarro la cámara y no lo dudo. Las fotos son del verano. Espero que os gusten.




viernes, 4 de febrero de 2011

El artista.

Tres veces en toda nuestra vida nos cruzamos Gillermo Bermejo y yo. Nunca llegamos a intercambiar palabra. Solo una vez nos miramos a los ojos. Murió sin conocer mi nombre. No hay, sin embargo, otras dos pesonas en el mundo que hayan tenido un vinculo mayor.

Todo comenzó hace ya tanto tiempo que no merece la pena recordarlo. Era por aquel entonces un simple muchacho, con demasiadas metas y ambiciones en la vida como para seguir un camino. Una mañana como otra cualquiera acababa de desallunar y dejaba pasar las pesadas horas deambulando entre edificios que menospreciaba, en las cercanías de la facultad de Bellas Artes cuando el azar hizo cruzarse conmigo a una mujer. Aunque mentiría si negase que era bastante atractiva, sería otro error no decir que yo no era la clase de joven que se dejaba guiar por los meros impulsos. No sabría explicar la razón por la que me decidí a caminar sobre sus pasos ni lo que esperaba obtener a ciencia cierta siguiendolos. Solamente caminaba, sin pensar ni bacilar, hasta que llegamos a un edificio que parecía algo más antiguio que el resto. Había un grupo no muy reducido de personas a la entrada de aquella marmorea y gris edificación, enmascarada por cientos de trepadoras que escalaban por las petreas paredes. La razón de aquella concurrencia había que buscarla en la celebración por parte de algunos de los estudiantes de una exibición de sus capacidades. Nunnca hubo razón para que yo estubiera alli, ni tampoco para que entrase, y sin embargo no pude resistir la tentación de hacerlo, igual que no pude contener el impulso de seguir a aquella mujer a la que jamás he vuelto a ver.

Desde un incomodo asiento podía apreciar como, uno tras otro, aparecian un montón de jovenes que daban rienda suelta a sus pretensiones, pero de entre todos mi memoria solamente reseñó a uno. Entre el oscuro silencio del anfiteatro subió a una tarima en la que no había más colocado que un lienzo totalmente blanco. Colocó ante si unos tarros rebosantes de pintura. Primero con pinceles finos comenzó a dibujar. Siluetas de cuantos colores puedan imaginarse, sombras que parecían salidas de una alucinación y que desde el otro lado del cuadro parecían querer mirarnos. Aquel pundo blanco perdido entre la oscuridad era demasiado fuerte, demasiado poderoso, por alguna razón era imposible separar la mirada. Luegó paso a utilizar pinceles mucho más gruesos. Ya no medía los trazos ni las mezclas, ahora solo se dejaba llevar. Parecía dominado, poseido. Se podía escuchar nítidamente como los pinceles chocaban con la tela, como los pigmentos se estremecían contra las fibras. Tras esto, arrojó los pinceles y pasó a dibujar con sus propias manos. Lanzaba la pintura, la esparcía. Sus dedos eran los que creaban, no necesitaban de intermediarios. Usaba todo su cuerpo para manejar la masa, amorfa, mounstruosa. Se lanzaba contra el lienzo, lo cubría con su piel. Era imposible diferenciar uno de otro. Dos cuerpos, solo dos cuerpos había en aquel lugar, unidos por la misma naturaleza, por el mismo objetivo, por el mismo destino, aquel lienzo y aquel hombre, que parecía arrancado del mundo que había surgido de su mente. Finalmente, aquello no fué suficiente. Así, el hombre arremetió contra su obra. La rompió, la golpeó, al rasgó, la quebró. Por todo el anfiteatro volaron los vestigios de aquello que había sido un cuadro momentos antes. Solo había ahora un hombre, impregnado por la pintura, postrado de rodillas como un angel caido o un soldado herido. En el suelo clavado, respirando con toda la fuerza, mirando al infinito que había dibujado en las manchas de su piel. Solo el silencio más sepulcral clamó en aquel lugar. Nadie habló, si susurró ni aplaudió hasta varios minutos después de finalizada la escena. Solamente acuchilló el silencio gélido una palabra, brotada de los labios del artista. :-"Presentación"- Dijo. Eso y nada más.
Nadie supo encontrar una explicación clara para lo que acababan de ver y oir. Nadie supo imaginar lo que podía habitar dentro de la mente de aquel hombre. Intranquilo, quise achacarlo a las meras ansias de aquel artista por impactar, a su necesidad de destacar y generar una indeleble impresión entre todos los que le contemplabamos.
Pararon horas, días, semanas, meses y años. Quise olvidarme de lo alli visto y finalmente lo logré. Comenzé y termine con cierto éxito estudios superiores. Empecé a trabajar y fundé mi propia familia. Aquellas ansias de cambiar el mundo, aquellos esteriles sueños de ser alguien diferente a lo que el mundo tenía preparado para mi, y que me habían llevado a presenciar el más grotesco espectáculo se difuminaron en la memoria junto con el recuerdo de aquel hombre. Solo en ciertas ocasiones, cuando el ruido de una vida cotidiana se disipaba y mi mente quedaba en quietud podía escuchar aquela voz, gutural y llena de ira :-Presentación-. Solo cuando no tenía ningún sitio al que mirar me peseguia la oscuridad de aquel anfiteatro, la visión de aquel lienzo destruido, solo cuando no había nada ese recuerdo lo dominaba todo.

Acababa de celebrar mi cuadragésimo cumpleaños. Era un día gris y bastante lluvioso, parecía que el agua eliminaría cualquier traza de recuerdo de una tarde que parecía gemela de otras tantas destinadas al olvido, pero no fue aquel un día que pueda llegar a olvidar algún día. Azares que no vienen al caso habían puesto en mis manos un pase para la actuación, en una biblioteca molestamente lejana, de un artista, un tal Gillermo Bermejo. Recuerdo con un sabor de agria nostalgia que aquella fue una de las últimas veces que salí con aquella mujer con la que solía engañar a mi mujer. Asistí, más para dar esquinazo a la rutina que porque esperase gran cosa del evento. Mientras esperaba junto a un amplio grupo de personas que me recordaba amargamente lo similar que era al resto del mundo saltó sobre mi una incontenible impresión. De entre todos los alli presentes salió un individuo, un hombre que ya creía olvidado. Aquel hombre que había destruido su propia obra ante mis ojos años atrás. Su mirada había envegecido, se había curtido, parecía sufrir. Se colocó ante el gentío y solo pronunció una palabra :-"Nudo". La gente se miraba entre si con total extrañeza. Solo yo podía intuir lo que pasaría, solo yo experimentaba ese setimiento de absoluta impotencia, solo era mi corazón el que se aceleraba y mis piernas las que temblaban, el que presentía lo inminente. Hubiese sido absurdo tratar de advertir a los asistentes de lo que iban a ver, ni yo mismo sabía a ciencia cierta el orien de mi temor. Tras un largo lapso de silencio, Gillermo Bermejo se sacó un mechero y lo lanzo contra una de las estanterías. El polvorín de páginas alli recopiladas comenzó a arder mientras la gente huia despavorida. Solo yo permanecí. Solo yo pude ver como los servicios de seguridad se lo llevaban. No oponía resistencia. No había resignación en sus ojos. Solo miraba las llamas que inutilmente trataban de ser sofocadas. Sus pupilas se nimetizaban con el reflejo del fuego, los dos hacían uno. Varios dias duró el eco periodistico de aquella acción, catalogada desde lo obsceno y bandálico hasta lo vanguardista. Trate de seguir las peripecias legales de aquel hombre. Fue condenado a un año de prisión que se conmutó por el pago de una elevada multa. Nunca más supe de él. Me dediqué a buscarle en todas las exposiciones de arte, convenciones, universidades... Nada. No hera capaz de encontrarle. Todas las noches me oprimía el mismo recuerdo, el recuerdo del lienzo destrozado, el recuerdo de los libros ardiendo, aquella mirada eternamente perdida y, sobre todo, aquellas palabras, separadas por veinte años de distancia "Presentación" "Nudo". Ahora tenía algo parecido a un sentido. Cada día me sorprendía aguardando el "Desenlace" ¿Que final podía tener aquello? No podía morir sin saberlo. Aquellas dos palabras fueron los cimientos de mi obsesión. Otra vez pasó el tiempo. Esta vez no trajeron olvido, sino resignación forzosa. Unos amigos llegaron, otros se fueron. Años, meses, semanas, días y horas se sucedieron. El divorció me resultó menos traumatico de lo que esperaba. Ahora creo descubrir que qizás cometí el error de no ser un buen marido. La vegez enseña a admitir las cuestiones de la vida tal y como son, sin tener que añadir inutiles apellidos como "bueno" o "malo". Por desgracia, eso es algo que se aprende demasiado tarde. Temía ya no volver a encontrarme con un "Desenlace". Cada día que pasaba sin noticias de Guillermo Bermejo suponía una nueva razón para temer que jamás llegaría a ver culminada aquella compleja obra que había comenzado años atrás. Un día, repentinamente, estaba mareando un café mientras esperaba a que aterrizase el avion en el que regresaba la hija de mi segunda mujer cuando leí en el periodico algo que me atrapó "...y el polémico artista Guillermo Bermejo dará una charla hoy en el museo..." ¿Era aquello posible? No hubo tiempo para dudas. En aquel museo estaba a la hora señalada por el diario. 

Y ante nosotros, Gillermo Bermejo. Veinticinco años envegecido desde la última vez. Al verle no pude evitar que un escalofrío galopase por mi espalda. Aquel hombre, otrora joven, estaba reducido a canas y piel arrugada. Pude ver en su vejed la firma que en mi mismo habría dejado el paso del tiempo. El y yo habíamos caminado con similares pasos. Casi toda mi vida había sido la persecución de aquel artista y su obra. No sabía que me impulsaba, que me orpimia el pecho cuando trataba de desistir, cual era el nacimiento de aquella obsesión, de aquella necesidad. Pero fuere lo que fuere, en ese lugar, en ese momento tendría que terminar.
Los espectadores estabamos en silencio. Mi mente me hizo palpar una ferrea tensión. Los sudores frios empapaban mi ropa. Mi respiración entrecortada parecía predecir lo que se avecinaba. Creia notar el olor de algún tipo de sustancia, un aspero regusto a gasolina. Lo achaqué a mi estado de tensión. Guillermo Bermejo, tras unos minutos de total silencio gritó :-¡Desenlace!. Dicho esto, solo hizo otra cosa antes de morir. Un instante antes, mi mirada y la suya se cruzaron. Le comprendí, comprendí su alma y su obra. Todo era destrucción. La destrucción de su propia obra primero, de su obra y de si mismo, la destrucción de su alma, ese era el primer paso. Veinte años después quemó el resto del mundo. No ardieron solo unos libros, sino sus escritores y lectores, los mundos que describía los lenguajes que tegían. Todo cuanto representaban, el mundo entero, se consumía en llamas. Ya solo quedaba un único paso. Nuestros ojos mantubieron la mirada. No se si me reconoció, solo se lo que vi en sus ojos, no resignación, no derrota, no temor, solo el deseo de culminar el trabajo de su vida. En aquel momento estaba demasiado aturdido para pensar, ahora creo que en mi mirada iba un sentimiento de aprobación, de comprensión y casi de amistad. Por eso permanecí tranquilo y sentado mientras el resto de la gente corría para infructuosamente evitar que la cerilla que raudo encendió llegase a tocar su ropa, impregnada en gasolina. Aquel era el desenlace. La destrucción absoluta. La destrucción de la propia destrucción, la mera y simple destrución, primaria, elemental, la destrucción que hace brotar los instintos, la destrucción de una vida. De su propia vida. No se pudo hacer nada por el. Creo que, aunque los medicos le hubiesen podido salvar, no habría sido lo correcto. 

Habrian estropeado su gran obra. Obra que había durado cuarentaicinco años, y de la cual yo había sido el único espectador, el único que jamás podría llegar a entenderla. Había alcanzado aquello que en secreto todo artista anhela, su vida, su muerte y su obra eran todo uno. Ahora la imagen de aquel hombre me acompaña, día y noche se manifiesta, infatigable, cuando cierro los ojos. Ya no la temo, ni trato de olvidar. Solo la miro con compasión, compasión por la parte de mi vida que se consumió con la de Guillermo Bermejo.