¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir. Confucio
domingo, 27 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
Un día en la ciudad.
Un reloj que da las 4:17 p.m.
gente que camina e ignora
un mundo, un mundo tras cada ventana y puerta.
Y hay días que no llueve, hay días que si
cuando las sombras deambulan, escapan fatuas
oscuras y grises, del frío y del agua.
La mole afilada, de infinito devorar
rasga el cielo. Y sangra.
Y sombras, grises, viejas, sin caras
desaparecen en las fauces.
Feroces soportales, uno tras otro, tras otro, tras otro
Quien fue, quien es, quien será
A quién odió, a quién amó.
La lluvia se lo lleva.
Calor que cae en la cera
se desliza y se va,
Y desaparece. Para siempre. Sin más.
Nuevos de aquellos. Grises, miles, sin rostro
vuelven a deambular. Y la ciudad vuelve a olvidar.
domingo, 13 de marzo de 2011
Tres días de amor (Tercera parte)
Si las balas de los alemanes no terminaban por matar a todos los rusos, lo haría la condenada falta de alimentos. Pocos años se recordaban tan sangrientos como aquel 1942 que estaba a punto de concluir. Pero era el precio que las tropas, siempre necesitadas de reclutas, tenían que pagar por recuperar la tierra de Rusia de las garras de aquel traidor de Hitler. y se estaba logrando. Los ejércitos soviéticos, metro a metro, avanzaban a través de la nieve sobre las filas alemanas. La contraofensiva de Stalin era vital para el futuro de la URSS y de toda Europa. Por fortuna, al pequeño pueblo de Ufa apenas habían llegado los enfrentamientos ni las grandes levas. El estar en una zona ciertamente remota hacía que enviar oficiales hasta el lugar para efectuar el reclutamiento fuera más costoso que los resultados del mismo. Pero esta relativa seguridad traía aparejada la ausencia casi total de alimentos durante el invierno, en especial durante la gran guerra. La mayoría de los koljost de la zona producían alimentos que de inmediato iban a alimentar a las tropas en el frente. Todo lo que en la tierra de aquel lugar germinaba, sin embargo, pasaba por las manos de los Ivanof.
La familia, de antigua ascendencia Boyarda apropiadamente ocultada desde la caída del Zarismo, se había ganado la simpatía del Partido, mérito que se traducía en la suculenta responsabilidad que sobre sus hombros descansaba, la de administrar la producción colectiva de la zona. Poco había cambiado desde 1917. En mitad de una de las infernales noches de invierno con las que Rusia hostiga a sus compatriotas, mientras el gélido viento golpeaba las paredes de las casas y la nieve se amontonaba del otro lado de muros, ventanas y puertas, Dimitri deambulaba nervioso entre las ciegas sombras nocturnas. En su mano tenía una gargantilla de oro (o lo que los mercaderes le decían que era oro), que le había costado cerca de un año de su jornal. No había sido difícil conseguirla, siempre había alguien que tenía un amigo, un familiar o un conocido con mercancía de contrabando dispuesto a regatear. Pero ahora que ya la tenía en sus manos, Dimitri se preguntaba que hacer con ella. Hasta que la había conseguido no dudaba sobre lo que debía hacer con ella. Ahora surgían los titubeos. Las dudas. ¿Sería acaso demasiado? Katerina era de una familia de gran alcurnia, incluso tras la caída de los linajes, su familia era el espejo al que todo joven amante del Partido tenía que mirarse. El, un simple trabajador del campo. Hacía justo dos años que se habían besado por primera vez. Fue en una fiesta. La familia de Katerina ocasionalmente se dejaba ver junto a los trabajadores, en especial cuando llegaba algún enviado desde Moscú. Aquel día algo cambió dentro del corazón de Dimitri. El joven, nacido fruto de la necesidad de una mujer que era secreto a voces que se vendía entre los campesinos de todo Ufa, estigmatizado desde ates de venir al mundo, siempre se había caracterizado por ser amante de la soledad, por tener una mirada sombría incluso cuando estaba alegre. Por no creerse merecedor de alguien como Katerina.
Aquel beso forjó otro Dimitri. Uno que comenzó a creer que quizá el destino, al final, tuviera algo reservado para el. Que se sentía diferente, especial. Que se sentía feliz. Su madre, que por aquel entonces se había casado con un anciano viudo más en condición de criada que de esposa, no tardó en descubrir lo que su hijo en vano (y con cierta torpeza) trataba de ocultarle. Nunca le reprochó su arrojo, si bien tampoco dejó de ver lo que su hijo hacía con la joven Katerina como un mero interés. Desde entonces, se servían de cada recoveco, de cada instante de tiempo, de cada fiesta en la que el resto del pueblo estaba distraído, para encontrarse. Con cada retraso del otro sufrían mil muertes, con cada día en que no se veían apretaban de impaciencia dientes y uñas, con cada vez que a alguno le era imposible acudir a la cita padecían esos dolores que solo los corazones jóvenes son capaces de soportar y disfrutar.
Unos días antes, y mientras trabajaba en una parcela, Dimitri escucho como un compañero de trabajo le decía a sus espaldas:
-Dimitri, jamás había imaginado que fueras un gran jinete. Dime ¿Como es montar a una yegua de primera clase? ¿Hay que domarla igual que a las demás?
El joven, enfurecido, se volvió contra su compañero para ver como un grupo se reía de la frase que acababa de escuchar. Sin pensarlo dos veces, le golpeó en plena cara iniciando una trifulca que solo cesaría con la mediación de sus superiores. Hacía días que los rumores se habían extendido como la pólvora. Burlas e insultos llovían sobre Dimitri de quienes creía sus amigos «De tal palo tal astilla», «Cuantos como Dimitri tienen una fortuna entre las piernas» y un sin fin más. Pero la mayor parte de las habladurías recaían sobre su madre, usando este episodio como pretexto para atacar a aquella sucia mujer. Muchos eran los que veían en la acción de Dimitri no solo una sucia artimaña, sino una vil traición a su clase, a sus raíces sociales, por acercarse a esa mujer pudiendo haber elegido a cualquier otra que fuera verdaderamente trabajadora.
Al día siguiente, ambos se vieron en una laguna oculta entre los arboles. El corazón de Dimitri palpitaba de manera incontenible en su pecho. Tras esperar tanto como le fue posible, le pregunto aquello que durante días le había estado rondando por la mente. Desde hacía semanas se rumoreaba que un importante miembro del Partido, el Comisario Camarada Belovzorov, se dirigiría al Ufa para tomar a Katerina como su esposa. Ella no supo engañarle. Un puesto en el «Politburo» de Moscú, aquella era una ocasión que su familia jamás podría dejar pasar. Ese día, Dimitri no le dió a Katerina la gargantilla. No se sintió capaz.
Uno tras otro, Sol tras Luna, pasaron los días. Una tarde de Jueves, mientras, Dimitri trabajaba, su superior le informó de que el Camarada Popov, director de aquel complejo, quería verle. Al entrar en la sala de reuniones del edificio principal, sin embargo, Dimitri solo se encontró una silueta menuda recortada sobre una gran ventana. A Katerina no le había sido difícil hacer que el encargado de la explotación actuase tal y como ella le ordenara, habida cuenta de su inminente apellido. Cuando reconoció su cara, Dimitrí se abalanzó sobre ella y ambos se besaron como si los dos corazones llevaran años sin verse. Unos instantes después, Katerina sacaba de entre los pliegues de su ropa un montón de papeles. Entre ellos se distinguían folios con algo escrito, un poco de dinero, un par de mapas y dos billetes de tren.
-He conseguido estos dos billetes. Podemos irnos de aquí mañana mismo. Sin que nadie lo sepa. Sin que nadie nos detenga. Nosotros dos, juntos.-
-Katerina, ¿pero que...?-
-Escucha. Ese hombre, ese Belovzorov, no quiero casarme con él. Yo, quiero vivir contigo. Esta es nuestra oportunidad. Nuestra oportunidad para amarnos asta la muerte.-
Dimitri la miró desconcertado. Los ojos, grandes y vivos, de Katerina, se clavaban sobre su mirada interrogándole, tratando de ver en sus adentros y rogándole que la salvara de su destino. La mano de Dimitri se paseó por los dorados cabellos de la joven. Sus dedos acariciaron el lóbulo de su oreja, su babilla y sus pálidos y ligeramente sonrosados carrillos. Sabía que aquello le encantaba. Sentía como apretaba su cara contra la palma de su mano mientras cerraba los ojos. Como le devolvía la caricia con sus dedos, finos y con uñas cuidadas, en su mentón, su barba y su cuello. Ambos se conocían demasiado bien. Sabían exactamente lo que el otro sentía.
Dimitri se imaginó, por un instante, solo un instante, a si mismo como el marido de esa mujer. Veía a los dos viviendo en una casa, paseando de la mano, criando a sus hijos, envejeciendo juntos. Disfrutó aquel sueño. Y luego se repitió a así mismo que aquello era todo lo cerca que nunca estaría de vivir aquella vida.
-Katerina. Esto ha llegado demasiado lejos. Ese tren, esa fuga. ¿Hablas en serio? Si quisiera vivir como un pobre vagabundo, me quedaría aqui. Almenos estaría a salvo de la ley. Escuchame, será mejor que te diviertas con tu marido cuando venga y te olvides de mi.-
Dimitri veía todas sus esperanzas esfumarse, sentía como la vida se le iba como la arena se va entre los dedos de una mano que se cierra. Pero huir de esa manera, obligando a Katerina a vivir una vida de miseria, escapando de la ley, hasta que todo terminara con una detención. No, jamás se perdonaría algo así. Katerina no merecía esa vida.
-No, por favor. No me abandones. No me dejes. No puedes. Quiero ser feliz, feliz contigo.-
-Escucha. Y escuchame bien porque solo lo repetiré una vez. Sin tu apellido, sin estas tierras que tienes, no me vales de nada-
Katerina rompió a llorar. Empujó a Dimitrí con violencia y avanzó hacia la puerta. En ese momento, Dimitri pudo haber dicho una infinidad de cosas. Podría haberle dicho que la amaba más que nada en el mundo, que no soportaría verla marchar, o que prefería morir a dejar de amarla, pero no dijo nada. Quería a Katerina más que a si mismo, Adoraba a aquella mujer que ahora le odiaba, que lloraba por su culpa. Y precisamente por eso, porque la amaba demasiado, tenía que herirla, tenía que hacerla sufrir. Tenía que dejar que se fuera. Antes de abandonar la habitación, Katerina se volvió. Le miró durante unos instantes. En total silencio. Y se fue.
Aquella noche, Dimitri pensó en Katerina. Pensó en aquel hombre, aquel Belovzoroz besando sus labios, apretando con sus manos el delicado cuerpo de la joven, jadeando como un perro sobre ella, manchando con su sudor la piel que él había acariciado y besado mil veces, y que otras mil lo haría si pudiera. Se imaginó a los recién casados paseando entre la gente, celebrando una fiesta por su matrimonio. A katerina buscándole con una mirada oscura y vacía. No pudo contener su furia. Golpeó con todas sus fuerzas una pared. Una vez. Otra. Otra. Otra. Otra. Hasta que la rompió. Y callo de rodillas, con sus nudillos ensangrentados. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, rompió a llorar.
El ajetreo de los preparativos para la boda era incesante. Katerina apenas pudo encontrar un rato para escapar del bullicio para encaminarse hacia la aldea. Deambuló entre las modestas cabañas y casas desvencijadas hasta llegar a la de Dimitri. Sentía un nudo en el estomago. Quería hablar con él. Con el hombre que la había traicionado. Solo una vez más. Solo quería despedirse de él. Solo verle por última vez. Solo poder conservar un último recuerdo feliz de su amor. Llamó a la puerta. Nadie abrió. Solo tras insistir apareció la madre de Dimitri del otro lado de la hoja. Tenía la cara ajada y distante, con los ojos enrojecidos por el llanto. Katerina le preguntó por Dimitri. la mujer contestó que no sabía nada de él desde que se había ido. Un día, al volver de trabajar, golpeó hasta romper una pared de madera en plena noche. Después, sin apenas despedirse, se subió a uno de los trenes que recogía reclutas para la guerra contra los Nazis. Katerina se quedó sin palabras para contestar. Sentía como sus piernas le fallaban. Se apoyó contra un muro de la casa para no caer en la espesa nieve. Justo cuando se disponía a irse, la anciana le dio una gargantilla dorada. Dijo que era de su hijo. Que pensaba dársela a alguien especial.
La familia, de antigua ascendencia Boyarda apropiadamente ocultada desde la caída del Zarismo, se había ganado la simpatía del Partido, mérito que se traducía en la suculenta responsabilidad que sobre sus hombros descansaba, la de administrar la producción colectiva de la zona. Poco había cambiado desde 1917. En mitad de una de las infernales noches de invierno con las que Rusia hostiga a sus compatriotas, mientras el gélido viento golpeaba las paredes de las casas y la nieve se amontonaba del otro lado de muros, ventanas y puertas, Dimitri deambulaba nervioso entre las ciegas sombras nocturnas. En su mano tenía una gargantilla de oro (o lo que los mercaderes le decían que era oro), que le había costado cerca de un año de su jornal. No había sido difícil conseguirla, siempre había alguien que tenía un amigo, un familiar o un conocido con mercancía de contrabando dispuesto a regatear. Pero ahora que ya la tenía en sus manos, Dimitri se preguntaba que hacer con ella. Hasta que la había conseguido no dudaba sobre lo que debía hacer con ella. Ahora surgían los titubeos. Las dudas. ¿Sería acaso demasiado? Katerina era de una familia de gran alcurnia, incluso tras la caída de los linajes, su familia era el espejo al que todo joven amante del Partido tenía que mirarse. El, un simple trabajador del campo. Hacía justo dos años que se habían besado por primera vez. Fue en una fiesta. La familia de Katerina ocasionalmente se dejaba ver junto a los trabajadores, en especial cuando llegaba algún enviado desde Moscú. Aquel día algo cambió dentro del corazón de Dimitri. El joven, nacido fruto de la necesidad de una mujer que era secreto a voces que se vendía entre los campesinos de todo Ufa, estigmatizado desde ates de venir al mundo, siempre se había caracterizado por ser amante de la soledad, por tener una mirada sombría incluso cuando estaba alegre. Por no creerse merecedor de alguien como Katerina.
Aquel beso forjó otro Dimitri. Uno que comenzó a creer que quizá el destino, al final, tuviera algo reservado para el. Que se sentía diferente, especial. Que se sentía feliz. Su madre, que por aquel entonces se había casado con un anciano viudo más en condición de criada que de esposa, no tardó en descubrir lo que su hijo en vano (y con cierta torpeza) trataba de ocultarle. Nunca le reprochó su arrojo, si bien tampoco dejó de ver lo que su hijo hacía con la joven Katerina como un mero interés. Desde entonces, se servían de cada recoveco, de cada instante de tiempo, de cada fiesta en la que el resto del pueblo estaba distraído, para encontrarse. Con cada retraso del otro sufrían mil muertes, con cada día en que no se veían apretaban de impaciencia dientes y uñas, con cada vez que a alguno le era imposible acudir a la cita padecían esos dolores que solo los corazones jóvenes son capaces de soportar y disfrutar.Unos días antes, y mientras trabajaba en una parcela, Dimitri escucho como un compañero de trabajo le decía a sus espaldas:
-Dimitri, jamás había imaginado que fueras un gran jinete. Dime ¿Como es montar a una yegua de primera clase? ¿Hay que domarla igual que a las demás?
El joven, enfurecido, se volvió contra su compañero para ver como un grupo se reía de la frase que acababa de escuchar. Sin pensarlo dos veces, le golpeó en plena cara iniciando una trifulca que solo cesaría con la mediación de sus superiores. Hacía días que los rumores se habían extendido como la pólvora. Burlas e insultos llovían sobre Dimitri de quienes creía sus amigos «De tal palo tal astilla», «Cuantos como Dimitri tienen una fortuna entre las piernas» y un sin fin más. Pero la mayor parte de las habladurías recaían sobre su madre, usando este episodio como pretexto para atacar a aquella sucia mujer. Muchos eran los que veían en la acción de Dimitri no solo una sucia artimaña, sino una vil traición a su clase, a sus raíces sociales, por acercarse a esa mujer pudiendo haber elegido a cualquier otra que fuera verdaderamente trabajadora.
Al día siguiente, ambos se vieron en una laguna oculta entre los arboles. El corazón de Dimitri palpitaba de manera incontenible en su pecho. Tras esperar tanto como le fue posible, le pregunto aquello que durante días le había estado rondando por la mente. Desde hacía semanas se rumoreaba que un importante miembro del Partido, el Comisario Camarada Belovzorov, se dirigiría al Ufa para tomar a Katerina como su esposa. Ella no supo engañarle. Un puesto en el «Politburo» de Moscú, aquella era una ocasión que su familia jamás podría dejar pasar. Ese día, Dimitri no le dió a Katerina la gargantilla. No se sintió capaz.
Uno tras otro, Sol tras Luna, pasaron los días. Una tarde de Jueves, mientras, Dimitri trabajaba, su superior le informó de que el Camarada Popov, director de aquel complejo, quería verle. Al entrar en la sala de reuniones del edificio principal, sin embargo, Dimitri solo se encontró una silueta menuda recortada sobre una gran ventana. A Katerina no le había sido difícil hacer que el encargado de la explotación actuase tal y como ella le ordenara, habida cuenta de su inminente apellido. Cuando reconoció su cara, Dimitrí se abalanzó sobre ella y ambos se besaron como si los dos corazones llevaran años sin verse. Unos instantes después, Katerina sacaba de entre los pliegues de su ropa un montón de papeles. Entre ellos se distinguían folios con algo escrito, un poco de dinero, un par de mapas y dos billetes de tren.
-He conseguido estos dos billetes. Podemos irnos de aquí mañana mismo. Sin que nadie lo sepa. Sin que nadie nos detenga. Nosotros dos, juntos.-
-Katerina, ¿pero que...?-
-Escucha. Ese hombre, ese Belovzorov, no quiero casarme con él. Yo, quiero vivir contigo. Esta es nuestra oportunidad. Nuestra oportunidad para amarnos asta la muerte.-
Dimitri la miró desconcertado. Los ojos, grandes y vivos, de Katerina, se clavaban sobre su mirada interrogándole, tratando de ver en sus adentros y rogándole que la salvara de su destino. La mano de Dimitri se paseó por los dorados cabellos de la joven. Sus dedos acariciaron el lóbulo de su oreja, su babilla y sus pálidos y ligeramente sonrosados carrillos. Sabía que aquello le encantaba. Sentía como apretaba su cara contra la palma de su mano mientras cerraba los ojos. Como le devolvía la caricia con sus dedos, finos y con uñas cuidadas, en su mentón, su barba y su cuello. Ambos se conocían demasiado bien. Sabían exactamente lo que el otro sentía.
Dimitri se imaginó, por un instante, solo un instante, a si mismo como el marido de esa mujer. Veía a los dos viviendo en una casa, paseando de la mano, criando a sus hijos, envejeciendo juntos. Disfrutó aquel sueño. Y luego se repitió a así mismo que aquello era todo lo cerca que nunca estaría de vivir aquella vida.
-Katerina. Esto ha llegado demasiado lejos. Ese tren, esa fuga. ¿Hablas en serio? Si quisiera vivir como un pobre vagabundo, me quedaría aqui. Almenos estaría a salvo de la ley. Escuchame, será mejor que te diviertas con tu marido cuando venga y te olvides de mi.-
Dimitri veía todas sus esperanzas esfumarse, sentía como la vida se le iba como la arena se va entre los dedos de una mano que se cierra. Pero huir de esa manera, obligando a Katerina a vivir una vida de miseria, escapando de la ley, hasta que todo terminara con una detención. No, jamás se perdonaría algo así. Katerina no merecía esa vida.
-No, por favor. No me abandones. No me dejes. No puedes. Quiero ser feliz, feliz contigo.-
-Escucha. Y escuchame bien porque solo lo repetiré una vez. Sin tu apellido, sin estas tierras que tienes, no me vales de nada-
Katerina rompió a llorar. Empujó a Dimitrí con violencia y avanzó hacia la puerta. En ese momento, Dimitri pudo haber dicho una infinidad de cosas. Podría haberle dicho que la amaba más que nada en el mundo, que no soportaría verla marchar, o que prefería morir a dejar de amarla, pero no dijo nada. Quería a Katerina más que a si mismo, Adoraba a aquella mujer que ahora le odiaba, que lloraba por su culpa. Y precisamente por eso, porque la amaba demasiado, tenía que herirla, tenía que hacerla sufrir. Tenía que dejar que se fuera. Antes de abandonar la habitación, Katerina se volvió. Le miró durante unos instantes. En total silencio. Y se fue.
Aquella noche, Dimitri pensó en Katerina. Pensó en aquel hombre, aquel Belovzoroz besando sus labios, apretando con sus manos el delicado cuerpo de la joven, jadeando como un perro sobre ella, manchando con su sudor la piel que él había acariciado y besado mil veces, y que otras mil lo haría si pudiera. Se imaginó a los recién casados paseando entre la gente, celebrando una fiesta por su matrimonio. A katerina buscándole con una mirada oscura y vacía. No pudo contener su furia. Golpeó con todas sus fuerzas una pared. Una vez. Otra. Otra. Otra. Otra. Hasta que la rompió. Y callo de rodillas, con sus nudillos ensangrentados. Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, rompió a llorar.
El ajetreo de los preparativos para la boda era incesante. Katerina apenas pudo encontrar un rato para escapar del bullicio para encaminarse hacia la aldea. Deambuló entre las modestas cabañas y casas desvencijadas hasta llegar a la de Dimitri. Sentía un nudo en el estomago. Quería hablar con él. Con el hombre que la había traicionado. Solo una vez más. Solo quería despedirse de él. Solo verle por última vez. Solo poder conservar un último recuerdo feliz de su amor. Llamó a la puerta. Nadie abrió. Solo tras insistir apareció la madre de Dimitri del otro lado de la hoja. Tenía la cara ajada y distante, con los ojos enrojecidos por el llanto. Katerina le preguntó por Dimitri. la mujer contestó que no sabía nada de él desde que se había ido. Un día, al volver de trabajar, golpeó hasta romper una pared de madera en plena noche. Después, sin apenas despedirse, se subió a uno de los trenes que recogía reclutas para la guerra contra los Nazis. Katerina se quedó sin palabras para contestar. Sentía como sus piernas le fallaban. Se apoyó contra un muro de la casa para no caer en la espesa nieve. Justo cuando se disponía a irse, la anciana le dio una gargantilla dorada. Dijo que era de su hijo. Que pensaba dársela a alguien especial.
lunes, 7 de marzo de 2011
Tres días de amor (Segunda parte)
El pequeño hotel estaba abarrotado por una infinidad de ruidos. No era de extrañar, siendo, como era, pleno Verano, o lo que sea que se pudiera llamar Verano, en Leningrado. Durante aquel Agosto de 1960 estudiantes de todo el Báltico habían sido enviados a la gran urbe soviética con la intención de agudizar sus conocimientos. Pero pocos eran los conocimientos que estos parecían haber adquirido, salvo aprender a disfrutar del mejor Vodka del lugar. Los cánticos, los ruidos, las conversaciones a gritos, e infinidad de otras cosas que allí se producían apenas podían ocultarse tras las roídas puertas de madera y los cristales recubiertos por cicatrices, saliendo desbocados hacia la modesta calle que cruzaba ante las puertas del hotel. Entre las desiertas calles, que aun con un rumor de voces en la lejanía no perdían su silencio nocturno, Katerina avanzaba taconeando sobre el pavimento con unos magníficos zapatos italianos que los contactos de su marido habían traído desde el otro lado de la frontera. Precisamente era a él a quien aguardaba. Ser la esposa del comisario de relaciones comerciales del C.O.M.E.C.O.M. suponía, además de una larga lista de secretos privilegios, alguna incomodidad, como eran, por ejemplo, los incómodos viajes que resultaban inherentes a tal cargo. Más de una vez había imaginado con cierta envidia el disfrutar de otra clase de vida, de ser la esposa de un hombre corriente. Las yemas de sus dedos acariciaron la gargantilla que se abrazaba a su cuello. Sus ojos miraron al vacío.
Aquel era el hotel donde Katerina tenía que esperar a su marido. Belovzorov llegaría al día siguiente y juntos volverían a Moscú. Apenas hacía un año que ostentaba el recién creado cargo, más aquellos apresurados y largos viajes ya eran costumbre. A Katerina le hubiera gustado conocer las actividades, las reuniones de Belovzorov. Siempre se mostraba interesada en esos asuntos y siempre obtenía igual respuesta, ver como Belovzorov, de manera más o menos delicada, la apartaba de ellos. Algunas veces, tras los viajes más largos, notaba en la chaqueta de su marido un perfume desconocido, un olor diferente. Nunca le preguntaba por ello. Era algo que quería no saber. Siempre que volvía la trataba como a su esposa. Como un hombre ha de tratar a su mujer. Para ella, era suficiente. No le importaba lo demás. Además, ya había cumplido los cuarenta, demasiada edad. Siempre pensaba lo mismo cuando se cruzaba con alguna mujer más joven. Más hermosa. Quizá ella fuera joven alguna vez. Años atrás. Quizá amara, de verdad. Y fuera amada. Alguna vez. Años atrás.
Sus manos corrieron las endebles hojas de las puertas del hotel mientras los más zánganos de los jóvenes permanecían todavía en el gran salón del hotel, apurando los culos de las botellas mientras sus enrrogecidas caras se quedaban dormidas sobre los butacones. El salón principal no era de proporciones modestas, si bien solo en algunos tramos conservaban las paredes un papel decorativo del que hacía ya años que se habían ido los colores y dibujos. El resto de las paredes de la estancia no estaban, ni con mucho desnudas, sino recubiertas por cada rincón de grasa de las cocinas y gruesos trazos de pintura que no hacían sino evidenciar los desconchados que pretendían ocultar. La visión de aquel lugar asqueó a Katerina. Pero aquello era lo único que se podía encontrar. Pensó que, por lo menos, dispondrían de habitaciones. Si no, al fin y al cabo, siempre se podría echar a un par de aquellos mocosos y ruidosos jovenzuelos, máxime para saciar las necesidades de la esposa de un hombre como Belovzorov. Al otro lado del salón, un hombre de semejante edad, con un porte encorvado y sombrío, apuraba su vaso de Vodka. Dimitri dejaba caer por sus labios y su garganta el áspero líquido mientras contemplaba la pared, la mesa, las sillas, las lámparas, la cara de Kjrusev estampada en el retrato, el rostro apático del camarero, la ventana medio rota por la que se colaba el viento de fuera y los ladridos de un perro callejero. Dejaba correr las horas de un día, de una vida que parecía que no se terminaba nunca. De repente, sus ojos tropezaron con la mirada de Katerina. Solo un instante, un segundo. Aquel rostro de mujer, que había dejado de ser joven pero no de ser bello, se paralizó al reconocerle. Si. Era ella. Dimitri se sobresaltó, dejando caer al suelo su vaso de Vodka que se deshizo en mil pedazos inundando con su contenido todo el suelo del salón. No había duda. Uno de los encargados la llevó escaleras arriba. Y desapareció tras una puerta. Las manos de Dimitri sudaban. Era ella, si. Y le había reconocido. Sin duda. ¿Y ahora que? A sus espaldas, un ruido se alzó. El estrépito del vaso rompiéndose había despertado a uno de los ebrios estudiantes.
Katerina daba vueltas en su habitación. Sus frenéticos pensamientos solo eran interrumpidos por el chirriar de las tarimas a sus pies. Jamás había imaginado volver a ver aquella cara. Ya la había olvidado. Después de años, había podido dejarla atrás. Sus manos temblaban. ¿Tenía que permanecer allí? ¿Tenía que buscarle? Por primera vez en muchos años no dudaba entre hacer lo correcto, lo legal, o lo que prohibían las leyes. Eso no le importaba. Dudaba por no saber lo que realmente deseaba. Una vez, en su juventud, había deseado sobre todas las cosas estar junto a Dimitrí. Pero aquello había sido en su juventud. Ahora era otra mujer, otra Katerina. Y lo era por culpa de aquel maldito Dimitri. Ojala no le quisiera, deseaba no sentir nada por el como nunca antes había deseado otra cosa. Deseaba no amar a alguien que la había hecho llorar.
Mientras todas estas tribulaciones rondaban por su cabeza, escucho como tres golpes, firmes y secos, retumbaban al otro lado de la puerta. Permaneció en silencio unos segundos. Puede que solo fuera un trabajador del Hotel, o alguno de aquellos jóvenes borrachos. Pero, nuevamente, aquellos nudillos se estamparon contra la madera de la puerta. Katerina se acercó. Trató de escuchar su voz desde el otro lado de la puerta. Era él.
-Katerina. Hola. Me pareciste tu cuando te vi abajo. Creí que ya nunca volvería a verte. Si quieres, puedo invitarte a tomar un Vodka. Deberíamos hablar.-
La mujer no contestó. Trataba de mantener el silencio. Su respiración temblaba y su corazón se agitaba.
-Se que estás enfadada. Lamento haberte decepcionado. De veras, ojalá lo hubiera hecho. No pasa un día sin que me arrepienta de no haberlo hecho. Pero...-
Las palabras que sonaban desde el otro lado de la puerta parecieron titubear. Luego se transformaron en unos pasos que se fueron por el estrecho pasillo. Luego silencio. Katerina sentía como una lágrima recorría su mejilla. Acercó su oído a la puerta. Nada sonaba al otro lado. Vacilando, dio unos pasos hacia la cama. Pensó que lo mejor sería tratar de dormir. y, en efecto, habría sido lo mejor. Tan rápido como sus piernas pudieron, cruzó su habitación y salió al pasillo, totalmente vacío. Corrió escaleras abajo, al piso inferior. Unos ruidos de una cerradura que se resistía a dejarse abrir la guiaron. Vió a Dimitri. Corrió hacia él. Se fundieron en un abrazo.
La habitación de Dimitri era pequeña, fría y ruidosa. Las cocinas estaban justo debajo y el bullicio era incesante. La ventana, roída por las termitas, no impedía al viento colarse dentro de la estancia, la luz iba y venía constantemente, las sabanas estaban raídas y el colchón era incómodo. Pero nada de esto le importaba a Katerina. Sentía como los labios de Dimitri recorrían cada centímetro de su piel, como volvía a sentir las mismas cosquillas. Pasaron las horas mientras se buscaban entre las sabanas, mientras compartían el mismo calor. Mientras se besaban, mientras se miraban, cara a cara, en silencio. Solo mirándose, a los ojos, como si ya no quisieran volver a ver otra cosa en el resto de sus vidas. Las horas pasaban. Mientras la Luna les contemplaba, la mano de Dimitri acarició el cuello de katerina hasta tropezar con la gargantilla de oro.
-Me suena de algo- Dijo entre susurro.
Katerina se sonrió. De dijo que al final llegó a sus manos. Que su madre se lo había dado cuando él ya se había ido.
-¿Y que se supone que hace alguien como tu en este hotel, turismo?
-Más o menos. La redacción del Praztda me ha citado aquí para mañana. Quieren entrevistarme. Al parecer soy un héroe de la guerra. Han tardado dieciséis años en darse cuenta pero al menos me lo agradecen- Dijo con cierto tono de sorna. -No se si será por lo que dicen que está pasando en Berlín, pero últimamente están saliendo héroes hasta de debajo de las piedras-
Las dos voces hicieron una silencio que Dimitrí rompió unos instantes después.
-Me alegra que lo conserves-
-Por que no lo haría. Es mío, al fin y al cabo.-
-Creo que estaba equivocado. Ya sabes. Aquella vez, cuando teníamos veinte años. Debería haberlo hecho. Deberíamos haber subido a ese tren. Fui un idiota.-
katerina volvió su mirada hacia el infinito.
-Sabes una cosa. Cuando estaba en la guerra, me acordaba de ti todos los días. Cuando estaba en el frente y me disparaban, cuando estaba en la enfermería, entre la vida y la muerte, cuando en pleno invierno se me congelaban las manos o teníamos que avanzar entre la nieve. Nunca dejaba de pensar en ti. Pensaba que, no sé, puede que en cuanto volviera a casa te encontrara. Fui a buscarte, pero me dijeron que ahora vivías en Moscú. Me mudé allí. Constantemente tenía la esperanza de encontrarte en cada esquina, en cada calle que cruzaba. Algunas veces me pasaba al día recorriendo las calles, pasando por las plazas más concurridas. Buscándote. Cada vez que salía de casa tenía la esperanza de que nos cruzásemos por casualidad. Pero un día dejé de hacerlo. Simplemente. Me desperté y todas las esperanzas de encontrarte solo... se habían ido.
Katerina se incorporó. Le miró a los ojos. Notaba como, con las últimas palabras, la voz de Dimitri había titubeado.
-¿Ya está? ¿Eso es lo que tienes que decirme? Todos estos años. Cada uno de los días que han pasado desde que nos vimos por última vez he querido preguntarte lo mismo. ¿Por que me dijiste que no? ¿Por que no viniste con migo? ¿Por que me dejaste sola? Te quería, y te quiero.-
-Tenía miedo. No sabía que hacer. Me equivoqué-
-Te equivocaste.- Katerina no pudo contener las lágrimas.- Te estuve esperando. Sabía que estabas lejos, pero te esperé como una idiota hasta la mañana del día de la boda. Me he pasado toda la vida pensando en ti. No sabía si estabas vivo, muerto, si vivías en Moscú o con tus padres...-
-¡Pues vallamonos! Ahora. Tengo algo de dinero. Vallamos a Berlín. Puede que incluso podamos sobornar a algún guarda para que nos deje pasar a Occidente. Viviremos una nueva vida. La que debíamos haber vivido hace años. Ahora no tengo miedo. Hagamoslo.-
Katerina, sin responder, se levanto de la cama y corrió hasta la puerta mientras sus manos aprehendían, salvajes la ropa que se esparcía por la habitación. Dimitrí trató de seguirla. La sujetó en el momento propicio para impedir que saliera corriendo desnuda por el pasillo del hotel. En su mirada se mezclaban dolor, ira y llanto. Ella trataba de no mirarle. caminó con lentitud y se vistió en silencio.
-Debería irme ya a mi habitación. Estar en una habitación con un hombre que no es mi marido esta prohibido, máxime siendo la esposa del Camarada Belovzorov, te traería problemas si no ne marcho ya.-
Dimitri la miraba en silencio. Apenas podía contemplar como se vestía, como se preparaba para desaparecer otra vez de su vida. Ella se quitó de su cuello la gargantilla dorada por primera vez desde hacía más de quince años. La puso sobre la mesa.
-Puedes quedártela. Ahora te pertenece-
-Katerina, ¿Que significa esto?- Dijo Dimitri acercándose. - Por que no la quieres.
-La he conservado. La he estado mirando durante años. Nos he imaginado, juntos. Amándonos. Siendo felices. Era feliz cuando la contemplaba. Quería, quiero ser feliz contigo. Si ahora nos vamos, si escapamos, ocultándonos de todos hasta que nos encuentren y nos separen. Si emperezamos a vernos en secreto, esperando el día en que alguien nos descubra y seas ejecutado por mi culpa. No quiero vivir esa vida. Pudimos ser felices, pero lo dejaste pasar. No quiero recordarte más, no quiero sufrir más por ti. Porque si lo sigo haciendo, si continuo mirando esta gargantilla cada noche, terminaré volviéndome loca o llevándote ante un pelotón de fusilamiento. Y si no puedo tener una vida contigo, una vida feliz, almenos quiero poder conservar un buen recuerdo.-
Las lágrimas corrían por la cara de Katerina. Su garganta apenas dejaba pasar el aire. Mientras se dirigía a la puerta, mientras dejaba aquella habitación atrás, Dimitrí le habló por última vez en su vida.
-Sabes esos hombres que se levantan por la mañana y piensan en esa mujer que dejaron escapar. En las vidas que pudieron vivir. Que lloran cuando nadie les ve, que cuando caminan no salen a donde ir y que tratan de escapar de sus recuerdos bebiendo. Yo soy uno e esos hombres.-
Cuando hubo terminado, la puerta se cerró bruscamente.
A la mañana siguiente, el Camarada Belovzorov llegó al hotel rodeado por una corte de unos diez secretarios, asesores, ayudantes, etc., que se mezclaron con el grupo de estudiantes que trataba en vano de escapar de la vil y dolorosa luz diurna. Katerina no tardó en aparecer en el salón para acompañar a su marido. Cuando la pareja abandonaba el salón del hotel, Belovzorov reparó en un individuo que se hallaba sentado en un apartado butacón. Se encaminó hacia él mientras pedía a su esposa que le acompañara. Al llegar al lugar, se encontró nada menos que con Dimitri Petrov, el importante héroe de guerra. Belovzorov de estrechó la mano y de modo afable de informó de que últimamente se hablaba de él bastante en Moscú, así como de tantos otros héroes de la guerra contra la Alemania de Hitler. Dimitri no dudó en corresponder a los cumplidos de tan estimable camarada. Tras esto, Belovzorov le presentó a su esposa, Katerina. Dimitri dio a la mano que aquella mujer un frió beso que apenas rozó su piel. Se miraron a los ojos unos instantes. Luego, Belovzorov y su esposa se fueron del hotel. El comenzó a contarle lo sucedido en el viaje mientras ella, sin escuchar, miraba hacia el infinito. Dimitrí siguió con la mirada a la pareja hasta mucho después de que el coche oficial en el que se habían ido hubiera desaparecido aplastado por el horizonte.
lunes, 28 de febrero de 2011
Tres días de amor (Primera parte)
Esta no es la historia de un hombre. Ni tampoco la de una mujer. No es la historia de Dimitri, ni de Katerina, no es su historia. Esta es la historia de tres días, de tres momentos perdidos en el tiempo que decidieron tenerlos a ellos dos como protagonistas. Quizá tras leer estas lineas pueda ser comprensible como una vida entera se puede condensar en tres amaneceres y otras tantas lunas llenas, puede que tras comprender la historia de estos tres días podamos alcanzar a descubrir como un hombre y una mujer nacieron, crecieron y murieron en 72 horas.
El primero (o el último) de estos días fue el 21 de Noviembre de 1993. Una de las más imponentes iglesias del centro de Moscú celebraba un vistoso funeral. Ante las puertas, el apiñado grupo de portadores de relucientes trajes y vestidos insinuaba la alcurnia de la fallecida. Entre los socorridos soportales del grisáceo edificio, abarrotados por abrigos, pantalones, chaquetas, jerséis, camisas y bufandas que trataban de protegerse de la lluvia, se abría paso como podía un joven de mirada caída, tez clara coronada por muy poco pelo y esa expresión de indescriptible fugacidad que caracteriza a todos los rusos. Tras hacer chirriar los goznes de las plomizas puertas, estas se abrieron para dejar salir de su oscuro interior un intenso aroma de incienso y madera que rápidamente se vio acompañado por la entrada del húmedo gentío. Una hora después, el sacerdote ya finalizaba su labor, dejando a los allí presentes a solas con el dolor de la pérdida. Así, mientras en la sala anexa era expuesto el cadáver de la fenecida, los asistentes abarrotaban el lugar conformando impermeables corrillos en los que animosamente se despachaban temas diversos. En ocasiones alguno de los asistentes acudía al velorio con la intención de dar su más sentido pésame al viudo, o a los hijos, o a quien quisiera Dios que hubiera dejado aquella mujer, lamentando el tener por ello que haber pospuesto una charla tan interesante. Coronando el grupo se encontraba Belovzorov, el hombre que hacía unos días había dejado de ser para siempre el marido de la anciana fallecida. Se reconocía en el rojo de sus ojos la presencia de lágrimas traicioneras y saladas. El pobre anciano permanecía apartado, rodeado por la soledad del dolor mientras un mar de voces se desataba a sus espaldas. Es así que necesitó un tiempo para reparar en la presencia de un hombre a su lado. De edad similar a la suya, mostraba un aspecto corrido por los años, poblado por infinitos surcos y canas. Los ojos, pequeños y casi horadados en la propia cara, estaban clavados en el ataúd. Los dos hombres, apartados del resto del mundo, no cruzaron palabra. Belovzorov le recordaba como se recuerda un rostro visto en un sueño, como si lo hubiera visto tras la niebla de los años. Como si hubieran compartido un pequeño instante de sus vidas tiempo atrás. Pero le fue imposible reconocerle. Se olvidaría por siempre de él cuando saliera del templo.
Mientras serpientes humanas atravesaban las puertas de la iglesia, el anciano que nadie parecía conocer permanecía allí, sentado ante el ataúd, en mitad de la oscuridad de la inminente noche. Un ejercito de ecos se arremolinaba a su alrededor, de sonidos descifrables que no parecían perturbarle en absoluto. El olor de humedad e incienso que impregnaba el aire ya casi se había desvanecido. Tan rápido como su vetusto cuerpo le permitía, Dimitri se incorporó para cercarse al cuerpo. Mientras sus manos temblaban, dejó caer sobre la mujer una pequeña gargantilla dorada que rápidamente se deslizó por entre los pliegues del vestido. Dimitri se dio la vuelta. Quería irse. Pero no podía, no se atrevía. No podía hacer simplemente eso. Dejarla atrás. Otra vez. Katerina.
Se volvió, se dejó caer sobre el ataúd. Estaba agotado, quería poder hablar con ella, una vez más, solo un día más. Quería besarla otra vez, como aquella vez, perdida años atrás. Quería llorar. Pero no sabía. El aire le quemaba las entrañas desde dentro.
-Lo siento. Perdoname.-
Trató de decir algo más, pero no pudo. Se ahogaba mientras hablaba. Las palabras, los recuerdos, el dolor, todo se agolpaba ahora en su boca, a punto de explotar. Trató de incorporarse. Apenas pudo. Se dio la vuelta. Con minúsculos pasos trataba de dirigirse hacia la puerta. Se sentía caer. Ya ante el vacío de la puerta volvió su mirada para pronunciar algo.
-Ojalá me hubiera atrevido. Ojalá hubiéramos ido. Juntos. Te quiero.-
Solo dijo eso. Y desapareció devorado por la oscuridad de un interminable pasillo solitario. La figura de Dimitrí, en plena calle, en mitad de la lluvia, perdida, deambulando sin rumbo, sola. Veía, en la lejanía, las luces de la ciudad. Imaginó otras luces, otra ciudad. Perdida en el pasado. Jamás aprendería a olvidar. No podría. Se preguntó si en el lecho de muerte, mientras su cuerpo espiraba, Katerina habría pensado en él, si habría recordado aquellos días que solo fueron suyos. Si, mientras su vida desaparecía, habría tratado de ver su cara, sus ojos. Y Dimitri, bajo la lluvia, solo supo llorar.
jueves, 24 de febrero de 2011
miércoles, 16 de febrero de 2011
martes, 15 de febrero de 2011
Avioncitos.
viernes, 4 de febrero de 2011
El artista.
Tres veces en toda nuestra vida nos cruzamos Gillermo Bermejo y yo. Nunca llegamos a intercambiar palabra. Solo una vez nos miramos a los ojos. Murió sin conocer mi nombre. No hay, sin embargo, otras dos pesonas en el mundo que hayan tenido un vinculo mayor.
Todo comenzó hace ya tanto tiempo que no merece la pena recordarlo. Era por aquel entonces un simple muchacho, con demasiadas metas y ambiciones en la vida como para seguir un camino. Una mañana como otra cualquiera acababa de desallunar y dejaba pasar las pesadas horas deambulando entre edificios que menospreciaba, en las cercanías de la facultad de Bellas Artes cuando el azar hizo cruzarse conmigo a una mujer. Aunque mentiría si negase que era bastante atractiva, sería otro error no decir que yo no era la clase de joven que se dejaba guiar por los meros impulsos. No sabría explicar la razón por la que me decidí a caminar sobre sus pasos ni lo que esperaba obtener a ciencia cierta siguiendolos. Solamente caminaba, sin pensar ni bacilar, hasta que llegamos a un edificio que parecía algo más antiguio que el resto. Había un grupo no muy reducido de personas a la entrada de aquella marmorea y gris edificación, enmascarada por cientos de trepadoras que escalaban por las petreas paredes. La razón de aquella concurrencia había que buscarla en la celebración por parte de algunos de los estudiantes de una exibición de sus capacidades. Nunnca hubo razón para que yo estubiera alli, ni tampoco para que entrase, y sin embargo no pude resistir la tentación de hacerlo, igual que no pude contener el impulso de seguir a aquella mujer a la que jamás he vuelto a ver.
Desde un incomodo asiento podía apreciar como, uno tras otro, aparecian un montón de jovenes que daban rienda suelta a sus pretensiones, pero de entre todos mi memoria solamente reseñó a uno. Entre el oscuro silencio del anfiteatro subió a una tarima en la que no había más colocado que un lienzo totalmente blanco. Colocó ante si unos tarros rebosantes de pintura. Primero con pinceles finos comenzó a dibujar. Siluetas de cuantos colores puedan imaginarse, sombras que parecían salidas de una alucinación y que desde el otro lado del cuadro parecían querer mirarnos. Aquel pundo blanco perdido entre la oscuridad era demasiado fuerte, demasiado poderoso, por alguna razón era imposible separar la mirada. Luegó paso a utilizar pinceles mucho más gruesos. Ya no medía los trazos ni las mezclas, ahora solo se dejaba llevar. Parecía dominado, poseido. Se podía escuchar nítidamente como los pinceles chocaban con la tela, como los pigmentos se estremecían contra las fibras. Tras esto, arrojó los pinceles y pasó a dibujar con sus propias manos. Lanzaba la pintura, la esparcía. Sus dedos eran los que creaban, no necesitaban de intermediarios. Usaba todo su cuerpo para manejar la masa, amorfa, mounstruosa. Se lanzaba contra el lienzo, lo cubría con su piel. Era imposible diferenciar uno de otro. Dos cuerpos, solo dos cuerpos había en aquel lugar, unidos por la misma naturaleza, por el mismo objetivo, por el mismo destino, aquel lienzo y aquel hombre, que parecía arrancado del mundo que había surgido de su mente. Finalmente, aquello no fué suficiente. Así, el hombre arremetió contra su obra. La rompió, la golpeó, al rasgó, la quebró. Por todo el anfiteatro volaron los vestigios de aquello que había sido un cuadro momentos antes. Solo había ahora un hombre, impregnado por la pintura, postrado de rodillas como un angel caido o un soldado herido. En el suelo clavado, respirando con toda la fuerza, mirando al infinito que había dibujado en las manchas de su piel. Solo el silencio más sepulcral clamó en aquel lugar. Nadie habló, si susurró ni aplaudió hasta varios minutos después de finalizada la escena. Solamente acuchilló el silencio gélido una palabra, brotada de los labios del artista. :-"Presentación"- Dijo. Eso y nada más.
Nadie supo encontrar una explicación clara para lo que acababan de ver y oir. Nadie supo imaginar lo que podía habitar dentro de la mente de aquel hombre. Intranquilo, quise achacarlo a las meras ansias de aquel artista por impactar, a su necesidad de destacar y generar una indeleble impresión entre todos los que le contemplabamos.
Pararon horas, días, semanas, meses y años. Quise olvidarme de lo alli visto y finalmente lo logré. Comenzé y termine con cierto éxito estudios superiores. Empecé a trabajar y fundé mi propia familia. Aquellas ansias de cambiar el mundo, aquellos esteriles sueños de ser alguien diferente a lo que el mundo tenía preparado para mi, y que me habían llevado a presenciar el más grotesco espectáculo se difuminaron en la memoria junto con el recuerdo de aquel hombre. Solo en ciertas ocasiones, cuando el ruido de una vida cotidiana se disipaba y mi mente quedaba en quietud podía escuchar aquela voz, gutural y llena de ira :-Presentación-. Solo cuando no tenía ningún sitio al que mirar me peseguia la oscuridad de aquel anfiteatro, la visión de aquel lienzo destruido, solo cuando no había nada ese recuerdo lo dominaba todo.
Acababa de celebrar mi cuadragésimo cumpleaños. Era un día gris y bastante lluvioso, parecía que el agua eliminaría cualquier traza de recuerdo de una tarde que parecía gemela de otras tantas destinadas al olvido, pero no fue aquel un día que pueda llegar a olvidar algún día. Azares que no vienen al caso habían puesto en mis manos un pase para la actuación, en una biblioteca molestamente lejana, de un artista, un tal Gillermo Bermejo. Recuerdo con un sabor de agria nostalgia que aquella fue una de las últimas veces que salí con aquella mujer con la que solía engañar a mi mujer. Asistí, más para dar esquinazo a la rutina que porque esperase gran cosa del evento. Mientras esperaba junto a un amplio grupo de personas que me recordaba amargamente lo similar que era al resto del mundo saltó sobre mi una incontenible impresión. De entre todos los alli presentes salió un individuo, un hombre que ya creía olvidado. Aquel hombre que había destruido su propia obra ante mis ojos años atrás. Su mirada había envegecido, se había curtido, parecía sufrir. Se colocó ante el gentío y solo pronunció una palabra :-"Nudo". La gente se miraba entre si con total extrañeza. Solo yo podía intuir lo que pasaría, solo yo experimentaba ese setimiento de absoluta impotencia, solo era mi corazón el que se aceleraba y mis piernas las que temblaban, el que presentía lo inminente. Hubiese sido absurdo tratar de advertir a los asistentes de lo que iban a ver, ni yo mismo sabía a ciencia cierta el orien de mi temor. Tras un largo lapso de silencio, Gillermo Bermejo se sacó un mechero y lo lanzo contra una de las estanterías. El polvorín de páginas alli recopiladas comenzó a arder mientras la gente huia despavorida. Solo yo permanecí. Solo yo pude ver como los servicios de seguridad se lo llevaban. No oponía resistencia. No había resignación en sus ojos. Solo miraba las llamas que inutilmente trataban de ser sofocadas. Sus pupilas se nimetizaban con el reflejo del fuego, los dos hacían uno. Varios dias duró el eco periodistico de aquella acción, catalogada desde lo obsceno y bandálico hasta lo vanguardista. Trate de seguir las peripecias legales de aquel hombre. Fue condenado a un año de prisión que se conmutó por el pago de una elevada multa. Nunca más supe de él. Me dediqué a buscarle en todas las exposiciones de arte, convenciones, universidades... Nada. No hera capaz de encontrarle. Todas las noches me oprimía el mismo recuerdo, el recuerdo del lienzo destrozado, el recuerdo de los libros ardiendo, aquella mirada eternamente perdida y, sobre todo, aquellas palabras, separadas por veinte años de distancia "Presentación" "Nudo". Ahora tenía algo parecido a un sentido. Cada día me sorprendía aguardando el "Desenlace" ¿Que final podía tener aquello? No podía morir sin saberlo. Aquellas dos palabras fueron los cimientos de mi obsesión. Otra vez pasó el tiempo. Esta vez no trajeron olvido, sino resignación forzosa. Unos amigos llegaron, otros se fueron. Años, meses, semanas, días y horas se sucedieron. El divorció me resultó menos traumatico de lo que esperaba. Ahora creo descubrir que qizás cometí el error de no ser un buen marido. La vegez enseña a admitir las cuestiones de la vida tal y como son, sin tener que añadir inutiles apellidos como "bueno" o "malo". Por desgracia, eso es algo que se aprende demasiado tarde. Temía ya no volver a encontrarme con un "Desenlace". Cada día que pasaba sin noticias de Guillermo Bermejo suponía una nueva razón para temer que jamás llegaría a ver culminada aquella compleja obra que había comenzado años atrás. Un día, repentinamente, estaba mareando un café mientras esperaba a que aterrizase el avion en el que regresaba la hija de mi segunda mujer cuando leí en el periodico algo que me atrapó "...y el polémico artista Guillermo Bermejo dará una charla hoy en el museo..." ¿Era aquello posible? No hubo tiempo para dudas. En aquel museo estaba a la hora señalada por el diario.
Y ante nosotros, Gillermo Bermejo. Veinticinco años envegecido desde la última vez. Al verle no pude evitar que un escalofrío galopase por mi espalda. Aquel hombre, otrora joven, estaba reducido a canas y piel arrugada. Pude ver en su vejed la firma que en mi mismo habría dejado el paso del tiempo. El y yo habíamos caminado con similares pasos. Casi toda mi vida había sido la persecución de aquel artista y su obra. No sabía que me impulsaba, que me orpimia el pecho cuando trataba de desistir, cual era el nacimiento de aquella obsesión, de aquella necesidad. Pero fuere lo que fuere, en ese lugar, en ese momento tendría que terminar.
Los espectadores estabamos en silencio. Mi mente me hizo palpar una ferrea tensión. Los sudores frios empapaban mi ropa. Mi respiración entrecortada parecía predecir lo que se avecinaba. Creia notar el olor de algún tipo de sustancia, un aspero regusto a gasolina. Lo achaqué a mi estado de tensión. Guillermo Bermejo, tras unos minutos de total silencio gritó :-¡Desenlace!. Dicho esto, solo hizo otra cosa antes de morir. Un instante antes, mi mirada y la suya se cruzaron. Le comprendí, comprendí su alma y su obra. Todo era destrucción. La destrucción de su propia obra primero, de su obra y de si mismo, la destrucción de su alma, ese era el primer paso. Veinte años después quemó el resto del mundo. No ardieron solo unos libros, sino sus escritores y lectores, los mundos que describía los lenguajes que tegían. Todo cuanto representaban, el mundo entero, se consumía en llamas. Ya solo quedaba un único paso. Nuestros ojos mantubieron la mirada. No se si me reconoció, solo se lo que vi en sus ojos, no resignación, no derrota, no temor, solo el deseo de culminar el trabajo de su vida. En aquel momento estaba demasiado aturdido para pensar, ahora creo que en mi mirada iba un sentimiento de aprobación, de comprensión y casi de amistad. Por eso permanecí tranquilo y sentado mientras el resto de la gente corría para infructuosamente evitar que la cerilla que raudo encendió llegase a tocar su ropa, impregnada en gasolina. Aquel era el desenlace. La destrucción absoluta. La destrucción de la propia destrucción, la mera y simple destrución, primaria, elemental, la destrucción que hace brotar los instintos, la destrucción de una vida. De su propia vida. No se pudo hacer nada por el. Creo que, aunque los medicos le hubiesen podido salvar, no habría sido lo correcto.
Habrian estropeado su gran obra. Obra que había durado cuarentaicinco años, y de la cual yo había sido el único espectador, el único que jamás podría llegar a entenderla. Había alcanzado aquello que en secreto todo artista anhela, su vida, su muerte y su obra eran todo uno. Ahora la imagen de aquel hombre me acompaña, día y noche se manifiesta, infatigable, cuando cierro los ojos. Ya no la temo, ni trato de olvidar. Solo la miro con compasión, compasión por la parte de mi vida que se consumió con la de Guillermo Bermejo.
viernes, 28 de enero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
jueves, 13 de enero de 2011
Niebla
Ayer miré hacia mañana
y vi niebla.
Que avanzaba. Que devoraba
y me hacía caer
y me hacía tiritar
En el frío que nace en el pecho
cuando se congela desde dentro.
Y tengo miedo. Tengo miedo.
Hace hoy años que lo sentí
ahora, igual, sigue en el mismo sitio
Temo a la niebla cegadora,
a la niebla movediza
La temo, porque detrás de ella no hay ya nada
Un desgarro, un alma solitaria y un vacío.
Temo a mi propia niebla.
Temo.
lunes, 3 de enero de 2011
sábado, 1 de enero de 2011
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