¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir. Confucio
lunes, 20 de junio de 2011
jueves, 16 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
5 de Noviembre.
Alguna vez a lo largo de su vida había creído escuchar Antonio Gardél en un poema algo así como que el éxito y el fracaso eran dos impostores. Sin lugar a dudas, pensaba él, aquel que hubiese escrito aquello no había conocido a Vicente Asenjo. En todos los años en los que había estado trabajando como administrador en «Tu TV» no había conocido un hombre siquera parecido a aquel que ostentaba ahora el cargo de presidente. A decir verdad, veinticinco años siendo el segundo de abordo con muchos capitanes distintos le habían enseñado una importante lección, como saber mantenerse a flote mientras el resto del barco podía hundirse. Siempre tratando de no destacar, de no ser una cabeza visible, aquella era la posición más segura. Pero durante todo aquel tiempo había tenido demasiados jefes como para poder calarlos a la primera. El paso de los años había amoldado aquel puesto para un tipo de persona muy concreta. El común individuo medianamente acaudalado y con nulos conocimientos acerca del mundo de la televisión. Personaje de limitadas cualidades más allá de esa nunca desdeñable de caerle bien a la gente adecuada y, sobre todo, con una ambición limitada al deseo de llenarse los bolsillos mientras la gallina siguiese dando huevos para escapar en el momento propicio. Buena parte de la historia de la empresa podría resumirse citando las veces en las que se llegaba a tratos con cadenas más importantes, o se recurría a subvenciones estatales que se diluían en un mar de bolsillos abiertos. Lo realmente importante es que aquello a nadie parecía importarle lo más mínimo. Al fin y al cabo ¿Que iba mal? Se ganaba mucho dinero allí dentro y parecía una fuente inagotable. Pero aquellos eran los viejos tiempos, los cada día más viejos tiempos...
Todavía podía recordar Antonio aquel día, tan caluroso como otro cualquiera en el viejo edificio de la empresa, y en el que la actividad cotidiana no parecía presagiar nada de lo que se avecinaba. Vicente Asenjo se presentó a primera hora de la mañana en la sección de oficinas. Al parecer venía para cubrir una reciente jubilación, un puesto no demasiado importante pero que requería de alguien competente. Vicente cubría sobradamente la demanda, pues venía acompañado por un imponente nivel de estudios y títulos educativos. Las voces eran dispares, y se repartían entre los que consideraban adecuado tener sangre fresca en el negocio y quienes no veian con buenos ojos aquella intrusión. Por aquel entonces podía decirse que Vicente y Antonio eran compañeros. Con demasiada frecuencia recordaba aquellos momentos en que ambos compartían horas de trabajo, y nunca podría olvidar la cara de aquel joven, siempre reservado y algo taciturno. La expresión de sus ojos parecía delatar una constante observación de cuanto le rodeaba. Quizá lo más extraño de aquel hombre era el extenuante celo que ponía en su trabajo. Fuera cual fuera la hora a la que se acudía al despacho, se le podía encontrar garrapateando entre los papeles, hablando de negocios por teléfono o leyendo informes. Incluso había firmado renunciar a sus periodos vacacionales a cambio de un mejor sueldo. Por ello asistía puntual a su trabajo todos y cada uno de los días del año a excepción de uno. Y era esto algo que extrañaba enormemente a Antonio, pues era totalmente imposible encontrarle en su trabajo todos días cinco de Noviembre de cada año. Con todas sus particularidades, habría pasado por un individuo como cualquier otro de no ser por aquello que latía en lo más profundo de él, y que le hacía ser totalmente diferente a cualquier trabajador que Antonio hubiese visto antes. Más de una vez le sorprendió Antonio ensimismado, mirando el despacho donde se reunía la junta directiva (rebautizados cariñosamente como «los Jerfialtes» por el resto de trabajadores). Una tarde, mientras aquella procesión de americanas y corbatas abandonaba la estancia, Vicente sorprendió a su compañero diciéndole por única vez en toda su vida una frase no relacionada con el trabajo «Ves a todos esos jerifaltes, apuesto a que hay muchos que han jurado en vano que algún día estarían entre ellos» Antonio contestó afirmativamente, a lo cual Vicente añadió «Yo no juro llegar a ser uno de ellos, te juro que algún día sere el que les pague sus sueldos» Ante tamaño derroche de arrogancia Antonio solo pudo contestar con una carcajada y una pregunta hecha desde su sorna «¿Y como piensas llegar a eso, macho?» Vicente no se inmutó, parecía llevar años esperando aquella pregunta, parecía que su voz metálica y profunda se contestara más a si mismo que a su interlocutor «Tengo un plan, ahora voy por el segundo paso» Solo una segunda vez, pero en diferentes circunstancias, volvieron a cruzar palabra respecto al tema desde entonces. Desde aquel día, Antonio miró a su compañero con el respeto que infunde la secreta envidia, envidia de aquel poder, de aquella capacidad. No lo hubiese podido explicar con palabras, pero sabía que no había en todo el mundo otro individuo como aquel. Mas lo que nunca ni él ni nadie se hubiera atrevido siquiera a imaginar era el destino de aquel hombre.
Si fuera necesario marcar una fecha en la que la vida de Asenjo pasó a ser leyenda esa es el diez de Abril de 2013. Aquel día Vicente acudió tarde al trabajo. Al llegar a la oficina, no pasó por su puesto, sino que fue directamente al despacho del presidente de la empresa. Nunca nadie supo lo que allí dentro ocurrió, ni nadie nunca lo sabrá. Solo se sabe que de aquella reunión Asenjo salió transformado en el nuevo presidente. Es evidente que no se logró por medio de la honradez ni la legalidad esa proeza. Las canas habían permitido que Antonio se formase una idea de lo alli ocurrido. Era comunes los fraudes en las cuentas, y en más de una ocasión pasaban por las manos de los subalternos facturas falsas o informes manipulados. Aunque solían estar a buen recaudo, la laxitud en el celo con el que eran guardadas aquellos documentos no era secreto alguno, ya que muy pocos temían que nadie pudiera usarlas. Y nadie podría haberlo hecho de no ser alguien que durante años hubiera estado concentrado en esa única función, olvidando todo lo demás, observando día tras día, hoja de papel tras hoja, hasta reunir todo lo que fuera necesario. El resto de la historia era fácil de imaginar. Simplemente acudir al presidente y colocarle todo esto delante.Naturalmente, no había nadie en la junta directiva que no fuera cómplice de aquella trama, pero no es más falso que rápidamente se buscaría una cabeza de turco. Esta sospecha tiene su mas fiero detractor en la sensación de una trama de evidente irrealidad y fantasía excesiva, y sin embargo parece refutada por el hecho de que dos días después de que el expresidente de la cadena vendiese a Vicente sus acciones a un precio simbólico, llegase a las oficinas de la agencia tributaria un sobre con "remitente anónimo" que valió para que, tras haber perdido su cargo, nuestro amigo no se fuera con las manos vaciás, si no que ganase un juicio por fraude fiscal. Todo aquel que hubiese negado creer firmemente esta evidencia hubiera mentido. Algunos lo entendieron como una mera machada para demostrar su capacidad para el cargo, los más como una rencilla personal. Pocos vieron en esta acción una mera advertencia de Vicente a sus posibles enemigos. Unos meses después de este episodio, y de forma totalmente inesperada, Vicente entró en el despacho de Antonio para dirigirle la palabra por última vez en su vida. «¿Te acuerdas de mi plan? Ahora toca el tercer paso. Nunca más volvió a resonar aquella metálica voz en los oídos de Antonio. Aunque emplease en ello el resto de su vida, jamás llegaría a comprender la naturaleza de aquella persona. Se podía decir que el hombre había muerto y que su cuerpo estaba dominado por la mera ambición. Si, ambición, esa es la palabra exacta. Pero no una ambición simple, no una ambición que solamente quisiera dinero o poder. Su ambición era diferente, mucho más adulta. Su ambición buscaba simplemente la victoria. Vencer al mundo. Se podía decir que Vicente había cometido el acierto y el error de tomarse el tema de triunfar en la vida como algo personal. El resto de las hazañas de aquel hombre no están limitadas al conocimiento de los pocos que le rodeaban. Un año después de tomar las riendas y cuando había eliminado todo conato de disidencia en su empresa, comenzó su segunda lucha, esta vez de cara al resto del mundo. Su planteamiento era simple. Había cuatro grandes canales de noticias internacionales en el mundo en inglés y ninguno que lo hiciera en español, hindú o chino. La apuesta fue arriesgada, muchos le tildaron de loco cuando se lanzó al mercado internacional y seguramente hubieran podido acabar con él si no se hubiera tratado de una persona tan absolutamente invulnerable. Sin embargo, luego de ciertas dificultades e inestabilidades, el sistema ideado por aquel hombre demostró su perfección. En menos de una década la corporación «TuTV» había absorbido a decenas de pequeñas empresas del sector de todo el mundo, tenía miles de filiales y unos beneficios anuales inigualables. Pero aquello no parecía saciar la eterna avaricia de Vicente. No contento con lo que ya tenía, lanzó sus tentáculos al mercado anglófono. Es mundialmente conocido el día que se reunió con el presidente de la CNN. Vicente planeaba una fusión de las dos corporaciones en unos términos que su homologo norteamericano consideraba inaceptables.
Tras una larga retahíla de negaciones y verborrea destinada a saciar el ego propio, aquel hombre se nego una y otra vez a ceder ante ese «corso». Vicente no articuló palabra. Simplemente pronunció una frase que desmontó a su rival «Antes de dejarlo, cambie el mobiliario de su despacho, no es de mi agrado» Dos semanas después, la opa hostil había resultado un sonoro éxito para el señor Asenjo. Su imperio tenía miles de empresas a su cargo, una extensión global, ponía y quitaba gobiernos, controlaba la economía mundial... De la noche a la mañana Vicente se había transformado en el hombre más poderoso del mundo. Ahora solo la misma muerte parecía su único enemigo.
No le era fácil a Antonio evitar que su mente se perdiese por aquellos derroteros mientras trabajaba, en su puesto de siempre, rodeado por los muros del despacho que alguna vez había sido el de ese joven taciturno y observador con una ambición insaciable. El de aquel joven que tenía un plan. Ahora ya nunca pasaba por aquel edificio, uno de los menos importantes de toda la empresa. Curiosamente, pudo Antonio ver como algunos gerentes y altos directivos locales abandonaban la sala de reuniones. «Valla»-Masculló para sus adentros con un tono de ácida ironía «Al final si que les está pagando el sueldo»
Lucía contemplaba las noticias con una nostalgia inútilmente disimulada. El nombre de su marido Vicente había estado sonando toda la semana. No era la primera vez que le denunciaban a el y a su empresa por monopolio, aquello no era nada nuevo. O no debía serlo. Demostrando un enorme alarde de estoicismo, Lucía se negaba a admitir aquello que verdaderamente le dolía, lo que le impedía dormir por las noches y vivir durante el día. No había hablado de nada de esto con su marido. No lo podía entender, se suponía que eran dos personas que se habían casado enamoradas, que querían estar unidas para siempre, y sin embargo su marido ni siquiera era capaz de compartir con ella algo como eso. No era necesario que pasase con ella todo el día, ni que hablasen de todo, simplemente le hubiera sido suficiente que le preguntase que tal había pasado el día, eso le habría valido. Pero el hombre con el que se había casado ya había desaparecido, si es que alguna vez había estado ahí. Jamás podría olvidar el día en que se conocieron. Fue mientras estaban estudiando en la universidad.
Aunque no podía negarse que fuera Vicente un hombre especialmente atractivo, ni especialmente dado a ninguna clase de relación sentimental. No era la clase de persona que destacaba de entre la multitud, la clase de hombre en el que uno tiende a reparar. Solo captó la atención de Lucía aquella sensación que pareció apreciar en ese muchacho de la última fila. Era una sensación de fragilidad, de animal desvalido y herido. A lo largo de su vida y desde que era una chiquilla la había acompañado una muy mermada autoestima que, por diversas razones, le había hecho aprender con el paso de los años que no debía aguardar de la vida gran cosa. Por ello, al conocer a alguien como Vicente pensó que aquel era su destino. Sin pararse a reparar en si era una buena o mala decisión, simplemente se dejó llevar por la necesidad de estar con alguien que le hiciese olvidar lo frágil que era. Huelga decir que aquella relación nunca gozó de una envidiable salud. Una serie de encuentros difícilmente explicables como «fortuitos» fueron suficiente para forzar un enamoramiento en el que ninguno de los dos creía realmente. Se vio Lucía sorprendida por la absoluta incapacidad de Vicente para empatizar medianamente con ella. Era un hombre completamente inaccesible. Por supuesto que se podía hablar con él, e incluso tenía una aceptable conversación, pero solo la ingenuidad forzada de Lucía la alejaba de ver que aquel hombre jamás llegaría a compartir con ella nada realmente. Podría decir «te quiero» mil veces y ni una sola de ellas sería mas verdad que los versos derramados por los labios de un actor. No sería mentir decir que Vicente jamás compartió unos sentimientos como los de Lucía, no porque no la apreciase, sino porque dentro de aquel hombre no había espacio para aquello. Quizá los sentimientos no existiesen, pero desde luego si que existían las circustancias, y sería un error negarlas. No quería Lucía volver a fracasar, sentía que no podía regalarle a la soledad ni un solo segundo más de su vida. Por ello se esforzó en consolidar para si misma la esperanza de que algún día las cosas pudiesen cambiar, hasta que finalmente termino por creerse ese deseo que jamás llegó a ser otra cosa. Al cabo de algunos años terminó acostumbrándose a su vida de casada. El dinero, por qué no decirlo, ayudó bastante, y así comprendió que alli donde no hay felicidad la costumbre siempre es un buen lenitivo. No lo entendió como una derrota, no lo era, simplemente era otra forma de sobrevivir.
Después de todo, al final eso es lo único que cuenta. Pero, aunque se esforzase en negarselo a si misma, aunque no fuera capaz de admitirlo, seguía deseando poder querer a ese hombre que dormía a su lado. Por ello lloraba en secreto, por ello no admitía que el hombre con el que se había casado había dado paso a algo muy diferente, a un monstruo, un engendro dominado por la ambición, por la constante búsqueda de poder. Cuando trataban del tema se cansaba Lucía de escuchar constantemente lo mismo. Aquel maldito plan. Siempre que ella le preguntaba por la razón de que nunca descansase, de que ya apenas pasase tiempo en casa, siempre la misma contestación:-«Es mi plan» Quien podía tener esa contestación si no uno de esos pobres locos que había hecho de su vida su obsesión. Por ello había luchado hasta la extenuación para ser el primero de su promoción en la universidad, por ello jamás había dejado de hacer algo que no fuera trabajar, solamente quería vencer, triunfar. Para él no existía otro objetivo. Tan solo una cosa indicaba que seguía siento humano. Los días cinco de Noviembre de cada año. En aquellas fechas era totalmente imposible localizarle. Simplemente desaparecía, sin más. Ni en su trabajo aparecía, ni sus amigos (si es que los tenía) sabían donde estaba ni su propia mujer era capaz de sonsacarle que diantres había estado haciendo.
Con una exactitud envidiable los ancianos huesos de Luisa anunciaron por medio del dolor la inminente lluvia. Parecía que este año el buen tiempo tardaría en llegar. La vieja mujer recorrió la casa con un avance del que hubiera sido muy generoso decir lento hasta que llegó a la estancia principal. Allí se desplomó sobre la descolorida tela de un viejo sillón mientras el ruido de las noticias invadía la casa. Durante todo el día no habían dejado de hablar del juicio al que se tenía que enfrentar su hijo. Eran aquellas cosas de esas empresas y negocios suyos, tan complejas que ni quería ni podía entender. De todas maneras, hacía ya varios meses que ella y su hijo no cruzaban palabra. No es que hubieran discutido por alguna razón, simplemente ocurría que desde hacía ya demasiado tiempo no se habían puesto en contacto. Era aquella una de las más molestas consecuencias de vivir en países diferentes. Mientras observaba la imagen que brotaba de la pantalla del televisor, la anciana recordaba los años de niñed de su hijo. No pasaba día en el que la pobre mujer no se lamentara de la infancia que el pobre Vicente había tenido. Hijo de una madre soltera, sin ninguna otra familia en el mundo, el pobre crío había nacido en los brazos de una mujer que desde muy joven se vio obligada a luchar contra el mundo. Era el recién nacido fruto de un desgraciado desliz que, sin embargo, Luisa jamás se habría perdonado no cometer. Desde muy niño el pobre Vicente se vio rodeado de las dificultades y penurias que siempre acosan a los que viven en casas en las que nunca sobra de nada. Cada més, cuando no cada semana, acompañaba a su madre cuando esta recurría a amistades y vecindades para poder rellenar el hueco de su cartera. A decir verdad, nunca o casi nunca estuvo Vicente falto de un plato delante de la boca con el que, por lo menos, calmar su estomago, ni de una educación a la que llamar aceptable. Pero de todas maneras no era un plato de gusto los constantes cambios de residencia, el uso, alargado hasta la extenuación, de prendas raquíticas y desgastadas, la lamentable certeza de vivir casi siempre «de pestrado» y la constante sensación de que todo cuanto tenía podía desvanecerse en cualquier momento.
Con el paso de los años, pudo su creciente conocimiento hacerse cargo de la delicadeza de la situación que madre e hijo compartían. Las habituales penurias económicas se sucedían y se sucedían mientras Vicente se hizo un hombre. Durante todo este tiempo el muchacho acumuló en su interior la impotencia que siempre germina en el que no tiene. No obstante, no siempre fue Vicente así. En los primeros años de su adolescencia recordaba Luisa a un joven que procuraba ser todo lo alegre que las circunstancias le permitiesen, y con una personalidad cercana, cálida y aterciopelada, recubierta de una hosca madurez que el crecimiento forzado por las circunstancias había grabado a fuego en un corazón en el que todo el mundo podía, sin embargo, encontrar su huequecito. No obstante, un día, recordaba, todo cambió. Fue el cinco de Noviembre de aquel año. Nunca logró saber lo que ocurrió ese día. Simplemente se marchó. Desapareció para volver a aparecer. Como si nada hubiera pasado. Cuando le preguntó por su desaparición el solo dijo una escueta frase «Tranquila mama, ahora tengo un plan». Al principio acusó de esta acción a una muchachada típica de la adolescencia, sobre todo si se tiene en cuenta que era en Vicente tristemente habitual la rebeldía. Pero aquello no fue una perreta sin más. Cierto que a los pocos días volvió a aparecer. Pero ya no era él. Desde ese día llegaron las palabras escuetas, la personalidad reservada, las notas excelentes, los buenos trabajos... Todo lo demás. Se suponía que tenía que esta contenta. Todo lo que le había enseñado parecía haberle calado. Aquellas largas parrafadas en las que la madre le ordenaba a su hijo que nunca olvidase lo que era no tener nada, a que siempre supiese que era lo más importante, lo único importante. Cuando se tenía dinero, el resto de las cosas venían por si mismas. Le enseñó a luchar siempre. Quizá, pensaba ahora, no le hubiese enseñado bien. O quizá lo hubiese hecho demasiado bien. Pero ahora aquello no importaba nada.
Hacía ya tres horas que Juan estaba esperando en el coche. Bien es cierto que el ser el guardaespaldas del señor Asenjo le había enseñado la paciencia que siempre se ha de tener con las excentricidades de alguien tan peculiar como su jefe. Sin duda era la mayor de todas aquella que había llenado ríos de tinta por todo el mundo. Siempre que algún periodista le preguntaba por como había surgido aquel éxito incontenible, siempre que surgía la irremediable cuestión, solo se podía obtener una escueta repuesta. «Forma parte de mi plan» Nadie sabía nada más de aquel «plan». Nadie podía explicarse que significaban aquellas cuatro letras, ni imaginarse lo que hervía en aquella mente mientras eran pronunciadas. De todas maneras, lo que más le había extrañado a Juan del hombre por el que habría de sacrificar su vida si fuera necesario era la extrañeza de su comportamiento. Sin ser una persona distante, desagradable o agresiva, parecía ser uno de esos tipos que habían cimentado un muro entre el mismo y el mundo. Nunca, ni cuando le acompañaba a las reuniones de trabajo, ni cuando le llevaba a visitas familiares, ni siquiera cuando asistían a las citas con algunas de sus amantes parecía aquel hombre ser él mismo. Solamente una vez, una vez en toda su vida pensaba Juan haber visto al verdadero señor Asenjo. Fue durante un trayecto relativamente largo. Mientras viajaban en un coche, Juan observó por el retrovisor una fugaz mirada que salió despedida de la ventanilla trasera, solamente un reflejo, el solitario y fugaz destello de unos ojos vacíos que al vacío horizonte apuntaban, tristes y perdidos, como aquellos que están apunto de romper a llorar. Nunca más volvió a verla, nunca hasta aquel día. Era un cinco de Septiemre. Como cada año antes de ese y cada añó después, Juan le había ordenado que le llevase hasta allí y le esperase en el coche. Era un edificio bastante antiguo, casi ruinoso. Estaba situado en un barrio que parecía destinado a desentonar con el lujoso coche que a los pies de aquella edificación aguardaba. Como cada año, el señor Asenjo se había adentrado en aquel edificio, ahora abandonado, totalmente solo.
Era el último deseo de Juan contravenir a su jefe, pero tres horas ya eran demasiadas. además, nunca era muy reprochable un exceso de celo en un trabajo como aquel. De bajó del vehículo y cruzó lo que en otro tiempo había sido un vestíbulo. Las paredes, desconchadas y casi derruidas, apenas servían para sostener una estructura que a cada paso que se daba parecía gruñir advirtiendo del desplome inminente. El ascenso por unas polvorientas escaleras le llevó hasta un piso superior en el que una senda de pasos marcados en un suelo cubierto de alfombra de arenisca y trozos de azulejos delataban el camino recorrido por Vicente. Tras unos minutos, Juan encontró a su jefe, sentado en el esqueleto oxidado de lo que malamente se hubiese podido llamar un somier. Cuando reparó en su presencia, Vicente hizo lo único que su protector jamás hubiera imaginado. No le gritó, ni le reprochó nada. Solo le lanzó una mirada, como si no hubiera reparado en él más que en los dos tableros de contrachapado que a su lado simulaban una estantería. Tras unos minutos de silencio, Vicente se incorporó y avanzó con pasos lentos hacia su guardaespaldas. En aquel momento, Juan hubiera jurado ver en los ojos de su jefe aquella mirada que mucho tiempo atrás tildó de un simple espejismo, aunque después ya no sabría decir si con certeza la había visto o simplemente la había colocado la imaginación ante sus ojos. -«¿Se pregunta que hago en este lugar, verdad?»:- preguntó Vicente mientras Juan no acertaba a juntar en su boca tres palabras minimamente coherentes. -«No conteste nada, se que se lo está preguntando»- Tras unos instantes, Vicente prosiguió -«Bien, en primer lugar sepa que aquí es donde surgió mi famoso plan. Fue hace muchísimos años. Cuando no era más que un adolescente. Este lugar era un albergue de poca monta, ideal para jóvenes de bolsillos vacíos. Quizá no le parezca un dato importante, pero creame, al final comprenderá la razón por la que estamos aquí. Hace años, cuando era un joven que empezaba a hacerse una idea de la vida, vine aquí. Por aquel entonces estaba enamorado. Su nombre, creo que importa bien poco. Era una chica maravillosa, encantadora. Recuerdo los días que pasábamos juntos, tramando sueños comunes, imaginando un mundo en el que ser felices juntos. Un día, sin más, decidimos irnos juntos.
No sabría decir cual fue el origen de aquella decisión, solo se que la tomamos. Viajamos durante días en mi moto. Solos, ella y yo. Juntos. Y vinimos a este lugar. A este modesto albergue.
En esta habitación pasamos nuestra primera noche juntos. Aquella fue la mejor noche de mi vida. Recuerdo aquel momento como el único en el que fui realmente feliz. Sentía esa sensación, tan estúpida y tan bella que se tiene cuando uno llega a la convicción de que cada instante de la vida le ha llevado a un momento concreto.
Quería creer que el destino tenía reservado algo para mi. A los pocos días ella se fue. No sabría explicar la razón exacta, ni podría decir con certeza lo que sentí. Creo que fue algo que simplemente sucedió. Pude olvidar aquella locura, aquellos sentimientos, incluso logré olvidarla a ella, pero hay algo que nunca olvidé. Nunca pude olvidar aquella noche. Desde ese momento comprendí una cosa. Una persona ha de tomar decisiones. Yo tomé la mia. Decidí que solo existía una forma de ser feliz. Luchar. Vencer. Decidí que haría lo que fuera necesario para obtener poder, todo el posible. Nada de lo demás importaba. El poder me haría feliz. Por eso tracé ese plan. Ser rico es ser poderoso, ser poderoso es ser feliz. Por eso volvía cada aniversario de mi gran noche a este lugar. Al origen de todo. Aquella noche, aquella única noche en la que fui feliz. Aquella que desde entonces he rogado que volviese. Aquella noche ni era rico ni tenía poder, no era nadie, y era feliz. Pero no ha vuelto. Quizá ya no lo haga, o almenos yo ya no la espero. Aquella noche fue la de un cinco de Noviembre. jueves, 26 de mayo de 2011
923 metros.
Con ojos temblorosos buscaba. Un saliente, un risco, lo que fuera. Cualquier cosa excepto aquella infinita pared. La vista, emborronada por el sudor, corría de un lado para otro sin acertar a ver nada. No podía recordar como había llegado a la aridez de aquel infierno. A sus pies, las fauces estremecedoras del vacío se abalanzaban contra él. Su posición, no obstante, y a pesar de los esfuerzos de aquel risco por ser impracticable, era de cierta comodidad. Una roca de aspecto solido separaba sus botas del abismo, mientras que un saliente situado a escasos centímetros sobre su cabeza servía para que cada una de sus manos se intercalaran en la tarea de sujetar un cuerpo cada vez más rígido. Aquello era lo peor. Si solo se hubiera desplomado, sin más, no se habría enterado.
Lo más probable, pensaba, era que durante la caída perdiera el conocimiento. Y no notara ya nada. Pero estar allí, congelado, sin ninguna forma de huir, aquello era una tortura. Al principio, cuando se percató de que, ni por arriba ni por abajo, había forma de moverse de allí, de que no había camino posible que le alejara de aquella trampa, se negaba a preocuparse. Intentaba tranquilizarse a si mismo. Se imaginaba riendo de aquel suceso en el bar del pueblo más cercano. No se atrevía a pensar de otra manera. No podía dejar entrar aquella certidumbre. Pero no había salida. Sus piernas y sus brazos le habían llevado a aquel lugar, y sus piernas y brazos deberían sacarle de él. Pero ni un saliente, ni un risco ni una oquedad permitía que se aferrase a ninguna esperanza de salvarse. Tras un tiempo ya apenas podía pensar con claridad. Sus sudorosos dedos temblaban sobre la tierra, su respiración se entrecortaba. Ni con los vanos esfuerzos se convencía a si mismo cuando se repetía que lograría escapar, que no sería aquello más que una anécdota. Miró al vacío, a la profundidad hambrienta. Y no pudo evitar que escapara de sus entrañas un largo y entrecortado grito. Intentando sin éxito conservar la calma trató de avanzar hacia su derecha. Al principio no pudo. Pies y manos estaban tan firmemente aferrados a la ladera que se permanecían impávidos ante cualquier movimiento. Cerró los ojos. Dejó que con lentitud se deslizara por su boca el aire caliente y con sabor a tierra que le cubría. Luego, su pie derecho avanzó, aterrado, tanteando la roca. Buscando un lugar donde descansar. Al principio nada. Luego, más nada. Repitió con el izquierdo la misma operación. Todavía más nada. No tenía idea de cuanto tiempo podía llevar allí. El Sol ya había avanzado mucho. Sería tarde. El dolor de la piel quemada empezaba a ser ya insoportable. Podía sentir como, en su interior, el dolor de unos huesos extenuados. Fue en ese momento cuando, por primera vez, pensó verdaderamente en su situación. En el único esfuerzo insufrible le separaba de la nada. No podía moverse. Casi, no podía ni siquiera respirar. La mitad de su cuerpo de dolía como nunca antes había sentido, la otra, ya no la sentía. Por un momento se atrevió a pensar que, quizá, soltarse fuera lo más sensato. No podría estar allí toda su vida, y nadie iría a buscarle.
Nadie sabía donde estaba. Sabía que escalar solo no era buena idea, y sin embargo siempre volvía a abalanzarse contra la montaña en soledad. No sabía por qué lo hacía. No había una verdadera razón. Era solo aquella situación, la sensación, el control. Cuando escalaba en soledad su vida, su muerte, la libertad de cada uno de sus movimientos era solo cosa suya. Era él, solo él, y la montaña. Cientos de veces se había imaginado en esta situación. Cada hombre que lucha contra la naturaleza aprende por instinto a saber cuando ha perdido. Él no era una excepción. Ya se había acostumbrado a la idea de que todo se había terminado. De haber perdido. Y, todavía, no se atrevía a pensar nada más. No tenía valor para llevar su mente más lejos. Sabía que bajo sus pies había solo profundidad, que a sus lados, nada más que piedra lisa. Y, sin embargo, una parte de él aun era incapaz de ver la realidad. Las punzadas en sus dedos, el dolor de su espalda, su piel ardiendo, la profundidad acechando. Todo se difuminaba. Parecía estático, congelado en algún lugar demasiado lejano. Una parte de él insistía en que no se encontraba allí. Quizá aquello fuera lo mejor. Quizá fuera lo que evitara que el miedo le consumiera. Porque no era miedo lo que sentía. Quizá fuera lo que debía sentir, pero no lo que sentía. En el fondo, notaba su alma hundirse, derrumbarse. Sentía como sus fuerzas, cada uno de sus pensamientos y su nostalgia desfallecía. Contemplaba cada momento del pasado, cada recuerdo, encadenado al abismo que dormía sobre sus espaldas. Todo moría. Notaba en su interior lo que muy pocas veces había llegado a sentir. El total vacío. No dolor, ni tristeza, ni alegría, ni miedo ni temor. Solo la nada. Absoluta y profunda. La nada y la montaña. Y sus manos aferradas a la piedra. Y, sin embargo, si en aquel momento una brizna de aire le hubiera arrancado de la ladera, si un derrumbe hubiera amenazado con golpearle y soltarle, cara una de sus fuerzas habrían luchado por agarrarse, por seguir viviendo. Puede que su vida ya no valiera nada. Que ya no fuera más que una sombra. Pero era todo lo que le quedaba.
Solo tras un largo tiempo las tribulaciones le hicieron notar como la ladera de la montaña quedaba sumida en la penumbra. Estaba anocheciendo. El viento se había hecho algo más fresco y las quemaduras de su espalda dolían menos. Pronto estaría oscuro. La noche venía acompañada de tímidas gotas que chocaban contra la roca levantando el olor de la piedra mojada. Vio como ahora, entre el viento y el agua, la realidad regresaba a su mente, obligandole a ver como la lluvia caía a sus espaldas. Nada en lo que pensar. Nada que recordar. Ya era solo un hombre, un conjunto de extremidades aferrado a las irregularidades de la pendiente homicida. La noche le azotaba, el frío cortaba su piel como el Sol lo había hecho horas antes. Nada se podía ver. Y sin embargo, no era este el dolor que más profundamente le hería. Ya no sentía dolor por la muerte inminente. Por alguna razón la veía ahora completamente irremediable. La había aceptado. Había perdido el miedo. Lo que lamentaba era su vida. La vida que el abismo le había descubierto. Dentro de un segundo, una hora o un día moriría. Quizá encontrarían su cuerpo. Y nada más. Y cada piedra, cada árbol, cada hombre, mujer y niño seguirían en su lugar. Sin él. Sintió que ya no era nada. Que nunca había significado nada. Pudo contemplar cada error de su vida. Cada camino que no había tomado. Cada elección que no había hecho. Y no le gustó lo que vio. Desde hacía ya demasiado tiempo había pasado su vida escalando montañas. Una tras otra, cayendo bajo sus manos. Nunca había llegado a comprender la razón. Siempre solo. Siempre las zonas más arriesgadas. Quizá solo ahora había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando. Una montaña que le pudiera vencer. Al fin había alcanzado su destino. La culminación de su búsqueda. No tenía nada más. Nunca lo había tenido. Aquel, el que ahora, en plena noche, estaba en aquella ladera, aquel era verdaderamente él. Sintió que cada momento de su vida le había llevado a esa ladera, que estaba ante el gran instante de su existencia. Volvió a mirar al abismo, no con temor, no con furia. Lo miró con alivio. Aquella profundidad, aquella inmóvil pendiente le observaba, le comprendía. Por primera vez en toda su vida, y solo estando a un paso de la muerte, se llegó a sentir verdaderamente libre.
A zarpazos, la luna llena se habría paso entre los nubarrones. La lluvia había cesado casi por completo mientras el viento continuaba rodeando la montaña. Sus ojos contemplaron el vacío que había bajo sus pies por última vez. Luego miró al cielo. Era la primera vez en todo el tiempo que llevaba aferrado a la vida que lo miraba. No pudo ver más que la luz plateada de las nubes. Le habría gustado ver el Sol por última vez. Primero, soltó sus manos de la pétrea pared. Por primera vez sus brazos pudieron descansar del agudo dolor. Cerró los ojos y respiró profundamente. Y nunca pudo ya olvidar la sensación que recorría sus venas mientras el abismo le consumía.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Sunrise number one, en lo más alto.
La canción del grupo asturiano que despertará a los astronautas del transbordador espacial.
jueves, 12 de mayo de 2011
Ijabaren.
A quien pueda leer esto, mi nombre, mi verdadero nombre, es Ijjabaren, aunque muchos quieran llamarme Mathew Wilkinson Waltermountain, hijo de la familia de Waltermountain de Gales, emparentada con la mismísima Reina de Inglaterra. Tuareg. Antes de leer estas líneas has de saber, seas quien seas, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y en esta la hora de mi muerte ni me achico ni me oculto. He encontrado mi camino, pocas personas pueden decir eso con pleno convencimiento, y si ahora he de morir, no puedo más que aceptarlo.
A quien pueda leer esto, mi nombre, mi verdadero nombre, es Ijjabaren, aunque muchos quieran llamarme Mathew Wilkinson Waltermountain, hijo de la familia de Waltermountain de Gales, emparentada con la mismísima Reina de Inglaterra. Tuareg. Antes de leer estas líneas has de saber, seas quien seas, que no me arrepiento de nada de lo que he hecho, y en esta la hora de mi muerte ni me achico ni me oculto. He encontrado mi camino, pocas personas pueden decir eso con pleno convencimiento, y si ahora he de morir, no puedo más que aceptarlo.
No creo que nos demos cuenta del camino que transitamos hasta que ya tenemos andado un trecho demasiado largo para volvernos atrás. Recuerdo el comienzo de este camino. Mi nacimiento en una de las más importantes familias nobiliarias de Gran Bretaña. Pero a pesar de mis esfuerzos nunca habría podido llegar a encajar en una sociedad tan plagada de depredadores como la alta sociedad de la Inglaterra victoriana. Para nadie era secreto (aunque mi madre lo intentase) que mi padre había empleado la fortuna heredada en satisfacer sus vicios y apetitos y había hecho malos negocios cambiando las riquezas por deudas. Dudo que mi padre fuese un mal hombre, o que no amase a su familia, sino que simplemente era demasiado voluble como para enfrentarse a los únicos sabores que podía extraer de su triste existencia. Pero no son los apellidos selectos ni los títulos los que ponen comida sobre la mesa cada día, y esa lección sólo pareció comprenderla mi hermano, que con su duro trabajo y sus inteligentes negocios pudo mantener nuestra casa a flote tratando de sostener los pesados lastres que eran los lustres que habíamos de ostentar y que no engañaban a nadie. Recuerdo aquella vez que un embajador vino a nuestra casa y tuvimos que sacrificar nuestra comida de una semana para poder ofrecerle al señor y su séquito digno banquete. Pero cuando el destino parece haber conchabado los males es imposible nadar contra las olas. No había pasado ni un año desde que mi querido hermano se hizo con las cuentas de la casa cuando, en una travesía por mar, cayó enfermo y pronto murió. Gracias a Dios su gran inteligencia pareció haber planificado este problema y antes de partir en el barco de la “Royal Navy” dejó firmado mi acuerdo prematrimonial con la señorita Laura Mosse, hija de un rico pero plebeyo comerciante. Con dinero o sin dinero, seguíamos teniendo un gran apellido, y mientras la hipocresía de la época entendiese esto como un gran patrimonio estábamos salvados. Pero en un mundo plagado de leones no es fácil ser presa. Yo nunca había encajado en aquella artificiosa y barroca sociedad. Nunca me habría acostumbrado a perder, no, ocultar, mi naturaleza. Nunca había comprendido (ni por tanto, descollado) el estilo de vida que parecía premiar y adular la mentira y el profundo descontento. En el fondo, mi madre jamás (o eso creí pensar) me perdonó que yo no jugase en ese juego. Ni ella ni nadie. Por eso nunca había sido bien aceptado en salones, clubes de sociedad, etc. Y este mundo no perdona a quien trata de luchar contra la corriente. Es necesario decir que la casa de Northshire era nuestra más férrea enemiga. Desde antaño nuestros nombres habían rivalizado en honores y privilegios. Y ahora que mi familia estaba hundida no se resistirían a, entre sonrisas y manos estrechadas, asestarnos la puñalada definitiva. Los escasos negocios, la mayoría hipotecados, que todavía conservaba mi pobre y viuda madre, encepados por el descrédito de nuestro nombre, apenas podían mantener a flote unos artificios que ya no engañaban a nadie y una vida totalmente ficticia. No la culpo. Era para lo único para lo que la habían educado, para lo que educaban a todas las mujeres, para hacer destacar el lustre de su familia. Pero semejante lección la sabía también la señorita Mosse, mi prometida, que, ante las perspectivas actuales, había maquinado la forma de sacar el máximo provecho de la situación. Para el joven Paul Northshire no suponía casi molestia pagar la cantidad estipulada para la ruptura del contrato prematrimonial y casarse con la señorita Mosse. (Es curioso, creo que en ninguna de las pocas ocasiones en las que mantuvimos conversaciones nos llamamos por nuestros nombres de pila). La verdad es que esto no me supuso trauma alguno (la verdad, incluso puede que cierto alivio). Pero el dinero se agotaba. Nuestro apellido apenas conservaba ya rentas que nos pudiesen sustentar. Mi pobre madre no soportaba que continuamente la señalasen con el dedo. Se encerró a vivir su vejez en la oscuridad de su cuarto. Y las cuentas seguían sin cuadrar. Por ello tomé una decisión que con justicia algunos tildarán de cobarde, aunque hubiese sido valiente en otras circunstancias. Apuntarme en el ejército de su majestad la Reina Victoria y huir a la guerra en África. Poco después me enteré que mi querida madre había estado llorando amargamente durante días enteros tras mi partida. No soportaba perder a su único hijo. Lo único que le quedaba en este mundo, por eso decidió irse también…
Hacía escasos días que había concluido (a nuestro favor) el incidente de Fashoda y ahora estábamos obligados a avanzar hacia el Sur a marchas forzadas. Expediciones alemanas se habían aportado en las costas Sur orientales del continente y avanzaban al interior, mientras que los portugueses y holandeses se hacían fuertes a nuestro alrededor. Por eso no se podía perder un instante. Caminamos bajo un sol abrasador durante días enteros. Gracias a las pocas influencias que me quedaban pude disfrutar de una posición relativamente confortable dentro de mi regimiento, pero aun a pesar de esto, me estremecía al ver como los soldados que iban con nosotros, ya fuesen compatriotas o indígenas, se desplomaban ante las extremadamente duras condiciones de aquel camino hacia el infierno. Por el día el abrasador fuego del sol extendía su manto sobre los caminantes, y por la noche, los contrastes de temperaturas para los que los europeos no estábamos acostumbrados hacían estragos entre los desgraciados soldados. Los imprudentes que dormían al raso y con la cara vuelta a la luna sucumbían a las fiebres. Varias veces llamé la anteción sobre estas circunstancias a nuestros superiores, pero lo más que escuché fueron expresiones despectivas ante mi estulta compasión. Quien cayese en aquel lugar era demasiado débil como para luchar por su país. Recuerdo la primera batalla que presencié desde mi llegada a El Cairo.
Hacía una semana que habíamos partido y nos encontramos sin agua ni comida (a excepción de los oficiales) bajo aquel implacable sol que parecía obra del mismísimo Lucifer. De repente nos encontramos con un pequeño poblado. La empalizada era totalmente de madera y en su interior apenas había unas pocas cabañas de decadente aspecto. El único vestigio de vida eran unas pequeñas columnas de fuego que salían de entre las chozas. Uno de nuestros traductores se acercó a la puerta principal y pidió en su idioma que nos cediesen algo de comida y agua. Por contestación tuvimos, simplemente, una flecha que disparada desde algún punto indeciso fue a atravesar la garganta del pobre desdichado. Sin esperar orden alguna, los soldados calaron bayonetas y se colocaron rápidamente en formación.
Pero antes de que siquiera nuestra tropa pudiese reaccionar una ola de flechas negras como la noche oscurecieron el cielo y se desplomaron sobre nosotros. La mortífera lluvia acabó con la vida de seis de los nuestros, e hirió a otros veinte. Pero nuestra sorpresa fue colmada con el estruendo que sobrevino tras las flechas. Una serie de disparos de fusil cayeron sobre nosotros. Aunque pueda parecer imposible, estos disparos apenas causaron más que un leve sobresalto en nuestras filas, ya que aquellos indígenas demostraron tener una pésima puntería y nula práctica en el manejo de armas de fuego. Pero la respuesta no se hizo esperar. Una implacable descarga de nuestros fusiles fue suficiente como para limpiar de tiradores la parte superior de la empalizada. Acto seguido, avanzamos hacia las puertas lo más rápido posible, con la esperanza de que pudiésemos entrar en el campamento enemigo antes de que se sobrepusieran de ese último golpe. No podría explicar el motivo por el que hice lo que hice, ni por qué volvería a hacerlo. Ese combate era lo suficientemente poco importante como para que mi modesta graduación de oficial me obligase a entrar en él. Pero la perspectiva de ver a mis amigos, mis compañeros, arriesgando su vida ante mi impávida posición me horrorizó. Fue una acción instintiva, inexplicable e ilógica. Sable en mano salté y corrí hacia aquellos valientes que daban sus vidas por unos hombres demasiado importantes como para morir por ellos. Ya caían nuevas flechas cuando la puerta cedió y logramos entrar. El rugido de los disparos fue ensordecedor. Los fogonazos que escupían los cañones iluminaban la dantesca escena. Entre la nube de pólvora que se había formado las bayonetas y los sables competían con las rudimentarias hojas de los indígenas para ver cuales eran más mortíferas. En mitad del estruendo de aquel combate apenas podía discernir entre amigo (si había alguno) y rival. Solamente recuerdo unos ojos. Una mirada. Esa mirada que me persigue desde mis pesadillas. Un hombre tendido en el suelo, sangrando por la cabeza (no sé si por un ataque mío o de alguno de mis soldados) observándome. La última mirada de un hombre. Es algo terrible. No me extraña que los cobardes disparen por la espalda, esos ojos, desquiciados, que sabían tan bien como yo cómo acabaría aquel lance. Aquellos ojos que miraban a la muerte cara a cara, ambos sabíamos cómo había de terminar y solamente retrasábamos lo inevitable. Pero hubo algo que me desconcertó y que sólo ahora comprendo. Tenía mirada triste, pero aceptaba su muerte como un hecho inevitable. Ahora entiendo que esa es la actitud que siente un hombre ante el fin de una vida cuando no hay nada de lo que lamentarse. Esa sensación es la que siento ahora.
La batalla terminó en menos de una hora. No hubo gran resistencia. Tras quemar el poblado y capturar a todos los supervivientes como prisioneros, nuestro capitán cogió uno de los fusiles con los que ellos nos habían atacado. Era de incuestionable factura francesa. :-Esos cabrones estaban con los franceses, nos habrían matado para cederles la tierra:- Aquel razonamiento parecía incuestionable. De todas maneras, creo que los franceses simplemente le habían amenazado de muerte para que luchasen contra nosotros. Lo sé porque nosotros hacíamos exactamente lo mismo.
Así se ganan las guerras.
Pero la marcha había de proseguir. Sin pena ni gloria, caminamos hacia el sur, compitiendo contra nuestros enemigos y luchando contra los límites de nuestras propias fuerzas. Habitualmente se dice que en condiciones extremas afloran los máximos sentimientos de las personas. Es algo totalmente cierto. Recuerdo a un joven, Jack, que estaba allí para evadirse de la prisión por estafa y robo. Lo cierto es que gozaba de un carácter tan amigable y cordial (aun a pesar de las circunstancias) que el único (e imperdonable) delito que podía achacársele era el de ser un pobre hombre. Contrastaba magistralmente con los respetables oficiales de las más altas alcurnias que nos dirigían, personajes amoldados por la perfección de la sociedad en la que se habían criado y que ocultaban su cobardía tras los vasos de Whisky y la estúpida altanería. Durante el penoso trayecto, sólo hice buenas migas con el mencionado carterista y con Nigala (o algo así), nuestro traductor. Al parecer los oficiales no gustaban de hablar con alguien que se mezclase con los soldados rasos y estos recelaban de mí, entendiendo que me dirigía a ellos solamente con intención de humillarles. Es curioso ver como muchas veces las fronteras de nuestras “castas” están igual de cerradas por ambos lados. Solíamos pasar las noches y las horas de descanso burlándonos de nuestras desgracias y tristezas, demostrando el poder igualatorio de los infortunios y del común destino sobre personas en apariencia tan diferentes. Jack nunca había llegado a conocer a su padre, pues murió en la mar antes de que él naciera. Su madre le había abandonado a las puertas de una iglesia a los pocos meses de edad y desde entonces había tenido que sacrificar su niñez aprendiendo a sobrevivir por sí mismo. Cuanto llegó a la edad adulta se vio obligado a deambular de un lugar para otro hasta acabar en mitad de ninguna parte. Por el otro lado, Nigala había sido vendido de niño como esclavo y se había criado en América hasta que viajó con una rica familia a Gran Bretaña para servir como criado. Pero sus amplias dotes lingüísticas (aun a pesar de no haber pisado nunca escuela alguna) le habían ganado un lugar en aquella expedición. Ante estos dos ejemplos de absoluta desgracia, yo me sentía fuera de lugar con mis quejas, pero noté como Jack y Nigala hacían gala de su gran amistad tratando de comprenderme. Aquellas noches compartidas con mis queridos amigos a la luz de una hoguera eran mis únicos remansos de paz.
La historia parece tener un extraño sentido de la ironía. Así, un hombre que en el pasado corrió una aventura colonizadora semejante a la nuestra, aun separado de nosotros por una distancia de siglos y kilómetros compartió nuestra suerte. Nuestra propia noche triste tuvo lugar tras un día especialmente fatigoso. Sabíamos que algunas tribus llevaban varios días acechándonos. Habían intentado algún pequeño ataque que pudimos repeler sin especial dificultad. Pero una noche, bajo la lívida sombra de la luna, mientras dormíamos despreciando la inmensidad del desierto, un grupo de indígenas, de una tribu no conocida hasta la fecha, nos atacaron. Con sigilo primero cortaron las gargantas de muchos de los que dormían hasta que nuestro número y el suyo estuvo igualado, con gran estruendo después comenzaron el ataque. En ese momento descubrimos que todos nuestros avances, nuestros fusiles y nuestra tecnología no podía superar a siglos de convivencia con el desierto. Mis dos amigos y yo luchamos en aquella batalla sabientes de que no podíamos vencer. Resignado, furioso, esperaba caer frente a un enemigo superior. Pero entonces vi un motivo por el que vivir. Aquel hombre. Aquel maldito hombre. Un individuo de casi dos metros de alto. Coleta de pelo trenzado. Nariz aplastada contra el rostro. Ojos negros como el carbón. Degollando con su cuchillo a Jack. Sabía que moriría de todas las maneras, ¿Por qué no morir vengando a un amigo? Pero por fortuna no fue posible. Un golpe en la cabeza me arrojó a la oscuridad.
No podría aunque quisiese recordar lo que sentí mientras soñaba, lo que vi, lo que viví. Cuando desperté sólo encontré una isla en mitad de la arena. Una isla hecha con los putrefactos cadáveres de quienes habían sido mis compañeros. No pude encontrar a Jack. No quise hacerlo. No tuve valor.
El golpe que había recibido en la cabeza había sido obra de mi querido Nigala. Aquel golpe me había salvado la vida al hacerme pasar por un muerto. Cuando le pregunté por aquellos que nos habían atacado no supo o no quiso darme una respuesta. Por días enteros, hasta que perdí la cuenta del tiempo que pasaba, deambulamos a través de la ardua arena. La implacable arena que se colaba por entre los dobleces de la ropa hiriendo constantemente mi piel. Las traicioneras dunas hacían imposible, al moverse constantemente sobre la arena, cualquier intento de orientación y los rayos del sol quemaban cualquier vestigio de carne que quedase al descubierto. Cada paso que daba me acercaba a una muerte casi segura. El desierto, siempre sediento de vidas, no parecía dispuesto a perdonarnos. Nigala trataba de luchar por la vida de los dos. Pero en uno de esos días, ya en los confines de mis fuerzas, pude ver cómo un grupo de hombres se nos acercaban. No habría podido discernir entre una alucinación o una visión real, dejaba la difícil tarea de luchar contra las trampas y los ardides del desierto a Nigala, quien me pareció ver detenerse ante aquellos viajeros. Lo siguiente que recuerdo son simplemente luces, sonidos. Sensaciones inconexas entre sí.
Me desperté una noche de luna llena. Antes de abrir los ojos pude distinguir por el olfato que no estaba al raso. Las grietas de mis manos palpaban ahora un tejido similar al de las vestimentas de los nómadas, pero más grueso. Apenas percibía el olor a mierda tan propio de las expediciones, causado por las continuas muertes de hombres y animales y los alimentos podridos. Estuviese donde estuviese, habían aquellos hombres aprendido a ganarle la partida al desierto. Traté de escuchar algo concreto, pero sólo podía sentir un zumbido informe que se extendía en el vacío. Contar las veces que se puso el sol mientras yo permanecía tendido en aquel oscuro lecho me habría resultado imposible. Un día, o una noche, las brumas parecieron disiparse. Con pasos trémulos traté de irme de aquella cueva hecha con telas de vivos y extraños colores que repetían hasta el infinito los mismos motivos. Al otro lado de la oscuridad los rayos del sol se filtraban iluminando una alfombra en la que, entre las ilógicas figuras geométricas me pareció diferenciar un extraño jinete herido. Pero antes de que pudiera llegar al otro lado. La tela se abrió. De la lengua de luz salió, casi flotando, mi querido Nigala. Junto a él no me podía pasar nada malo.
Habían pasado unos días desde mi regreso al mundo de los vivos cuando recibí una inesperada visita. Las sombrías siluetas que se movían al otro lado de las telas me permitieron adivinar que alguien venía. Entre el contorno de varios hombres pude diferenciar a Nigala, con sus piernas largas y arqueadas y su enmarañada melena. Pero en aquella ocasión él sólo era un acompañante. Tras sus pasos se encontraba un hombre de aspecto peculiar. Los años habían marcado a conciencia su piel. Sobre un endeble y frágil cuerpo se desplomaban vestiduras que parecían serpientes de vivísimos colores apretando su piel. Junto a él tres hombres similares a tres estatuas de bronce, a tres mercenarios surgidos de las historias babilonias o persas, con tres espadas afiladas hasta la locura.
Las palabras empezaron a manar de sus labios. Nigala susurraba aquello que debía entender. Sus frases se entremezclaron con mis propios pensamientos. No sabía si soñaba o vivía.
-Los hombres que os atacaron son una horda de monstruos que deambulan por entre las arenas. Tribus guerreras sin piedad ni compasión. Auténticos demonios. También los míos han sufrido las consecuencias de sus ataques. También he visto a mis amigos morir bajo esos mismos cuchillos. A mis hermanos esclavizados. La desgracia, amigo, nos ha hecho hermanos. Estás a una vida de viaje de tu hogar. Conozco tu historia. En tu casa solamente tratabas de huir, viniste aquí huyendo. Quizá ahora también quieras volver a huir. Las fuerzas que rigen este mundo no nos son visibles, pero conocemos demasiado bien su voluntad. Para entender la naturaleza de nuestros destinos solamente hay que aprender una cosa de este mundo. No importa lo lejos que escapes, no importa lo bien que te ocultes o lo rápido que corras, porque al final tus demonios terminan alcanzándote. Y lo que ha de decidir tu vida, lo que ha de decirte quien eres, lo que ha de sellar para siempre, te guste o no, tu destino, es el resultado de esa lucha-
Caminábamos pisando con toda la planta del pie, tal y como Nigala me había enseñado. Así nuestro ruido era imperceptible. El peso de cien pasos no se podía diferenciar del susurro de la arena corriendo por las dunas, del silbido del viento. El más profundo de los silencios puede resultar estruendoso. Podía percibir todo lo que me rodeaba. Había aprendido a olerlo, a verlo, a oírlo. Justo ante mi, el zumbido de una mosca. Había carne cerca. Animales muertos. Olor a mierda. Pero también a sudor, a leña, a fuego. El clamor de las brasas mal apagadas era inequívoco. Corta el aire un silbido más agudo de lo normal. Una flecha envenenada se clava en el pecho de un centinela. Su mole se derrumba sobre la arena. El desierto no oculta secretos si se le sabe escuchar. La pequeña lluvia de granos de arena cesa. Mi hoja se desliza sobre la garganta de uno de mis enemigos. Sujeto su boca para que no grite. La roja lluvia resbala en la carne y cae al suelo, gota sobre gota. Tan precisa como un reloj. Dejo caer el cadáver. Todos los demás se preparan. Llega la hora… Gritamos… Desenvainamos… Cortamos… Apuñalamos… Estrangulamos… Golpeamos… Cercenamos… Matamos… Quemamos… Le veo… El hombre de la nariz aplastada… Voy a él… Recuerdo lo que me dijo Nigala… “El camino de la venganza sólo da a la tumba”… Me reconoce… Las tornas han cambiado… No actúo por venganza… No actúo por venganza… Sólo cumplo mi deber… Como si fuese uno más… Hundo mi cuchillo en su garganta… Trata de gritar… Le tapo la boca… No le concederé ese último placer… Le vuelvo a apuñalar… Le vuelvo a apuñalar… Le vuelvo a apuñalar… Y sí, lo hago por venganza.
El sol de la mañana iluminó nuestra carnicería. El desierto está vivo, y siempre sediento de sangre. Sus implacables peones, ejércitos de animales carroñeros e insectos daban cuenta de los vestigios de la batalla. Uno a uno, aquellos nómadas rescataban a todos los de su tribu que habían sido capturados por esos hombres del infierno.
Los días pasaban. Con la valiosísima ayuda de Nigala aprendí a comunicarme con aquellos hijos del desierto. Junto a sus mágicos fuegos escuchaba cada noche aquellas historias, siempre iguales y siempre diferentes. Las lenguas de las hogueras parecían cobrar vida cuando se les susurraban aquellas palabras. Aprendí de aquellos nómadas todos los secretos que encerraban las dunas. Las raíces que portaban veneno y las que eran cura de males, la ropa adecuada para resistir las tormentas de arena, la forma de orientarse en aquel siniestro mar cambiante, las formas de lograr alimento. No había que tratar al desierto como lo hacíamos nosotros, como un psicópata, sino como un animal noble y respetable. Caminábamos siempre hacia la tierra por donde se ocultaba el sol, a la región propia de aquella tribu. Nos adentrábamos en terreno francés, pero no me importaba, no me parecía que aquella tierra fuere de nadie. Incluso pude gozar de un nuevo bautismo. Me nombraron Ijjabaren, algo similar a “Hombre antiguo”. Nuestros pies caminaban. Mis ojos veían una sociedad, una familia que distaba de ser ideal. Abundaban los enfrentamientos y las disputas, y el dolor era un constante vecino, pero aquellos hombres, aquellas mujeres, aquellos niños, no habían sido infieles a sí mismos, conservaban su naturaleza, dura pero franca. No sabría explicar el motivo, pero con cada luna un pedacito de Mathew moría para dar vida a una parte de Ijjabaren. Al final, dejé de sentirme como uno de ellos para empezar a ser uno de ellos. El día que pasé de ser un extranjero a ser un Tuareg no supuso un cambio más antinatural que el del día y la noche. Había comido con ellos, matado con ellos, viajado con ellos. Por primera vez me sentía rodeado de personas y hallaba total armonía. Incluso mi pensamiento cambió. Abandoné el filtro de la razón. Descubrí la naturaleza de aquello ajeno a la realidad, el reflejo de las oscuras profundidades del alma en los abismos del mundo, casi metafísico, el valor de las leyendas. Una historia puede ser real aunque nunca haya sucedido.
Pasaron muchos días. Estaciones enteras vinieron y se fueron. Disfruté de años de amistad con Nigala hasta que la muerte se lo llevó. Aprendí a cultivar y a cazar, me casé con una hermosa joven que me regaló muchos años de felicidad y fundé mi propia familia. El día de mi boda fue uno de los más felices que recuerdo. Nos conocimos en una de aquellas misteriosas noches que nos reuníamos en grupo ante la hoguera. Ella contemplaba las misteriosas danzas del fuego, y yo su reflejo en aquellos eternos ojos. El fuego nos había unido, y ya nunca volveríamos a separarnos. Poco después de casarnos nació nuestro primer hijo. Recibió mi mismo nombre, y al poco tiempo me regaló Dios una preciosa hija, a la que llamamos como su madre. Durante ese tiempo pude ver lo que jamás ojo humano pudo haber imaginado. Montañas que, en mitad del desierto, se erguían orgullosas, Telecteva o el Valle de la Muerte, desolado lugar sobre el que había tenido lugar tiempo atrás la madre de todas las batallas, o el árbol del Teneré, que sobrevivía a través del tiempo en mitad del árido desierto.
Pero una noche de luna llena mis propios espectros vinieron a por mí. De la profunda negrura de la noche apareció una pequeña caravana. La gran cantidad de polvo que tenían hombres y animales sobre la piel demostraba que llevaban tiempo deambulando por el desierto. De los labios de piedra de uno de ellos brotó mi antiguo nombre. Si alguien ha tenido alguna vez duda alguna sobre el carácter irónico del destino habría enterrado para siempre su escepticismo al ver descender del transporte al mismísimo Lord Paul Northshire. En ese momento pude comprobar lo que ya sospechaba, que mi vida pasada se había quedado demasiado lejos, enterrada en el olvido. :-Maldición, Waltermountain, que coño te ha hecho esta gente, pareces un animal:- Su franqueza no fue menos precisa que un espejo. Mi piel, bronceada hasta el exceso por el sol, mi pelo, enmarañado por culpa de la arena, y mi vestimenta ofrecían un aspecto muy poco civilizado para alguien como él. Pero lo más curioso es que no sentí hacia él odio. Era cierto que había arruinado a mi familia, arrebatado a mi prometida, pero en ese lugar, en esa hora, yo había vencido. El pobre Paul no era más que un títere en un juego que le gustaba tan poco como a mí. Toda una vida dedicada a hacer algo que no comprendía, y aunque sólo fuese por un segundo, por una fracción de momento, pude ver cómo sus ojos me decían, suplicantes que aquel juego había podido con él. Aun ganando había perdido todo lo que en verdad era importante. Pude notar cómo se sentía humillado, pueril, vencido. Cómo descubría que todo por lo que había luchado no valía nada, que todo el mundo que había construido se derrumbaba sobre él. Había ganado la partida a costa de perderlo todo en el mundo real. Lo sentí por él. Miré en interior del transporte. Encontré a la señora Miss Northshire. Tenía ojos tristes. Preferí no saludarla. La comprendía. Tenía todo lo que le habían dicho que hacía falta para ser feliz, pero no lo era. No quise herirla más. Paul sólo tuvo fuerzas para decirme entre frases sin sentido que si quería, él se encargaría de hacerme volver a Inglaterra. Cuando le pregunté el motivo de tal oferta, me informó de que los franceses iban a realizar un ataque a gran escala sobre todas las tribus como la mía esa misma semana, pero si quería, yo, como ciudadano inglés, podía volver a mi hogar. No. Aquel era mi hogar. Con aquella frase se marchó para no volver. Fue la primera vez en muchísimo tiempo y la última en el resto de mi vida que utilicé en inglés.
Los franceses tienen fusiles diez veces más precisos de lo que jamás osé imaginar. Cañones de una potencia nunca antes concebida y un ejército de un tamaño descomunal. La muerte es segura. Pero no trataré de evitarla. No hay por qué temer a la muerte cuando la vida ha sido plena y feliz. Tarde o temprano todos hemos de caer, no tiene sentido guardar temor por algo tan absolutamente ineludible. Pero en este momento descubro el verdadero valor de la muerte. Tiene una función vital para la vida, la función de permitirnos, obligarnos, a repasar y ajustar cuentas. En mi caso estoy satisfecho, orgulloso de cuanto he logrado. He tenido que morir y renacer (sí, porque en cierta medida volví a nacer el día que desperté en aquel misterioso lecho tras la batalla) para descubrir que lo que verdaderamente importa en este mundo no es lo que llegues a ser, sino lo que puedas llegar a sentir. No sé si después vamos a algún sitio, pero sí sé que me iré de aquí orgulloso del camino que he recorrido y en armonía conmigo mismo. Y si algo de mí ha de sobrevivirme, deseo que sea mi historia, y que ella ayude a aquellos hombres que se encuentren perdidos entre las tinieblas a luchar por sí mismos. lunes, 2 de mayo de 2011
viernes, 29 de abril de 2011
Alma partida.
Tal vez un suspiro, un lamento ya en herrumbre viva.
que escapa, que corre en noche plena.
Puede que un beso quemado, jamás regalado
Quizá se sigan en plena noche. Huyan juntos.
Dejen atrás la piel. Dejen al hombre.
Al dolor que es hombre. Al hombre que es abismo.
Sufriendo penitencia en cada segundo de recuerdo.
Obligado a recordar cada segundo de vida.
Y corran, Y escapen. Escapen a una caja
En lo más hondo de un lago, en mitad del desierto.
La caja que guarda las decisiones que no tomamos.
Cada camino que no elegimos. Todos los destinos que ya no viviremos.
Donde habitan las palabras que no dijimos.
Y quemando desde dentro enseñan,
enseñan a no olvidar el alma partida,
herida, condenada y perdida. Atormentada
por tantos recuerdos que nunca fueron.
que escapa, que corre en noche plena.
Puede que un beso quemado, jamás regalado
Quizá se sigan en plena noche. Huyan juntos.
Dejen atrás la piel. Dejen al hombre.
Al dolor que es hombre. Al hombre que es abismo.
Sufriendo penitencia en cada segundo de recuerdo.
Obligado a recordar cada segundo de vida.
Y corran, Y escapen. Escapen a una caja
En lo más hondo de un lago, en mitad del desierto.
La caja que guarda las decisiones que no tomamos.
Cada camino que no elegimos. Todos los destinos que ya no viviremos.
Donde habitan las palabras que no dijimos.
Y quemando desde dentro enseñan,
herida, condenada y perdida. Atormentada
por tantos recuerdos que nunca fueron.
lunes, 18 de abril de 2011
Ayer
La mano de Eduardo paseó entre sus canas llegando apenas a rozarlas. El calor de aquel sevillano
sol de Julio apenas dejaba respirar. Rebuscó entre sus harapos un mechero con el que prender el
cigarro. No encontró nada. Entonces la vio. Lucía, allí estaba. En aquel parque, junto a la fuente,
como cada día. Hoy era el día. Ya habían pasado doce años. Era toda una mujer. Se acercó. Allí
estaba, con su ropa, limpia y nueva, y, por azares del destino, recordó aquel día. Aquel día, cuando
todavía era una niña que apenas hablaba. Cuando aquella sensación le atenazó, le hirió, y la dejo
horas en casa, sola, mientras visitaba a su camello. No supo por qué, al verla fue eso lo primero que
recordó. Sus pasos le acercaban a la joven a la que no había visto crecer. Justo tras salir había
hablado con la madre. La llamó varias veces. Un día le contestó. -¿Qué es lo que quieres, aparecer
en su vida como si nada, para jodérsela como cuando niña? ¿Harás eso?- Eduardo se acercaba cada
vez más a la pequeña a la que aquella odiosa persona que había sido años atrás más de una vez había dado un manotazo, a laque un buen día había dejado sola, cuando todo se terminó de torcer. La niña que le había visto gritarle a su madre, liarse porros, robar en las tiendas… Y sin embargo seguía siendo una auténtica princesa, siempre lo había sido. Era lo que nunca se perdonaría, no ver aquello tan perfecto que tenía delante. Ya estaba junto a ella ¿Qué diría? –“Hija, siempre te quise, perdóname”- ¿Simplemente eso, pedir perdón, perdón por arruinarle la vida, por hacerle llorar, y ya está? Sus pasos titubeaban. Apenas podía respirar. Lucía ya no le reconocería. Y sí, y si ella tenía razón. Entrar ahora, de repente en la vida de una chica tan feliz. Con su mano le dio un toque en la espalda. No. La quería demasiado para hacerle eso. Ella se volvió, le miró. Y el le habló por última vez en su vida:-Disculpe señorita… ¿Tiene fuego?.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















